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Cuando estaba imaginando al piadoso Eneas frente a esa desgracia del arte, una joven entró en la salita, se acercó, me besó en la mejilla y me dijo: «Hola, soy Katia». Luego fueron pasando otras que hicieron lo mismo que la anterior. Entre las cuatro primeras, Úrsula me pareció con diferencia la más atractiva. Intenté retener su nombre, hasta que pasó a competir con la última de todas, con Amaya. Me esforcé en comparar a Úrsula con Amaya, pero sus caras y sus curvas se superponían y ya no era capaz de decidirme por una de las dos.

– ¿Qué? ¿Qué le ha parecido? -dijo la mujer insinuando una leve sonrisa de complicidad.

– Dudo entre Úrsula y Amaya. ¿Podría volver a verlas un momento a las dos?

– Bueno, pero luego no se me vaya.

– No… Ah, una pregunta -me apresuré a añadir señalando el presunto escudo de Vulcano-: ¿Sabe usted dónde compraron ese cuadro?

– Me lo regaló un cliente que murió el año pasado, pobrecito; un cliente que estuvo viniendo aquí más de quince años, todas las semanas. Era profesor de literatura en un colegio. Muy buena persona.

Sonreí al pensar en la posibilidad de que yo también me convirtiese en un cliente asiduo del local y que terminase incluso aportando un cuadrito que diera paso a una larga saga de profesores de literatura puteros. Al volver a pasar, Úrsula me pareció más joven y sensual que la otra. También más inocente. Comuniqué mi decisión final a la madame y en pocos segundos reapareció la chica. Con una sonrisa, me indicó que la siguiera. Atravesamos un pasillo en el que volvían a dañar la vista otras tantas pinturas que, sobre el estridente papel de la pared, producían un efecto directamente psicodélico.

En las puertas cerradas que dejábamos a los lados, se escucharon unas risas y luego unos exagerados y comerciales jadeos femeninos. Por fin llegamos a una habitación cuyas paredes eran espejos. Multiplicada incontables veces, vi a la muchacha cerrando la puerta y desnudándose.

– Ven que te lave. Estás muy serio, ¿cómo te llamas?

Le respondí con el nombre completo del personaje de mi novela y luego me giré para observar su reacción.

– ¿Gustavo Horacio Gilabert? Suena bien. ¿Cómo está el agua? ¿Caliente? Espera, ¿así está mejor?… ¿Y a qué te dedicas, Gustavo Horacio?

– Soy novelista -respondí con súbita seguridad en mí mismo.

– ¿Ah, sí?… Pues yo soy estudiante, hago filosofía.

– ¿En la universidad?

– Sí, en la Pompeu Fabra, estoy en tercero. Yo quería estudiar para relaciones públicas, porque soy muy buena tratando con la gente, ¿sabes?, pero en la selectividad exigían una nota muy alta y yo sólo saqué un 5,6. Entonces cogí filosofía que, aunque no me gusta, al menos es un título.

Me pareció un poco increíble que aquella joven pizpireta estuviese cursando el tercer curso de filosofía. Sentí una cierta curiosidad por examinarla.

– Y ¿vas a clase?

– Bueno, a primero sí que iba, por las mañanas, pero luego empecé a trabajar en esto todo el día y ahora ya sólo voy a los exámenes. Apruebo con los apuntes que me dejan.

– A ver -le dije con absurda autoridad profesoral-, dime tres obras de Platón.

– Ah, me quieres examinar, ¿eh?… Pues… Platón es el de la caverna, el que escribió El banquete, La metafísica

– No, esa última es de Aristóteles -corregí, no sin algo de vanidad.

– Ah, sí, es verdad, es del otro, de Aristóteles, pero lo sabía, ha sido un despiste, en el examen lo puse bien, te lo prometo… Platón también escribió El príncipe, ¿verdad?

– No, eso también es de otro.

Me dio una toalla pequeña y me dijo que la esperara en la cama.

– Así que escribes novelas -murmuró sobre el sonido del agua-, y ¿te las publican y todo? A lo mejor eres un escritor famoso y yo aquí como una idiota sin saberlo.

– Sí, soy bastante famoso.

– Pues ahora que lo dices, tu cara me suena. ¿Has salido alguna vez en la televisión?

– Sí, muchas veces.

– Y las novelas, ¿te las inventas?

– No, casi todo lo saco de la realidad.

Cuando volvió me fijé en sus pechos perfectamente dibujados hacia arriba, como los cuernos de un toro. Su sonrisa era muy ingenua, y sus ademanes transmitían una extraña sensación que oscilaba entre la inocencia y la perversión aprendida. Tanto su pelo, que con soltura se ajustaba a uno y otro lado de las orejas, como sus facciones y su piel, le conferían un cierto aire exótico. Ello me hizo pensar un instante en la niña Chole y, animado por el mismo impulso del marqués de Bradomín, así sus voluptuosos senos con mis manos doctorales y me dispuse a consagrar el sacrificio.

– ¿Te importa que me fume un canuto? -le dije mientras se acomodaba en mis bajos.

– No, pero espera a que abra un poco la ventana, porque luego viene la jefa y se enfada conmigo.

El abigarrado pasillo está repleto de libros hasta el techo. [22] Son colecciones obsoletas que al editor le gusta conservar perfectamente colocadas por temas y autores. Sólo un exiguo espacio al final de las estanterías de hierro deja ver unas fotos colgadas en la pared, que reproducen rancios retratos de Kafka, Poe y Joyce. Un joven de barba muy oscura y gafas de anchos lentes descuelga el auricular y marca un número en un teléfono que apenas sobresale entre los innumerables libros amontonados y las cajas.

– ¿Puedo hablar con Gustavo Horacio Gilabert?

Le dicen que espere un momento y que no cuelgue. Ese tiempo es aprovechado por otro joven menudo que aparece sacando la cabeza detrás de una puerta del pasillo.

– Dile que tendrá las galeradas la semana que viene, y de paso -aquí baja la voz y pone cara de pillo- pregúntale cuántos López y Gilabert hay en su maldita novela.

El joven de barba oscura se lleva el dedo índice a los labios pidiéndole que se calle.

– ¿Señor Gilabert? Hola, buenas tardes, soy Laureano Viñas de aquí de Galaxia; le llamo porque ya estamos componiendo las galeradas y dudamos de algunas cosas… Si, por ejemplo, en las conversaciones que el personaje de Gilabert mantiene con la directora literaria, podríamos poner una de las voces en cursiva para destacarla de la otra o tal vez…

– Sí, me parece bien, porque como sólo aparece la conversación y no hay un narrador que permita diferenciar, hay que pensar en algo que clarifique. La cursiva está bien, mejor que la negrita, aunque también podríamos escribir sus nombres enteros al principio y luego sus iniciales, como en una entrevista de prensa.

– Bueno, sí, ésta sería otra posibilidad, pero yo creo que tratándose de una novela es preferible marcar una voz en cursiva y dejar la otra en redonda. ¿No?

– Me parece bien, dejemos la cursiva… Ah, otra cosa, ¿habéis resuelto el tema de la portada?

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[22] Nótese que el tiempo verbal en presente acompañará los pasajes en los que, en lo sucesivo, aparezca el Gilabert persona, es decir, no el editor y novelista primerizo, sino el autor ya consagrado que escribió la novela que tenemos entre las manos.