– Nos hallamos en el círculo de los soberbios -me dice Virgilio en voz baja.
Piensa, lector, el miedo que me entra al acceder a estas imágenes. Cercados en una jaula de metal enrojecido por el calor, distingo, entre un grupo de pecadores, a Farinatta y a Filipo Argenti. Junto a ellos, Mario Duque, Bernard Satie y Silvio Lesconi están jugando al volley-playa con un mapamundi. [35]-Están condenados a jugar por los siglos de los siglos -me dice el autor de la Eneida con sonrisa maliciosa-, cuando no pueden más y desfallecen sobre la arena, esos demonios que ves allí les pinchan en el trasero.
Entre los demonios más próximos a nosotros, reconozco a Fernando Savater y a E. M. Cioran. Ambos se regocijan al contemplar a Lesconi y a Duque en sus últimos esfuerzos por mantenerse en pie. Cuando Duque cae sobre la arena, Savater deja su tridente en el suelo y le pide a Belcebú que le preste un gran puro habano que está fumando. Lo toma con elegancia, da un par de caladas para avivar la brasa y lo aplica en la nalga de Mario Duque.
– ¡Fot-li, fot-li! -dice en un sorprendente e intraducible catalán el pensador rumano. [36]
Al notar el quemazo sobre la piel, Mario Duque se levanta de un salto para seguir jugando al volley-playa. Le toca sacar a él. Lanza el mapamundi, le pega en el aire con toda la fuerza que puede, pero la esfera de colores no sobrepasa la red. Todos los de su equipo le miran con odio, pero él está acostumbrado a eso ya desde la otra vida y se muestra indiferente. En el equipo de Mario Duque, Silvio Lesconi y Bernard Satie, veo a un enorme gordo parecido a Orson Welles. Enfangado hasta el cuello, repite mecánicamente una palabra sin parar: «Rosebud, Rosebud, Rosebud».
– Es Charles Foster Kane -me comunica mi guía-, otro condenado en este círculo de los soberbios. Está obligado a repetir esa palabra durante toda la eternidad.
El hedor es ahora insoportable, pero cuando mi guía hace ademán de proseguir, me fijo en Filipo Argenti, que parece retorcerse en una última exhalación de muerte.
– Maestro, antes de que nos marchemos de este lago, déjeme deleitarme viendo el padecimiento de este réprobo.
Virgilio me concede ese tiempo perverso y luego proseguimos elevándonos por un desfiladero que no aminora en nada el tufo ni los quejidos procedentes de abajo. Cruzamos dos nuevos valles y, al llegar a un sendero de polvo, observo un arbusto de cuyas ramas surgen juntas sangre y palabras.
– Es Pier della Vigna, pésimo poeta y protonotario de Federico II -me advierte mi maestro mirando la planta con desdén.
Junto a Pier della Vigna, reconozco a Ugolino royendo infinitamente la nuca de Ruggieri degli Ubaldini. Cuando levanta la cara para descansar, aprovecha para secarse la boca sanguinaria con los pelos del pecador. Asqueados por esta imagen, proseguimos nuestro camino, mi guía primero y yo después, hasta llegar a una fuente de lava. Cuando se gira, mi maestro ya no es Virgilio, ni don Quijote, sino simplemente Gilabert.
– López -me dice con nuevas lágrimas en los ojos-, hemos soñado con las dos mayores amistades de la literatura, la de don Quijote y Sancho y la de Virgilio y Dante; pero ahora se acerca el fin y la realidad nos será hostil, López, ya lo verás, muy hostil.
Cuando voy a abrazarlo, Gilabert desaparece entre mis manos. Angustiado y perdido, vago entonces por el desconsuelo infinito que se extiende en una vasta altiplanicie. Después, arribo a unos pasadizos laberínticos y me demoro subiendo unas interminables escaleras que, finalmente, me permiten ver el cielo. Por ese inmenso agujero salgo de nuevo a contemplar las estrellas de mi soledad…
El tercer dry martini de Boadas había sido inevitable teniendo en cuenta el crescendo de la conversación: esa magia entre la ficción, el juego y la inmoralidad, ese pliegue impecable en la falda de Teresa, esa risa desatada que se estaba convirtiendo en animosa complicidad, ese pequeño tributo de irresponsabilidad que el alcohol iba agregando al aire… Cuando ella se introdujo en el taxi que tomaron en las Ramblas, Luis observó sus torpes movimientos, su embriaguez. En el coche, reanudaron un diálogo plagado de extraños personajes inventados por ellos esa misma noche: la calle Tuset no era ya el destino que les permitiría cenar en el Giardinetto, sino el punto en el que se hallaba el apartamento de un supuesto amigo que se había arruinado jugando al bingo después de que su mujer se fugara con un millonario. El taxista participaba en la conversación postulando descabelladas teorías psicológicas sobre los ludópatas.
