– ¿Puedo hablar con Teresa?
– Sí, soy yo.
– Hola, soy Luis.
– Es increíble, por teléfono tienes exactamente la misma voz que tenía Antonio…
– Sí, todo el mundo lo dice, heredamos las mismas cuerdas vocales… Oye, ¿qué tal?, ¿qué haces?
– Pues nada, estaba organizando un poco las citas en el ordenador.
– ¿De tu tesis?
– Sí… ¿y tú?
– Acabo de cerrar una hipoteca al 9,8 por ciento TAE con un cliente después de negociar más de una hora en mi despacho.
– ¿Ah sí? ¿Qué tipo de cliente?
– Es una empresa de cosmética… ¿Necesitas algo de cosmética?
– No, yo soy una chica «mu natura»…
– Oye, lo pasé muy bien el otro día hablando contigo.
– Yo también, me sentí muy cómoda… y al final nos reímos mucho… y cenamos muy bien.
– Te iba a proponer que nos viéramos.
– ¿Cuándo?
– Hoy, para cenar.
– ¿Tú crees?
– ¿Por qué no? A mí me encantaría…
– A mí también, pero no sé, es un poco fuerte.
– ¿Por qué?
– Pues porque tú eres el hermano de Antonio y Antonio murió hace menos de un año y, no sé… Es un poco fuerte… ¿no?
– No veo por qué… Es sólo para seguir hablando… como amigos… Tengo dos entradas para ver una obra de Pirandello, y luego podríamos ir a cenar al chino del Maremagnum.
Acabo de fumarme tres canutos seguidos y me resulta difícil pulsar las teclas del ordenador. Me siento poeta y quiero escribir como los poetas. Ayer pasó todo lo que tenía que pasar y fui plenamente feliz con Teresa. Es difícil explicar con palabras los pasos fáciles hacia su desnudez, y la dicha que sentí cuando la realidad no era otra cosa que una magia imperecedera en nuestra piel. Parecía que todas las cosas regresaban a nosotros y que la vida se justificaba en cada una de nuestras prolongadas miradas en la oscuridad. Fumamos la fruta del cannabis hasta que la voz del Gran Parodiador nos pareció una entrega de símbolos que nosotros tendríamos que cantar a las generaciones. Lo escuchamos en silencio, de memoria, porque sus palabras aprendidas nos revelaban el misterio del Aleph, y Beatriz Viterbo era una diosa de luz que se interpolaba entre nosotros intensificando cada sensación. Imaginamos a Dante y a Virgilio, los imaginamos tomando el sol indolentes y aburguesados en el canto IV del Infierno. Sus caras enrojecidas se habían desfigurado y las pupilas de sus ojos resplandecían en una iridiscencia de intolerable fulgor. Entonces nos entregamos al prodigio más grande que los años me han deparado: vimos al hombre que camina dormido recitando los arcanos que la pluma del Espíritu Santo apenas indica, vimos todas las estrellas que abarcan los dos hemisferios, vimos el inescrutable Juicio Final que los bienaventurados ignoran, y al monstruoso Minos haciendo de acomodador junto a Caronte y su fúnebre chalupa; vimos los nueve círculos concéntricos. Allí estaba Lucifer (el gusano que horada el mundo) en el vértice de un cono transparente e inmenso que creímos de agua. Casi desfalleciendo, retozamos por una imaginaria playa. Luego, exhausto y mudo, levanté mi brazo y señalé a lo lejos un gran monte. Ella me sonrió. [29] ¡Qué ignorada arena es ésta del amor! ¡Qué ceremonial de sentimientos graves y cuerpos silenciosos! Cuando los besos no son otra cosa que una pulsión acuosa de la imaginación; cuando somos reconocidos en unos ojos que nos agrandan y enorgullecen. Todo parece fluir entonces en una misma dirección que nos eterniza en el instante. Teresa y yo, tendidos en el suelo, dejamos pasar el tiempo sin ser asaltados por los superfluos ruidos del mundo. Nos pareció que la música que escuchábamos cristalizaba en una materialidad casi tangible; oímos el piano de Bill Evans tocando para nosotros You Must Believe in Spring a unos pocos metros de nuestras caricias desinhibidas. Eddie Gómez hacía llorar su contrabajo mientras que Eliot Zigmund se esforzaba en silenciar aún más los platillos de la batería. Por tres veces intenté rodear el cuello de Bill con mis brazos y por tres veces su sombra escapó de mis manos, pareja a los vientos ligeros y muy semejante a los sueños alados. [30] El amor es inefable porque no está sometido a la torpe sucesión del lenguaje. Ocurre en la misma simultaneidad del éxtasis que Mañana mereceremos. Sólo la poesía puede sugerir esta plenitud sin tacha. Hoy me siento poeta; hoy me siento perdido en esa mirada que comienza en Homero. ¡Qué me importa la progresión de mi muerte si he alcanzado la gloria de ser feliz por un instante! [31] ¡Qué me importa no recordar quién prendió el fuego hacia el primer beso si el incendio fue un bosque en llamas y el sol! ¡Qué me importa que hoy vuelva a ser un pobre melancólico o que Gilabert sea un proyecto ridículo, si ayer los labios de Teresa se posaron en la yema de mi sexo y yo alcancé a vislumbrar el vasto valle de la inmortalidad!
