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– ¿Cuál?

– La de grabar a gente real.

– Pero luego tendría que inventar un contexto para intercalar esas conversaciones.

– Sí, o al revés, buscar una situación real que se ajuste a la ficción.

– ¿Cómo?

– Pues, por ejemplo, si en la novela quiero introducir un diálogo político entre un taxista y un personaje, cojo realmente un taxi y grabo una conversación que yo dirijo hacia lo político. Podríamos pensar en personajes infrecuentes; en un afilador callejero o en un gigoló. ¿Te imaginas a nosotros dos entrevistando a un gigoló real?

– Pues yo conozco a uno, un tipo que se llama Bernardo.

– Ah, sí, y ¿cómo es?

– Es un hombre que vive de las mujeres a cambio de tenerlas contentas.

– Qué interesante, me cuesta mucho imaginarme a un tipo así. Pero ¿actúa como una prostituta, es decir, ve a una mujer con aspecto de tener dinero y se moviliza para conseguirla?

– Sí, pero es más sutil que una prostituta, es menos directo. Es un profesional camuflado, un impostor tolerado.

– Debe de ser un tipo muy atractivo.

– Sí, a mí me lo parece, aunque no es especialmente guapo. Su secreto es que sabe tratar a las mujeres; sabe muy bien qué decirles y en qué momento tiene que hacerles una caricia o en qué otro traerles una copa; tiene una intuición extraordinaria para hacer que una mujer se sienta bien; su secreto consiste en saber adaptarse a los distintos tipos de mujeres; es muy camaleónico, puede cambiar su tono de voz y su sentido del humor en función de cada caso. Es un tipo muy listo… muy capaz de esconderse detrás de máscaras distintas.

– Pareces conocerlo bien…

– Lo conozco bastante bien porque durante un tiempo fue mi vecino y lo oía actuar a través de la pared; recuerdo el día en que lo vi por primera vez, al poco tiempo de alquilar yo el apartamento donde vivo. Me vino a pedir limones para hacer margaritas. Al día siguiente le vi salir a la calle con una mujer algo mayor que él. Con el tiempo nos hicimos amigos y, desde entonces, entre él y yo ya no hubo secretos.

– ¿Intentó seducirte alguna vez?

– No, él sabía que conmigo no había posibilidades; simplemente nos hicimos amigos.

– ¿Es culto?

– No, pero le sabe sacar mucho partido a todo lo que ha visto y leído. Sabe no meter la pata, llevar los temas a su terreno de forma simpática y natural.

– Pero, ¿cómo conoce a mujeres dispuestas a financiarle la vida?

– Bueno, él se mueve en ciertos ambientes: algunos bares de postín, el club de golf, el club de bridge. También escoge a mujeres especiales; mayores que él, las ricas cuarentonas y aburridas son su especialidad. Ellas nunca están predispuestas de entrada; pero luego, con el trato, es muy hábil en mover bien las fichas; en eso consiste precisamente su capacidad de seducción, saber crearles una cierta dependencia gradual, una cierta necesidad.

– ¿Necesidad?

– Sí, me explicó que a un proceso inicial en el que es muy amable y cortés, sucede otro en el que se muestra desinteresado. Yo he visto llorar a muchas mujeres por él. Una le regaló un coche. Otra le invitó a un crucero por el Caribe. Es un hombre que sabe idealizar el presente, dotarlo de un halo mágico que lo privilegia como momento. Sabe convencerte de que cada situación tiene una luz adecuada, una música propicia, un paisaje que es urgente imaginar. Sabe tomar buenas iniciativas y transmitir un peculiar optimismo, una extraña seguridad…

– Sin embargo, yo siempre imaginaría a un hombre así envuelto en una terrible inestabilidad emocional. Esta gente de la noche, como los que se dedican a las relaciones públicas en fiestas y discotecas, o tipos que parecen divertidos y graciosos, esconden luego un aspecto de sí mismos algo patético, ¿no?

– Bueno, en el caso de Bernardo sí hay algo de patético, porque ahora ya debe de rondar los cuarenta y cinco años y seguramente no podrá mantener su éxito por mucho tiempo. Sí, es muy posible que termine quedándose solo y sin un duro. Aunque nunca se sabe, porque es un tipo muy listo y con muchos recursos.