– Mire, el alcohol, el vicio, el juego y los celos son cosas que siempre van juntas.
– Sí, es el caso de nuestro amigo -respondió Luis como jugando a no reírse.
Llegaron a la calle Tuset y, una vez se despidieron del taxista, Teresa no pudo evitar la risotada que había estado conteniendo durante el trayecto. Entraron en el restaurante. Como no habían reservado mesa, tendrían que esperar media hora de pie en la barra. Pidieron otro dry martini.
Primero la tanteó acariciándole una mano con el dedo índice y, al ver que ella no respondía apartándola, Luis aproximó su boca a la suya con ademán de besarla. Lo hizo durante un rato y, luego, sin dejar de acariciarla, la miró con el deseo que sucede a la conciencia de saber que una mujer está ya en las redes.
– Teresa, eres un encanto.
– Tú también, Luis.
– Sabes, podríamos fugarnos juntos…
– Sí, venga, ¿adonde?
– Al Caribe; a la República Dominicana.
– A mí me gustaría conocer Puerto Rico.
– Pues vamos a Puerto Rico. ¿Nos vamos ahora mismo?
– Sí.
Aunque mecido en la torpeza del alcohol, Luis comenzó a calcular el desenlace de la noche. Podrían ir a casa de ella o al apartamento en el que Antonio se encerraba para escribir. Un hotel resultaría más frío, pero les alejaría más de Antonio, de esa fantasmal presencia que se interponía ahora entre los dos. Pensó un momento en su hermano, en la previa relación que habría mantenido con la mujer que ahora le atraía de una forma tan enigmática. Sólo la ginebra le permitía gozar de la situación sin cuestionarla.
– Es curioso, siento ganas de escribir todo lo que me está ocurriendo desde que Antonio murió.
– Ya empiezas como él -dijo ella con fingida seriedad-. No me digas que a ti también te va a dar por escribir una novela, y que también te vas a poner paranoico. Mira que salgo corriendo. Con el pobre Antonio ya tuve bastante…
– Aunque, pensándolo bien -dijo Luis tras dar un buen trago a la bebida-, podría basarme en los hechos y componer unos personajes y una trama completamente distinta. Podría comenzar con un premio, con la muerte del ganador… y terminar con la fuga del hermano del ganador con la amante del ganador. Una fuga a Puerto Rico…
– Sí, eso sería una trama completamente distinta a la real… ¿Y cómo describirás este beso en tu novela?
Volvieron a besarse. A Luis le pareció que alguien le reconocía en el otro lado de la barra, pero no le importó.
– El personaje de Gilabert podría ir sustituyendo al de mi hermano; por fin, la ficción iría eclipsando a la realidad.
– Sería una enfermiza experiencia literaria -dijo ella cada vez más animada-, aunque, de alguna forma, tendría sentido, porque Antonio, sin conseguir trascender su inmediatez, escribió una realidad que pasó como ficción; mientras que tú podrías hacer justo lo contrario…
– ¿Cómo lo contrario?
– Sí, porque podrías, partiendo de «su realidad», elaborar una ficción y presentarla en forma de realidad, como unas memorias reales de tu hermano, de un hermano completamente inventado por ti que pasaría por real… ¿Dónde podría yo presentar eso en un premio de memorias…?
– No seas mala -agregó él con voz pastosa.
– Además, por primera vez en la historia de la literatura, un hermano continuaría la novela de otro…
[35] Duque, Satie y Lesconi fueron hombres de negocios muy conocidos en la Europa de finales del siglo XX. En su tratado titulado
[36] No hemos traducido el término «fot-li» al considerar que el propio autor lo juzga intraducible. Como orientación aproximativa, «fot-li» significaría dale, o pégale. Por lo demás, es difícil adivinar el sentido que Gilabert quiso darle a este pasaje en el que Cioran, un autor rumano, habla explícitamente en catalán. García Bowle de Andrade, en una frase indigna de García Bowle de Andrade, ha recordado aquí que «el pintor catalán Salvador Dalí también solía afirmar que se sentía catalán, católico, apostólico, romano y un poco rumano».