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Algunas veces -también se lo he contado a mi psiquiatra- sueño que estoy dando clase y que entran en el aula las fuerzas antidisturbios para llevarme con ellos. Aparecen de repente, cuando una vacilación mía se convierte en una pausa excesiva que mis estudiantes no suelen perdonarme. Los veo entrar de un salto por las ventanas, correr hacia mí por la tarima de madera y cercarme contra la pizarra en la que tantos nombres he escrito. Inútilmente prodigo entonces manifestaciones de inocencia y de dolor: amparados en sus uniformes y en sus cascos brillantes, los antidisturbios me sacan a rastras bajo el unánime abucheo de mis alumnos, que con sus índices acusatorios me señalan y me llenan de escupitajos. Veo a Llopart, el primero de la clase, subido en su pupitre para enfatizar un claro corte de mangas que me dedica. Veo a Valdés, al que siempre creí fiel, orinando sobre mis viejos apuntes y pateando con violencia mi cartera. Veo al estudiante ciego, con su bastón blanco en el suelo, masturbándose en un éxtasis celebratorio. Por fin consigo despertarme acalorado en medio de la noche. Silvia duerme plácidamente a mi lado. Me da miedo volver a dormir y me levanto y pienso que me estoy volviendo loco.

Menos mal que llevo un tiempo sin tener que dar clases. Aquello no podía ser, hombre, no podía ser. Cada vez hablaba más de mí y menos del programa… Mis clases se estaban convirtiendo en un auténtico psicoanálisis en el que yo no paraba de hablar de Silvia, de mi madre, de mi soledad, y al final me emocionaba y organizaba coloquios sobre mi situación. Había un tipo pequeño en la primera fila que siempre se lanzaba a hablar, y terminaba metiéndose con mi madre, culpabilizándola de todo. No, aquello no podía seguir… Tal vez ahora me sentiría algo mejor para afrontar una clase. Pero no sé, no sé.

Prólogo, traducción y notas de

FRANCISCO RODRÍGUEZ CACHUENA

Catedrático de literatura.

Prólogo

Hace ya casi treinta años que el recientemente fallecido escritor y ensayista ampurdanés Gustau Horaci Gilabert publicó en catalán, en diciembre de 1997, En López i jo (López y yo), novela que iniciaba la trilogía que luego continuara Tota la realitat del meu somni (Toda la realidad de mi sueño) (1999) y El mirall de la meva cara (El espejo de mi cara) (2002).

Este tiempo nos permite situar a López y yo como la novela pionera de lo que luego se llamará «la generación interactiva», cuyo desarrollo tuvo su origen en España extendiéndose posteriormente al continente americano y al resto de Europa.

En López y yo aparece por primera vez el personaje de Antonio López Daneri, nombre que utiliza Gilabert como seudónimo para firmar la novela y que años después volverá a renacer felizmente en otras no menos memorables obras del autor. López permite a Gilabert encontrar la voz de un delirio que salta, sin aparente justificación narrativa, del tono ensayístico y académico -no en vano se trata de un profesor de literatura- a la confesión personal más dramática y subjetiva; del barroco ejercicio egocentrista a la automiserabilización más incisiva e hiriente, del sadismo espectacular al masoquismo de sangre. Se ubica así el protagonista en el centro de un universo paródico-existencial que impulsa al lector a practicar una suerte de interacción ritualizada con su propia identidad. Este juego recorre toda la obra gilabertiana, pues en todas sus novelas hallamos un mismo fingimiento que nos obliga a leer como si lo leído fuera escribiéndose por sí mismo, como si nosotros nos transfiguráramos en escritores que escribimos junto con los otros personajes del texto, como si soñáramos sus vidas y participáramos en sus pequeñas ceremonias. En este puente de interacción que se adivina entre el autor y el lector, la publicación de López y yo en CD ROM -fue la primera novela que apareció simultáneamente en los dos formatos-, supuso una verdadera revolución en la narrativa mundial, sobre todo al romper con aquella concepción que limitaba las novelas a la tipografía convencional. Ya en la primera versión interactiva diseñada por el propio Gilabert, se abrían más de dos mil ventanas (unas se convertían en racimos de nuevas ventanas, otras en espejos en los que el propio lector podía ver su cara) que hacían de la novela un texto que en ocasiones se leía y, en otras, se escribía. [8]

