Este pequeño incidente (aunque ahora deseo a esa mujer) me hace reparar en que siempre he tenido una extraña curiosidad por espiar a los demás. Desde los jadeos que atraviesan las paredes de un apartamento alquilado en un lugar de veraneo, hasta las conversaciones más anodinas que la vida me ha permitido sintonizar, siempre me he visto como implicado en esa sustancia fugitiva de lo ajeno, en esa ventana indiscreta que da al lado oculto del vecino. Si yo pudiera ser invisible nada más que por unos días, me pregunto cuántas oscuras habitaciones me perderían y me hallarían en el fondo de los prostíbulos más recónditos, cuántos inusitados secretos me revelarían las más privadas voces. Sería como asistir a la crónica de una oculta realidad en el otro lado de las cosas, como traspasar las máscaras de las apariencias para descubrir lo que siempre habría sido un espacio reservado al misterio de la intimidad. Si fuera invisible podría presenciar las mayores conspiraciones políticas y las más evidentes (con pelos y señales) traiciones amorosas. Podría abofetear y escupir a todos mis enemigos (por un momento imagino a Llorens cayendo sobre la tarima a causa de un diestro puñetazo mío) sin que éstos acertaran a descubrirme. Podría comprobar, en definitiva, que los demás se parecen a mí al ser tan mezquinos, falsos y sufrientes como yo. Y es que la naturaleza humana se reconforta viendo en los demás la misma podredumbre que ve en sí misma, los mismos anhelos, la misma ansiedad sin propósito, los mismos vacíos de tardes de domingo. Por eso tienen tanto éxito los culebrones de televisión, porque en ellos el ama de casa contempla su vida desde fuera, sin compromiso, aliviada de las presiones rutinarias y sazonada con la pasión del sufrimiento ajeno. Por eso también se producen los tumultos en torno a los heridos de un accidente automovilístico. La sangre de los telediarios resulta ya demasiado falsa y es necesario curiosear el olor de la sangre real. Nada tan atractivo para los humanos como un verdadero espectáculo sanguinario: incinerar a un hombre vivo, ahogarlo en una pecera panorámica, arrancarle de cuajo los brazos y luego la cabeza. De niño practicaba este instinto natural del ser humano destrozando mis juguetes. Tan pronto como llegaban envueltos en sus papeles y cuerdas, tan pronto como los sacaba de sus cajas de cartón y olisqueaba el perfume del precinto, ya estaba imaginando su interior: aquellos diminutos mecanismos metálicos que conseguirían dar movimiento a los brazos de un muñeco o que harían girar los caballitos de un pequeño tiovivo. Mis padres se desesperaban y me reñían, pero la curiosidad que sentía por conocer los entresijos del mundo era superior a mis fuerzas e insistía en taladrar el vientre del muñeco meón o en buscar el artefacto eléctrico que accionaría la voz de la Caperucita cantarina.