Pasan los días en los que Teresa Gálvez y yo nos entregamos incansablemente al amor. Son jornadas en las que no salimos apenas de este apartamento al que yo venía para vivir mi soledad. Silvia debe sospechar que algo me está ocurriendo, porque no sé disimular este encantamiento en el que vivo. Además, cada día vuelvo más tarde a casa. Pasan los días en que no pienso ni siento nada más que lo que me dicta este contacto epidérmico con Teresa, con sus geografías y curvas, con sus cálidas altiplanicies. Soy feliz.
Han transcurrido varias semanas desde que escribí estos últimos desvaríos pseudopoéticos. Durante estos días, he estado viviendo sin pensar; o en todo caso he estado sintiendo más que pensando. He sido otro al someterme a la enajenación que encierra la mirada de Teresa. Ella me acaricia y yo la contemplo en su infinita belleza, y así pasan las horas sin que nos contamine la aflicción de un pensamiento. Es como si el amor anulara esa dirección negativa del mecanismo conceptual, lógico; como si, de repente, pudiera sustituirse una forma de vivir por la otra. Pero hoy he vuelto a reconocerme otra vez en mis pensamientos y ello me ha llevado a escribir estas líneas que arrancan de un momento en el que me siento realmente inspirado. Le he pedido a ella que me dejara solo para trabajar. Cierro los ojos y veo mi relación con Teresa como un viaje que he vivido en un mundo extraordinario. Sé que inclinarse hacia el pensamiento supondrá llegar al fin de este viaje. Tal vez debería intentar no pensar ni escribir para dejarme vivir en el sentimiento. Pero los conceptos se cruzan y se hacen inevitables. Hoy lo veo con la claridad del contraste: pensar me lleva a ser un hombre angustiado y atrapado en infinitos callejones sin salida. Debo luchar contra esa enfermedad de mi cabeza, debo intentar permanecer el resto de mi vida lo más lejos posible de esta rutinaria reflexión que me atrapa. Seguro que me vendría bien olvidarme de la novela, vender mi ordenador y dejar para siempre este proyecto estéril. Así encontraría la felicidad que nunca he hallado en mi vida. De hecho, la disciplina que me he impuesto durante lo que va de año sabático (viniendo aquí todos los días para encontrarme con mi ordenador y con mi soledad), me ha inducido sistemáticamente a pensar. Es como si me hubiera organizado el día para ser esencialmente infeliz. ¿Tendrá esto el componente masoquista que ya descubrió en mí hace años el psiquiatra que se mató en las costas de Garraf? Vuelvo a cerrar los ojos y a sentir la inutilidad de la vida. Sentir, pensar, hallar, reconocer y olvidar; todo se confunde en el leve murmullo que me llega ahora desde la calle…
Me sueño escritor sin serlo, me sueño creando un eco que me multiplica en certeras resonancias, en personajes a los que logro dar la dignidad de lo creíble. Los detalles más pequeños de mi vida -la voz de Bernardo al otro lado de la pared hablando con sus diversas mujeres, la alegría incomprensible del cartero en su rutina, las progresiones de luz de cada tarde intrascendente- se superponen en una falaz continuidad que yo quiero imaginar con sentido. Pero los objetos y las personas sólo me pertenecen en la medida en que consigo sentirlos como reflejos de mis vivencias, de mis nostalgias, en la medida en que soy capaz de tener fe en este canje de equivalencias entre lo objetivo y lo subjetivo, en la medida en que pienso la profundidad como si fuera una superficie. Me gustaría ser una cinta de Moebius, un gusano de luz sin anverso ni reverso, una sola superficie sin fin…
[29] La idea de colocar el Paraíso terrenal en la cima de un alto monte se hallaba ya presente en obras de los padres de la Iglesia oriental; igualmente, san Buenaventura había situado el Paraíso en una atmósfera pura en la que se podían distinguir, en tenues contrastes cromáticos, los tres grados de conocimiento elaborados por santo Tomás. Como ha señalado Guido Castillo, la descripción que hace Gilabert aquí se asemeja más a la concepción clásica que sigue el esquema aristotélico-ptolemaico de los pecados. Guido Castillo,
[30] Como descubrió el arqueólogo literario Alberto Cousté, esta frase es casi idéntica a otra que se repite en Homero (en el canto XI de la