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– ¡Ay! No se muera vuestra merced señor mío, sino tome mi consejo, y viva muchos años; porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire no sea perezoso, sino levántese desa cama, y vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos concertado; quizá tras de alguna mata hallaremos a la señora Dulcinea desencantada, que no haya más que ver. [34]

El carácter universal de mis palabras ha reanimado sorprendentemente a Gilabert, quien me dice muriéndose de risa que volvamos a montar en nuestras bestias y que partamos ahora mismo en busca de nuevas aventuras.

Durante todo el tiempo que el sol tarda en calentar el aire, cruzamos una montaña por un sendero que sube y baja entre vertiginosos precipicios de piedra. Cuando el sol está ya alto, parece vencernos el hambre y la sed, pero proseguimos a pesar del hambre y la sed y del color cada vez más blanco de las lenguas de nuestros animales. Al llegar abajo, ha regresado la noche. Tras un matorral, encontramos el quieto perfil de un niño que lee la Naturalis historia de Plinio.

– Muchacho -le digo con voz paternal-, te vas a quedar ciego si continúas leyendo a la luz de la luna.

– Es Georgie -murmura Gilabert en una mansa admiración de ojos vivos y solemnes.

– Habéis cometido la temeridad de intentar parodiarme -dice el niño Georgie con severidad- y, como yo bien sé, todo intento de parodia alberga una secreta forma de burla. Ello os costará que os aleje para siempre del río cuyas aguas conducen a la inmortalidad.

– No toda parodia alberga burla -replica un envalentonado Gilabert enarbolando absurdamente su lanza-, ¿qué me dices, si no, del Amadís de Gaula que halaga el donoso escrutinio frente al fuego?

El niño Georgie se levanta y le mira con esa lógica particular que encierra el odio.

– Resultas tan patético y boludo, viejo Gilabert, nada, absolutamente nada de lo que pueda surgir de tu débil mollera permanecerá de un modo sustantivo y eterno.

Me entran ganas de bajar de mi jumento para darle unas palmaditas en el trasero a este niño insolente y precoz. Con mirada apaciguadora, le sugiero a Gilabert que prosigamos. Lo hacemos dejando atrás al niño Georgie, quien se queda maldiciéndonos con soeces palabras en inglés. Al cabo de una larga noche que nos parece eterna, nos encontramos, junto a un arroyo de aguas risueñas y frescas, al sabio Cide Hamete Benengeli abroncando al Curioso impertinente.

– Vete de esta novela -dice gritando con unos cartapacios en la mano-, ¿qué tienes tú que ver con los señores Quijano y Panza?

– A mí me colocó aquí el autor -responde el otro-, y no pienso irme jamás, por mucho que transcurra el tiempo corrosivo.

– El autor soy yo -replica el sabio árabe con una vehemencia de sultán.

Un poco más lejos, bañándose en un remanso, dos hombres blancuzcos y enfermizos observan indolentes la disputa. Por fin se anima a terciar el más joven de ellos con palpable y descontextualizado acento francés.

– Bueno, cuando os pongáis de acuerdo, nos lo decís.

Gilabert me advierte al oído que se trata de Avellaneda y de Pierre Menard, dos autores de falsos Quijotes. Movido por mi nuevo instinto crítico y realista, aventuro unas palabras del Eclesiastés:

– Vanidad de vanidades, todo es vanidad.

Al oírme, Gilabert alarga en su rostro una sonrisa sarcástica, mientras su rocín agradece la constancia del agua. Cuando me fijo en unas encinas próximas, distingo al bachiller Sansón Carrasco y a Cervantes tumbados a la bartola en dos hamacas de cuerda. Sin decir una sola palabra, escuchan la conversación comiendo un racimo de uvas que dejan reposar sobre sus indolentes barrigas escasas. Frente a ellos, un viejo de prolongada barba blanca y ojillos diminutos, conversa con un joven que juega a introducirse en la boca una Luger de doble cañón.

– Ya se lo advertí en el final de Niebla, don Miguel; lo ve, lo ve cómo es usted el que murió y fue enterrado; yo sigo viviendo y, precisamente porque sigo viviendo, puedo suicidarme cuando me dé la gana, sin el consentimiento de usted.