Pero de esta inofensiva tendencia infantil pasé a la irreprimible curiosidad por presenciar el sufrimiento de los animales. Me preguntaba cómo se movería un hámster al cortarle las dos patas delanteras, cuántos segundos de vida tendría cada una de las partes de un gusano de seda seccionado con un implacable hachazo de cólera, o en qué momento perdería la vida un caracol cuyo caparazón fuera recalentado al fuego lento de mi mechero. Había incluso fabricado guillotinas casi profesionales para trabajar con gatos y perros abandonados, y en verano, en una pequeña chabola cercana a la vía del tren, había sometido a indecibles horrores a lagartijas, sapos y ranas. Los suplicios de algunos animales duraban un día entero. Los de otros, no llegaban al instante. Una tarde sofocante de agosto llegué a retener en mis manos el corazón de un conejo de indias moviéndose todavía en su caliente palpitar inercial. [25]
Todas estas prácticas las realizaba siempre al margen de Luis. Él las hubiera censurado y se habría chivado a mis padres. Por eso, siempre iba solo a las Ramblas a comprar las víctimas de mis reprobables investigaciones; las ocultaba en el garaje o en el trastero para que pasaran inadvertidas tanto a Luis como a mis padres. Pero de todas estas vergonzantes actividades del que seguramente era un niño enfermo, ninguna recuerdo con tanta congoja como la de aquella mañana en la que estuve a punto de asesinar al propio Luis. Estábamos pasando el verano en Menorca, en casa de mis tíos. Era una casa blanca, de puertas y ventanas verdes, situada en un valle pedregoso y árido en el que solíamos perdernos por las tardes hasta que oscurecía. Entonces, la casa se convertía en un faro que nos orientaba entre las laderas rocosas y los acantilados escasamente cubiertos de matorrales resecos y espinosos. El día anterior, Luis había abusado de mí golpeándome la cara hasta ensangrentarme la nariz. Total, porque me había caído con su bicicleta y le había torcido un poco el eje del manillar. Nos detuvimos en el precipicio desde donde siempre contemplábamos los embates del mar contra las rocas. Luis se acercaba hasta el borde mismo y yo, con un incontrolable vértigo que aún hoy me hace temblar las piernas, me alejaba conforme él se aproximaba. Pero aquel día estuve a punto de vencer el vértigo, de llegar hasta él y de empujarle. Hubiera sido tan fácil. Me estremezco al pensar en las consecuencias que aquel acto de un segundo hubiera acarreado en mi vida. Recuerdo que llegué a dar unos pasos hacia él con intención de empujarle, pero, cuando ya estaba preparando mis manos sobre su espalda, algo, no sé qué, me detuvo. Me había acercado y detenido frente a una realidad tan prohibida, frente a un acto tan intenso y simple… Abajo, los ronquidos del mar me animaban a una irresponsabilidad sin límites. Pero me detuve. Sí, me detuve. Tan sólo unos minutos más tarde me horroricé por lo que estuve a punto de hacer. Durante meses soñé que ya lo había empujado; lo soñé destrozado en el fondo del acantilado, inerte, subiendo y bajando con fuerza entre la espuma de las olas. Yo volvía temblando y mentía al contarles a mis padres que Luis se acercó y tropezó con el saliente de una piedra, y que en su caída intentó agarrarse a una rama que cedió hasta romperse. Pero luego corríamos todos allí y no encontrábamos ni el saliente ni la rama y mis padres me internaban en un correccional y yo moría de soledad y de tristeza.
Hoy pienso en mí como en un amigo al que no se le ha prestado nunca la debida atención y al que ya es totalmente imposible ayudar. Es preferible no escribir nada en días así.
Acabo de conocer al inquilino que desde la semana pasada ha ocupado el apartamento colindante a éste. Es un apartamento que había permanecido vacío más de tres años. Se trata de un hombre de buena planta que se ha presentado en la escalera con una sonrisa muy abierta.
– Hola, soy Bernardo, tú debes de ser el profesor; la portera me ha hablado un poco de ti. Verás que algunas noches pongo un poco de música; si la pongo demasiado fuerte, dímelo y la bajo.
Por la tarde le he oído hablar con una mujer y, sin poder reprimir mi tendencia al espionaje, he acercado la oreja a una pequeña grieta de la cocina que permite escuchar casi perfectamente lo que se dice al otro lado. Bernardo ha estado hablando de un hotel en una playa de Venezuela y de los cócteles -según él, los mejores del mundo- que sirven por las tardes en una de las terrazas que dan al calor y a la humedad del Caribe. Luego ha estado hablando de lo barato que es Venezuela para un europeo.
[25] Este último pasaje ha sido relacionado con John Baxter, el famoso asesino de «la prostituta de los senos amputados». El alto ejecutivo norteamericano John Baxter, reconoció a la policía haber estado leyendo esta precisa página unas horas antes de emprender su crimen en una habitación del hotel Palace de Madrid. Al conocer el hecho, el profesor Toshiro Fukuyama se apresuró en señalar la validez universal de su estudio sobre el carácter perturbador de