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– No me digas, ¿o sea que teníamos un escritor sin saberlo…?

– Bueno, la cosa es que ahora, desde hace algún tiempo, llevo trabajando intensamente en una novelita que me hace mucha ilusión. Creo que pronto la tendré lista.

– ¿Ah, sí?

– Sí, al principio, claro, siempre que la cosa me convenciera, yo había pensado en publicarla en mi editorial, pero luego pensé que eso sería demasiado fácil… y que tal vez tú podrías leerla y aconsejarme un poco… Uno pierde la perspectiva para juzgar lo que hace…

– Gustavo -le interrumpió Matías Mora-, estaré encantado de hacerlo. Primero la leeré yo personalmente y te daré mi opinión, y luego la daré a leer, y si más o menos los informes son favorables y le veo un cierto gancho, no dudes que te la publicaré. Quizá podría encajar en la colección Gran Teide…

– Bueno, pero tampoco lo fuerces, me gustaría que…

– No, Gustavo, de la misma forma que te digo que no tendría ningún inconveniente en publicarla si estuviera bien, te digo que en esta colección no podemos colar según qué cosas…

– Bueno, tú échale un vistazo y dime algo. A lo mejor, si los informes de tus asesores son buenos y te gusta a ti, incluso me podría presentar a vuestro premio.

– ¿Al Galaxia? -preguntó sorprendido Matías Mora-. No, hombre, ya sabes que nosotros seguimos la opción de gente conocida…

– Bueno, pero en una de ésas podría llegar a ser finalista, te advierto que yo sería un gran comunicador con la prensa…

Matías Mora miró hacia atrás y vio que las mujeres estaban aguardando a que ellos dieran el segundo golpe y se alejaran.

– Oye, que nos están esperando… Luego hablamos.

Cuando llegó a los árboles, Gilabert vio cómo un coche eléctrico blanco que conducía un joven de uniforme gris alcanzaba en la calle a su contrincante. Allí intercambiaron unas breves palabras, y después Matías Mora señaló en dirección a donde se encontraba Gilabert buscando su pelota. El coche blanco siguió hasta situarse a pocos metros de los espesos matorrales. El joven bajó y le acercó el teléfono móvil.

– Señor, su señora quiere hablar con usted.

Gilabert tomó el auricular y se lo llevó a la oreja.

– Gustavo, la niña se ha puesto muy mal; otra vez tiene cuarenta de fiebre y casi no puede respirar. He llamado al médico y le he convencido de que viniera a casa, y cuando ha venido me ha dicho que tiene una faringitis obstrusiva.

– ¿Y qué es eso?

– Es como si se le hubiera cerrado la garganta; no puede respirar bien; me ha dicho que si sigue así, por la noche la tendríamos que internar, porque se dan casos de asfixia en los que tienen que hacerles una traqueotomía, o sea, una perforación en el cuello para oxigenarles con un tubo. Gustavo, estoy muy asustada, y como además te vas la semana que viene al congreso de Puerto Rico…

Gilabert se llevó la mano libre a la cabeza y se atusó un poco el cabello. Luego observó los oscuros matorrales, la cara atenta del conserje, y al fondo, en la calle, a Matías Mora ensayando el movimiento afeminado de su sand blaster.

– No te preocupes, voy para allí ahora mismo, y si la niña no mejora en cuatro días, anularé lo de Puerto Rico.

Intimidada por el sonido del teléfono, la secretaria introdujo en una bolsa grasienta de papel el trozo de pasta dulce que le quedaba. Luego apretó la bolsa hasta arrugarla y esperó unos segundos para poder terminar de masticar y tragar.

– Departamento de veterinaria, buenos días.

– ¿Podría hablar con el doctor González Villanueva?

– El doctor González Villanueva está reunido. ¿De parte de quién, por favor?

– Soy Andrés Miguel Esteve.

La secretaria recordó el interés de González Villanueva por localizar a Esteve, así que dijo «un momento» y se apresuró a girar su silla abatible y a salir casi corriendo hacia la sala de reuniones. Cuando llegó, llamó con los nudillos a la puerta, abrió sin esperar y anunció con voz queda el nombre del filólogo.

– Pásamelo a mi despacho -ordenó el veterinario, después de dejar de escribir en un gráfico en la pizarra que encabezaban las siguientes palabras: «Ratas, ciclos endogámicos».

Cuando llegó a la cómoda silla de su despacho, se reclinó hacia atrás y puso los pies sobre la mesa, como hacía cada tarde para hacer la siesta. Luego, como si fuera real, depositó el cigarrillo mentolado de plástico sobre el cenicero, cogió el teléfono con las dos manos y mostró una sonrisa de oreja a oreja:

– Andresito, coño, llevo más de un mes buscándote. Has desaparecido, ¿dónde estás?