– Me tienes hasta las barbas, Augusto Pérez de las narices, ojalá no te hubiera creado en aquella discreta tarde de abril en la que inevitablemente te soñé. Pero, muchacho, no te hagas ilusiones, porque ni existes, ni has existido, ni existirás.

– Ya lo creo que existo. Como dijo aquel melancólico francés: pienso, luego existo.

– Pérez, eso es un soberano disparate, el que pienso soy yo, para crear en ti la ilusión de pensar.

Augusto Pérez tarda unos segundos en concebir la nueva argucia senil de su creador. Luego sonríe y dice acercando la Luger a su sien:

– ¿De verdad quiere usted escuchar el seco disparo que me haga perecer?

– No hagas tonterías, muchacho -exclama el autor haciendo desaparecer la Luger con una goma de borrar-. Además, ¿no te das cuenta del anacronismo que supone esa arma en este pasaje del Quijote?

– Pero qué ha hecho, don Miguel, mucho más anacrónica es la empresa de Pierre Menard, y mírelo allí qué contento vive junto a Avellaneda.

Con inocencia temeraria, Gilabert pregunta a todos desde su rocín:

– Por favor, ¿saben ustedes quién es el autor de esta novela?

Tras un silencio tenso, Unamuno se acerca a nosotros y se detiene señalando a Gilabert. Luego se arrodilla y, visiblemente emocionado, besa las pezuñas del rocín.

– ¡Maestro don Quijote, es usted el único autor, el único, el único!

Gilabert se intranquiliza y muestra su desconcierto. Unas risotadas procedentes de las hamacas nos llegan a todos haciéndose evidentes a pesar del sonido del agua. Hasta mi jumento, que mira ahora a Gilabert, parece sorprendido frente a esta súbita alteración de identidades. Despacio, con el silencio de todos, Gilabert desciende de su rocín. Un líquido oscuro comienza a brotar de la punta de su lanza. Se mira las manos, se las huele, se las vuelve a mirar. Unamuno se apresura a levantarse del suelo y a llegar hasta él para darle un abrazo. Luego besa el suelo y llora y palpa con las manos el simbólico líquido negro.

– ¡Lo veis! -grita mirando a todos con ojos desorbitados y felices-. ¡Está fluyendo tinta de su lanza, está fluyendo tinta, os lo dije, os lo dije! ¡Él es el único autor! ¡Muera el cervantismo! ¡Viva el quijotismo!

Incorporándose violentamente sobre la hamaca, Cervantes ha enmudecido con un rostro de pánico. Con estupefacción, todos observamos la copiosa fuente que ahora comienza a teñir las aguas del arroyo.

¡Oh musas! ¡Oh alto ingenio, ayudadme a describir este instante mágico! Tras un silencio que termina fulminando las aguas del arroyo, me fijo en los ojos de Gilabert y en cómo su cara de caballero andante progresa hacia la de un viejo rollizo y casto. Gilabert se ha convertido en Virgilio y yo en Dante. De inmediato, nos percatamos de que Alguien ha hecho desaparecer los animales y los otros personajes del Quijote. Tampoco están ya las estrellas del cielo. Con incomprensible ánimo resolutorio, nos adentramos ahora en una selva oscura y, después de caminar durante un buen rato, descendemos por una inmensa garganta fangosa que termina abriéndose a un valle pestilente y húmedo.

– Son éstos los umbrales del infierno -me dice mi maestro, en italiano vulgar-. ¡Cuan lejos estamos todavía de tu Beatriz!

Precedida por gritos desconsolados que el fétido aire propaga, arribamos a una región poblada por réprobos condenados a nadar por una superficie acuosa que bulle en grandes burbujas oscuras. En la orilla de ese martirio líquido, unos demonios fustigan a todos los desdichados que, al no poder resistir las quemaduras, escapan y corren unos segundos sobre la arena de la playa.

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[34] E. J. Hartigan Jr, en su escandaloso artículo titulado «Interior Duplication and the Problem of Form: Cervantes vs Gilabert» (Oklahoma, Univ. of Oklahoma Press, p. 125), sugiere que la función discursiva de este plagio -son literalmente las palabras que aparecen en El Quijote en boca del Sancho real- no es otra que la de cubrir un pasaje que a Gilabert le hubiera resultado del todo imposible imitar…