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El Gran Parodiador permanecía quieto en una sonrisa interior, como en esas fotos que mi memoria había fijado para siempre. El silencio de antes se dilataba ahora entre nosotros, pero ya no nos molestaba. Pasaron unos minutos sin que ninguno de los dos dijera nada. Participé entonces de una múltiple alucinación cuyo nítido recuerdo no han erosionado los años. Ebrio de felicidad, Borges comenzó a levitar salmodiando en arameo las Verdades del Arca. Yo le vi ascender encantado y absorto con la lentitud ingrávida de los zepelines, saboreando cada instante, cada palmo que iba ganándole al cielo. Con un fondo de violines que creí de Arriba, se detuvo a unos ocho metros por encima de mi cabeza (lo que significaba más de veinte sobre el nivel de la playa). En el paseo marítimo, todos se detenían para escucharle y señalarle en lo alto. Juiciosos padres y solícitas madres intentaban en vano explicar el prodigio a sus hijos. Nadie parecía entender el idioma en que hablaba. Un viejo bañista con larga barba de sabio hindú aventuró unos alejandrinos en latín. Desde su balcón, María Kodama le reñía con dulzura: «Ven, Georgie, no me hagas enfadar». Pero el Gran Parodiador seguía salmodiando traviesamente en el aire. Su cara se había rejuvenecido muchos años y su voz, chulesca y autoritaria, había dejado de ser la suya. Sentí algo en la mano y, al fijarme, vi un fino hilillo cristalino que me unía a él; parecía ahora una cometa que yo mantenía. Abajo, la multitud se quedó repentinamente muda; hasta los niños y los perros guardaban silencio. Entonces se produjo un milagro inefable: vi una gran luz superior a las luces; vi varias lunas persiguiéndose en lo alto; vi al psiquiatra que se mató en las costas de Garraf haciéndome señas con las manos desde la playa; vi el sol poniéndose en el mar y volviendo a salir; vi una enorme sombra en el agua que se propagaba a gran velocidad hacia el horizonte. Decidido, comencé a tirar del hilo hasta que me detuvo el paso de sus plegarias en arameo a un desgañitado grito de dolor. Un cansancio insuperable me nubla la vista cada vez que intento recordar todo lo que ocurrió después. Parece que permanecí varias horas inconsciente en el balcón, sin que nadie se diera cuenta de mi eufórico estado alucinatorio.

Me despertó la frescura de la noche y fui a dar una vuelta por la playa. Comprendí que toda la escena de la levitación había sido el resultado de la sobredosis de cannabis. Luego vi al Gran Parodiador cenando en un restaurante del pueblo. Estaba rodeado de un grupo de admiradores entre los cuales distinguí con fastidio la cara de Llorens. Opté primero por alejarme, pero luego pensé que tal vez no tendría otra oportunidad para hablar con el Gran Parodiador. Volví. Tan pronto como Llorens me vio en la acera detrás del cristal, comenzó a gesticular, con su característica energía infantil, unas salutaciones completamente exageradas. Entré para que no se prodigara más en ellas y me senté en una silla que yo mismo acerqué al único hueco que quedaba. El Gran Parodiador se encontraba justo al otro lado de la mesa. Pedí un solo plato que Llorens no pudo abstenerse de desbaratarme con el tentáculo inevitable de su tenedor.

– Te hemos estado buscando, ¿dónde estabas?, es muy simpático, ¿quieres que te lo presente?

Sólo me faltaba ser presentado por el idiota de Llorens. Además, yo ya lo había conocido desde mi balcón del hotel. Aunque esa experiencia había sido enteramente anónima. ¿Qué pensaría él de aquel loco del balcón? Maldije el cannabis y me juré dejarlo para siempre.