– También podríamos grabar conversaciones con un ama de casa y conducir el diálogo de forma que nos contase lo que hace durante el día, los culebrones que ve, las ventajas y los sorteos que ofrece un detergente, sus excursiones al bingo, la relación con el marido, sus problemas con la comida y el sexo. Creo que una novela en primera persona sobre una «maruja» sería económicamente rompedora (tendría la posibilidad de atraer la atención de millones de «marujas», que comprarían una novela que por primera vez habla de ellas). Tal vez sea ésa mi segunda novela. Ya me veo cada día camuflado en el súper con un pequeño magnetófono. El lanzamiento podría ser como en una campaña electoral, con roulotte, altavoces, carteles propagandísticos reivindicando la identidad del marujismo…

– Departamento de Filología Clásica, buenos días.

– ¿Podría hablar con el profesor Esteve Puig?

– El profesor estará en Argentina durante tres semanas.

– ¿Es usted su secretaria?

– Sí. ¿Con quién hablo, por favor?

– Soy Ángel María González Villanueva, catedrático de veterinaria. Hace unos días envié un paquete con una carta al profesor Esteve, ¿sabe usted si llegó al departamento?

– Sí, el profesor lo tiene todo en su mesa de despacho para cuando regrese.

– ¿Habría alguna forma de contactar con el profesor?

– Él me llama de vez en cuando, si quiere puedo decirle que usted ha llamado y sugerirle que trate de localizarlo. ¿Se trata de algo urgente?

– Bueno no, no del todo. Si acaso dígale por favor que me llame tan pronto llegue a Barcelona.

– Muy bien, así lo haré.

– Muchas gracias.

Creo que Silvia y yo en el fondo nos odiamos y que el odio es nuestro verdadero e inconfesable secreto. Los dos compartimos el mismo resentimiento y la misma cobardía que algún día estallarán. Si me dejara llevar por mis impulsos inmediatos y fuese enteramente sincero conmigo mismo, no dudaría en abandonarla. El problema es que cualquier separación que no fuera instantánea, que dejara huellas, abogados y nuevos psiquiatras, sería todavía más horrible que nuestra situación actual. No soporto ver cada día la angustia de su insatisfacción casi tan grande como la mía; esa permanente desazón con la que no deja de mirarme, de culpabilizarme de no sé qué. Las mujeres que cumplen treinta y cinco años sin tener hijos se sumergen en una angustia que tiende a crecer con el tiempo. Es como si se les presentara una anticipación biológica de la muerte, como si el calendario para tener hijos les estuviera marcando un primer fin de la vida. A Silvia, con la operación de riñón, ese fin la pilló desprevenida. Siempre me acusa con su mirada. Pero, ¿qué culpa tengo yo de su operación de riñón? ¡Que me deje en paz!; yo sólo quiero trabajar tranquilamente en mi novela, yo sólo quiero pensar en Gilabert y en tejer una trama para colocarle en una vida que pudiera ser real. Pero lo que llamo alegre e impunemente mi novela, tal vez nunca pase de ser este amasijo de palabras infelices que ahora escribo, esta permanente aproximación a algo que siempre retrocede, esta forma infructuosa de llenar mis horas vacías, este desquiciante proceso irreversible que me aniquilará hasta hacer de mí un perdedor definitivo.

