Tan pronto me enteré de su llegada a Sitges me desplacé al hotel Calípolis y pregunté en la recepción si me podían dar una habitación cercana a la suya. Después de mirar en una hoja grande, el recepcionista sonrió y me dijo que por una recientísima anulación, la única libre de todo el hotel era precisamente la habitación contigua a la de él. Entendí aquello como un signo premonitorio que allanaba mi camino hacia el maestro. Subí en el ascensor al segundo piso y entré en la habitación 235 con un paso lento pero firme. Todo en ella me pareció enormemente familiar, como en esos sueños en los que creemos reconocer algo que ya hemos vivido. Era una estancia amplia en la que predominaba el color blanco. La persiana estaba bajada, pero entre sus listones de madera, los rayos de la tarde se colaban dividiendo en líneas anaranjadas los muebles y la pared. Una mosca revoloteaba y se iluminaba de forma intermitente en los rectilíneos haces de luz y polvo. Cuando me quedé solo, cerré las puertas del balcón para evitar el ruido del paseo marítimo y pegué mi oído al tabique que nos separaba. Sobre el leve murmullo de los bañistas y el mar, pude escuchar -en una lejanía que contradecía mi proximidad física- la voz femenina de María Kodama. En algunos de sus silencios, otra voz mucho más tenue y ronca me pareció la de un balbuceante monstruo de ultratumba. Tardé unos minutos en deducir (tal era su levedad y distorsión a través de la pared) que aquellos graves timbres ininteligibles procedían del Gran Parodiador. Tan sólo pude percibir su musicalidad, su cadencia argentina, tan sólo pude adivinar alguna palabra que, descontextualizada, me pareció lejana a sus textos. Entonces, guiado por la irrepetibilidad del momento, sentí ganas de acercarme más, de franquear esa barrera que ahora nos distanciaba más que nunca. Me senté en la cama de espaldas a la oscuridad del fondo. Un mueble demasiado grande para ser una mesilla de noche corría, paralelo a mi mirada, hacia la luz. Decidí llamar por teléfono. Tras el enladrillado, los pasos de María Kodama llegaron hasta el auricular.
– Buenos días, supongo que usted es María -dije, animado por una familiaridad del todo injustificable.
– Sí, ¿con quién hablo?
– Me llamo Antonio López; soy profesor de la Universidad de Barcelona, especializado en la obra de su marido, y he pensado que tal vez podría aprovechar su estancia en Sitges para conocerle personalmente.
El haberme referido a él como «su marido» acentuó el carácter insólito de la situación. La voz de María Kodama me llegaba ahora al teléfono acompañada por su propio eco de la pared, como si dos personas distintas me estuvieran hablando a la vez. [17]
– Borges está muy fatigado por el viaje y necesita descansar. Tal vez si usted hablara con el profesor Emir Rodríguez Monegal, que es la persona que organiza conmigo el programa en España, pudiera encontrarle un hueco.
Estuve tentado de decirle que yo me encontraba ya en el hotel (en el otro lado de la pared) y que ese hueco lo podríamos encontrar allí mismo, pero creí que podría resultar una presión algo intimidatoria y me despedí y colgué. Al cabo de unos minutos, los pasos de María Kodama se dirigieron hacia la pared donde yo volví a poner mi oreja. Hubo un silencio. Parecía como si ella me estuviera ahora espiando a mí. Entonces escuché el ruido de las puertas de su balcón y yo abrí y salí también al mío. Borges estaba allí, a mi izquierda, a menos de dos metros. Sus ojos, que parecían fijarse en algún punto de la gran franja azul del mar, se orientaron de repente hacia los míos.
– Qué linda ciudad y qué linda tarde -escuché sin que su mirada se mantuviera ya en la mía.
Atribuí a la magia del momento y a los canutos que me había fumado para la ocasión, el hecho de que el Gran Parodiador me estuviera hablando a mí. Sorprendido, permanecí unos instantes sin contestar. Tantas veces lo había conocido en mis sueños, tantas veces había imaginado una conversación con él, que ahora sus palabras me parecieron del todo falaces. Por fin, me animé a decir algo.
– Gran Parodiador, soy yo, el Borges joven que conoce usted en sus cuentos; el azar ha hecho que nos volvamos a encontrar en un hotel lejano de Adrogué. [18]
Se produjo una pausa larguísima. Luego, su sonrisa fue un alivio para mí.
– Azar, palabra persa que significa dados.
Un soplo de viento marino hizo bailar algunos de sus finísimos y largos cabellos blancos. Siguió hablando.
– El hotel de Adrogué fue demolido ya hace muchos años, sólo quedan las palabras de un sueño. Borges y yo nos hemos reconciliado: su sonrisa refleja ya de algún modo la mía.
Aquella respuesta a mi frase era un guiño que entraba en complicidad con los textos que yo había leído tantas veces. Por un momento me sentí depositario de ese guiño que me convertía en un elegido. Como una música lejana recordé las últimas frases de El inmortal. Las releí de memoria, en voz alta.
– Cuando se acerca el fin, ya no quedan imágenes del recuerdo; sólo quedan palabras.
Después de otro inquietante silencio, una sonrisa enigmática iluminó durante un segundo su cara. Luego tuve una sensación que oscilaba entre la ansiedad y la plenitud y, como para intensificar el carácter onírico de la situación, lié un nuevo cigarrillo de cannabis que cargué con entusiasmo compulsivo. Reparé en que no tenía más cerillas, y pedirle lumbre a un ciego ascético me pareció una ironía excesiva… Entonces recordé lo que me dijo un médico que conocí en Marruecos en una noche de exaltación y lujuria: el cannabis ingerido produce un efecto mucho más intenso que el fumado. Sin dudarlo, extraje del fondo de la caja de cigarrillos la gran china que me quedaba y, tras masticarla trabajosamente, me la tragué.
[17] María Kodama -aunque la erudita M. E. Vázquez ha desvelado la presencia de una auténtica Ulrica von Kulhmann- señaló que en este pasaje Gilabert hace referencia al cuento