En el restaurante, una serie de trepas encorbatados que no creo que nunca hubieran llegado a leerle -y mucho menos a comprenderle-, parecían ser sus propietarios (tan seguros de su inmortalidad como del momento que estaban ocupando en el tiempo). Daba la sensación de que lo estuvieran manoseando: le ponían un vaso de vino en la mano, le volvían la cabeza para que su oreja estuviera más cerca de una pregunta, le hablaban de uno de sus relatos confundiéndolo con otro. En un momento en que María Kodama había ido al lavabo, un periodista se lo llevó unos metros con la silla de ruedas para hacerle una entrevista en directo. Al instante saltó uno de sus «propietarios», se abalanzó sobre el periodista y le empujó. Casi se pegan a menos de un metro de él. Aquello era como darles perlas a los cerdos.

– Como vuelvas a tocar a José Luis Borges -se confundió y le llamó José Luis- te parto la cara.

Después, absurdamente animados por un vino local, los propietarios del Gran Parodiador se empeñaron en hacerle probar el famoso pan de payés catalán. A consecuencia de su lucha encarnizada con este rústico derivado del trigo, y de la rozadura que la prótesis dental le ocasionó en la boca, el maestro se quejó de unas llagas que precisaban inmediata asistencia médica. En el hotel intentaron con desesperación encontrar un dentista en Barcelona, pero eso, en pleno mes de agosto, era casi imposible. Por fin localizaron a uno en Sitges que, a pesar de su ya dilatada jubilación, se atrevió a limar con un artefacto eléctrico la dolorosa prótesis del maestro. Según me contó alguien después, parece que cuando el viejo dentista terminó su operación, le pidió a Borges que le firmara un autógrafo en un libro en el que aparecían unos dibujos con el nombre de Forges, el dibujante y humorista español. Borges firmó un libro de Forges creyendo que firmaba uno suyo; por su parte, el viejo dentista se fue convencido de guardar el autógrafo del dibujante. Luego, con el tiempo, lo he pensado muchas veces y no deja de parecerme extraña la simetría de la confusión: Borges, que ha llevado al máximo de la elaboración estética el arte de las falsas atribuciones, había firmado un libro a un hombre que también lo tomaba por otro… [19]

Al día siguiente me desperté con un dolor de cabeza que casi me retuvo en la cama. Las imágenes de la noche anterior revoloteaban y se superponían en mi mente en forma de recuerdos increíbles. En vano me esforcé en rememorar las imprecisas palabras de nuestra insólita charla. Desayuné en la habitación. Como siempre en los hoteles, el zumo de naranja no estaba recién exprimido a pesar de que así lo pedí. No había nadie en el balcón de Borges. Me duché, me vestí y bajé. En la recepción me dijeron que el matrimonio había salido a dar un paseo. Llegué andando hasta el centro del pueblo y, recordando que era el cumpleaños de Silvia, me dirigí a la librería Puig para comprarle Ficciones (entonces, yo acababa de conocerla, entonces, todavía era un iluso enamorado que ignoraba la opinión de Borges sobre la incapacidad femenina para la metafísica…). Al entrar en la librería, reconocí la voz de María Kodama. No tenían el libro de Pascal que él necesitaba con urgencia. Una dependienta se dirigió a mí y yo le pedí Ficciones. Tan pronto me oyó, el Gran Parodiador se interesó por conocer a la persona que estaba comprando un libro suyo. Yo me abstuve de identificarme y me hice pasar por un simple lector. Curioso, tanteó mis conocimientos acerca de su obra preguntándome con aparente inocencia.

– Pues los cuentos que más me gustan de usted tal vez sean «El sur», «La busca de Averroes», «La muerte y la brújula» y «La biblioteca de Babel». Aunque no sé, todos me gustan.

– Sabe -me dijo risueño el Gran Parodiador-, en «La biblioteca de Babel», hay algo que yo cambiaría ahora si pudiera. Cuando en una nota a pie de página dice: «Memoria de indecible melancolía; a veces he viajado muchas noches por corredores y escaleras pulidas sin hallar un solo bibliotecario». Eso de «a veces» no combina bien con «muchas noches»; es un poco raro, ¿no?

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[19] Esta anécdota está copiada casi literalmente de la introducción del libro de Carlos Cañeque Conversaciones sobre Borges, Ediciones Destino, 1996.