El ordenador que me mira por el ojo grande de su pantalla luminosa es el gran cómplice de este reto que he tramado contra mí mismo. Frente a él imagino todas las cosas; algunas las escribo y otras las olvido. El resto del día me parece invariable, previsible y rutinario. Frente a mi ordenador el mundo cobra un sentido más intenso y yo me sueño convertido en escritor. Sé que mi propósito, por indefinido, por no ser ni siquiera un propósito, puede llevarme a un desinterés todavía mayor por los demás, a una frustración irreparable o a la locura, pero lo siento dentro de mí como una violenta llamarada que me arrastra, como una enorme bola de fuego que me empuja a seguir. Me río a carcajadas de mí mismo: en realidad, yo soy el objeto, el sujeto y el primer personaje de mi gran obra…; porque para pensar en Gilabert tengo antes que pensar en mí; tengo antes que confesar a mi ordenador todo lo que me pasa por la cabeza, por el cuerpo, por la piel. Por cierto, la relación entre el cuerpo y la cabeza plantea ya un problema existencial que yo descubrí a los ocho años seccionando el rabo a una lagartija. Porque, si me cortasen los brazos, sería yo y mis brazos; si me cortasen las piernas, sería yo y mis piernas; pero, si me cortasen la cabeza, ¿sería yo y mi cabeza o yo y mi cuerpo? Vivir es imaginar mediante hipótesis tan absurdas como ésta lo desconocido en base a lo conocido. Imaginamos la muerte y la poblamos de ángeles y demonios que se parecen demasiado a nosotros. Tal vez todo ello sea el resultado inercial del acto primigenio de Dios, que hizo al hombre a su imagen y semejanza, dando continuidad a una infinita cadena de identidades que se imaginan. Me gusta la intimidad que me permite mi ordenador. Escribir en un papel siempre supondría el riesgo de que alguien -como Fátima, la chica marroquí que viene aquí una vez a la semana a limpiar- lo leyera. Mi ordenador retiene todo fielmente en su memoria y sólo me lo muestra a mí (a no ser que yo esté equivocado y presuponga erróneamente a Fátima como incapaz de acceder a la información de mi ordenador). Ese acto introspectivo de escribir lo que se me ocurre sobre Gilabert, ha de fundamentar su personaje, cuya verosimilitud dependerá de la capacidad que yo tenga de verme a mí mismo en él. Supongo que ningún escritor deja en realidad de escribir en primera persona. Los personajes, por muy diferentes que sean de él, equivalen sólo a un mero desplazamiento de la mirada. Pero la transferencia de mi identidad en la de Gilabert sólo debería manifestarse en una primera fase, pues él será un viejo editor y yo no soy ni viejo ni editor. Hacer de Gilabert un personaje demasiado parecido a mí podría ser pasto para engordar a psicoanalistas pero no me serviría para darle consistencia. Tengo que hacer un esfuerzo para imaginarme a un hombre de su edad; tal vez fijándome en los viejos que me rodean, hablando con ellos, logre dar con su voz. Gilabert podría tener algo del viejo que un día me describió una puta cuando le pedí que me hablara del cliente más extraño que hubiera conocido. Ella, después de pensarlo, me dijo: «Un viejo venía con unos bolígrafos Bic y los tiraba al suelo para que yo, desnuda y calzada con unos tacones altos, los pisara y los rompiera mientras él se masturbaba y me llamaba madre. Un día comenzó a llamarme cerda y me pidió que le pegara; más fuerte, más fuerte, eres una cerda asquerosa, hasta que yo le di y él me respondió y yo le dije que allí habíamos terminado. Después de aquello no quise subir más con él a pesar de que me pidió perdón y me dijo que nunca más volvería a repetirse lo ocurrido. Unas semanas después lo vi subir con una chica del Big Ben, con la Lourdes, y me contó que seguía haciendo todo eso de los bolígrafos y yo le dije que tuviera cuidado, que esos tipos son peligrosos y que nadie sabe si un día vienen con un cuchillo y después de llamarte madre van y te matan». Gilabert podría ocultar ese paréntesis perverso que le sacara de la rutina de su editorial. Podría ser un perfecto padre de familia que conviviera con unas fantasías que, sabiamente restringidas y controladas, serían como pequeñas excursiones a un lado abyecto de su alma. Aunque no sé si un hombre que practicara habitualmente un rito como el de los bolígrafos Bic podría luego llevar una vida enteramente normal de padre de familia, una vida que no se viera salpicada por otros detalles raritos con su mujer o con sus propios hijos. No parece posible ser completamente otro en un solo recinto aislado de nuestra identidad, en un solo momento de verdadera enajenación. Dicen que la mayoría de los asesinos en serie han dado siempre muestras de gran normalidad; los vecinos son los primeros en sorprenderse: «¿Cómo? ¿El señor Brudos es un asesino que ha matado a diecisiete mujeres? ¡No puedo creerlo!». [15] En un cuento del Gran Parodiador, el protagonista se imagina a sí mismo multiplicado infinitamente en tiempos distintos, que son las posibles alternativas por las que pudo haber optado y no optó; imagina que todos esos personajes que le duplican (él es todos ellos) cobran existencia simultánea poblando el jardín de la casa de un viejo sinólogo al que ha venido a matar. En otro de sus relatos, un hombre ha sido todos los hombres; en otro, un hombre ha sido El Hombre; en casi todos, un hombre es otro hombre. ¿Por qué no permitirle entonces a Gilabert esa leve incoherencia con su vida; ese pequeño aperitivo carnal de bolígrafos Bic que no le daña ni le pierde? Cioran, ese aristócrata de la duda, sólo tenía relaciones sexuales con prostitutas. A ellas les preguntaba sobre la vida y sobre la muerte, sobre el cielo y el infierno; a ellas consagraba su única sinceridad con el mundo, a ellas consideraba «una academia de lucidez ambulante».

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[15] Alain Lamarre ha señalado que Gilabert hace aquí referencia al famoso caso Brudos. El asesino en serie Jerry Brudos jugaba a calzar en su garaje los pies amputados y congelados de sus víctimas femeninas. Nadie, ni su mujer ni sus hijos ni los vecinos, pudieron creer nunca que esa práctica siniestra fuera mantenida por Brudos durante años Alain Lamarre, Le démon de López et moi, un monstre normal París, 2016.