– Llegué ayer. He estado tres semanas en Buenos Aires y luego en Montevideo, en un congreso sobre Homero… Ayer abrí el paquete que contenía la novela que me enviaste y las dos cartas y los fax… Oye, pero esto debe de ser una broma que tú me haces o alguien nos hace…

El veterinario frunció el ceño desconcertado.

– No…, no creo… ¿por qué?

– Bueno, pues porque ayer, cuando llegué, que llegué tarde y por eso no te llamé, estuve hojeando un poco la novela (por cierto, no tengo ni la menor idea de quién puede ser su autor) y me llamó la atención el hecho de que las cartas que me escribiste y adjuntaste con el paquete se reproducen literalmente dentro.

– ¿Cómo dentro?

– Dentro de la novela.

– Eso será porque tu secretaria las debió traspapelar y las incluyó…

– No, es muy evidente que forman parte de la novela; tienen el mismo formato, la misma tipografía y están numeradas correlativamente con el resto de la novela.

González Villanueva bajó sobresaltado los pies de la mesa y se incorporó.

– Pero eso es imposible, Andresito… -Hizo una pausa como para pensar-. Andresito, no me jodas, ¿cómo van a estar dentro si yo escribí esas cartas después de cerrar el paquete?

– Ángel, no vamos a discutir ahora sobre lo que es posible y lo que no lo es porque estoy con el jet lag y me encuentro muy espeso… Mira, mañana te llevo el paquete que me enviaste a tu despacho y lo compruebas con tus propios ojos…

– Andresito, coño, es imposible, es lo mismo que si me dijeras que esta conversación que estamos teniendo tú y yo ahora por teléfono, después de colgar, vas y te la encuentras en la novela.

– Coño, Ángel, no creo haber tenido una alucinación; estoy un poco cansado por el cambio de horario, pero a esto llego. Si tú no sabes nada, entonces seguro que nos han gastado una broma.

– Pero, ¿quién?

– Yo qué sé, tu secretaria, algún alumno, esto pasa a veces… Pero mañana te lo llevo y lo ves.

Hoy la tierra y los cielos me sonríen, hoy llega al fondo de mi alma el sol, hoy la he visto, la he visto y me ha mirado… ¡Hoy he salido de mi angustioso periodo de impotencia sexual! La Gálvez y yo lo hemos celebrado con tres gloriosos sacrificios que hemos dedicado a Homero. [33] Tras esta serie de actos (que hemos sabido aderezar con entremeses y algunas otras guarrindongadas de naturaleza coprofílica), hemos permanecido exhaustos, durante más de tres horas de inmovilidad casi letal, tendidos en el suelo de la cocina. Luego, con el último sol de la tarde (que hemos visto avanzar en la pared y en el techo enmarcado por la sombra rectangular de la ventana) nos hemos ido recuperando hasta entrelazar nuestras manos y volver a mirarnos con una cursilería de querubines. Al incorporarme, eufórico, he llamado a mi nuevo psicoanalista argentino para narrarle el prodigio y comunicarle el auspicioso rumbo hacia el amor que ha reemprendido mi vida. Pero él, rutinario, ha tipificado mi caso como un simple ejemplo de regresión libidinosa.

Todavía disponía de tiempo para llamar a su mujer y hacer unas compras en la duty free. Se habían encontrado ya varias veces en la cafetería, en el quiosco y en la cola para facturar el equipaje, pero -tal como habían convenido- apenas intercambiaron una sonrisa cómplice. Luego, en el vuelo, si no veía a nadie que pudiera reconocerle, ya tendría la posibilidad de encontrar algún pasajero al que no le importase cambiar de asiento para permitirles estar juntos. La joven mulata se había demorado en el quiosco, donde adquirió -para entretenerse durante el vuelo- una buena pila de revistas del corazón. Gilabert, por su parte, había estado curioseando entre los libros para comprobar que estaban los que tenían que estar de su editorial. El de los castillos de Cataluña se encontraba privilegiadamente situado en una mesa del centro.

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[33] En su libro titulado Los silencios de Homero, Ion Agheana acuña el rústico término «polvo épico» para referirse a la relación erótica que mantienen Elena y París en la Ilíada. Aquí, entre líneas, Gilabert parece hacer un pequeño homenaje a Agheana, sin duda uno de sus amigos más entrañables. Ion Agheana, Los silencios de Homero, Revista de Las matas, Madrid, 2009.