En el personaje de Antonio López se encuentra, tal vez, uno de los mayores hallazgos -algunos autores han hablado incluso de el lopecismo como un fenómeno literario propiciado a partir de este relato- de toda la obra de Gilabert en su conjunto. Este hallazgo consiste en sumirnos en la desesperante angustia del personaje, un triste profesor de literatura que, sin tener las mínimas aptitudes literarias, sueña con escribir una novela que le haga universal. Terco y patético empeño que desconoce que el proceso por el cual un «soñador» pasa a convertirse en un «narrador» supone una transformación iniciática, de desdoblamiento, en la que debe desarrollarse y superarse el principal problema que impide la creación: el abandono del «yo» y su desplazamiento hacia el «él». En su incapacidad para cumplir esta trascendencia, López nos muestra su abatimiento, su tormento metafísico, su angustia, su soledad. Además, nos presenta una lucha encarnizada consigo mismo y el consecuente fracaso como escritor, sobre todo al no alcanzar nunca la nueva perspectiva desde la que le sería posible encontrar un mundo ficcional autónomo, definitivamente despegado de la realidad que lo circunda.

Desde un punto de vista puramente formal y estilístico, la novela se desarrolla en un abanico que alterna zonas de claro afán literario «ilustre» con momentos de severa aspereza «cómica», en donde abundan los pasajes destacadamente elegiacos, bajos y trivializados. Ello contribuye a crear un conjunto riquísimo de posibilidades escritúrales, así como también de perspectivas éticas, en las que el protagonista no permanece inmóvil sino que va perfeccionándose cada vez más hasta llegar al supremo momento en que se le permitirá, guiado de la mano de Borges (en clara relación paródica al Virgilio de la Divina Comedia), la contemplación alucinatoria de su Universalidad. Por otra parte, al lado de este ensimismamiento de índole estética y filosófica que sufre el protagonista, López y yo nos hace circular por una galería poblada de caracteres -eventualmente personas reales- que reúnen tanto la más compleja humanidad como el aire de muñecos, máscaras o caricaturas. [9] La novela, verdadera protagonista de la obra, se nos presenta así como un conglomerado aparentemente absurdo de distintos autores y textos empeñados en participar en un mismo palimpsesto recurrente que, sin embargo, nunca llegará a dejarse entrever en su verdadera función literario-dramática. Ello hace que el marco en el que se encuadra este relato innovador no sea otro que el de la perisología, vicio de la elocución que consiste en repetir y amplificar inútilmente los conceptos o en expresarlos con caprichosa prolijidad. Esa adscripción terminológica, no impide, sin embargo, que sea también la ironía, la parodia y la sátira, así como la recuperación de la tradición narrativa que va desde la novela bizantina, la picaresca y los libros de caballería, hasta el moderno relato de Poe, Chesterton y Borges, lo que convierte esta novela emblemática en un texto inteligente y divertido, que habrá de seguir reclamando tanto la atención de críticos y estudiosos -son ya innumerables los trabajos publicados en todo el mundo sobre esta obra- como de todo lector que aspire a revivir la emoción y la aventura.

Francisco Rodríguez Cachuena,

Madrid, septiembre de 2026.

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[8] El profesor Toshiro Fukuyama, recordando tal vez la influencia nefasta de Las desventuras del joven Werther de Goethe, ha señalado que la versión en CD ROM de la novela causó graves crisis de identidad entre algunos jóvenes japoneses, que se desdoblaron y se perdieron en ventanas sin saber luego regresar a su «yo» real. De forma mucho más arriesgada, Fukuyama atribuye también a la lectura de la novela algunas reacciones violentas como las protagonizadas por Inoco Tuhatsi y sus seguidores, que se sacaron los ojos para recitar de memoria a Homero y a Borges en público. Estas hipótesis impulsaron al gobierno japonés a prohibir López y yo considerando su lectura perniciosa para la salud mental. Toshiro Fukuyama, El síndrome Gilabert. Tokio, 2013.

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[9] John Turner, en una página demasiado famosa, destaca el patente paralelismo entre esta novela de Gilabert y el seminal drama de Pirandello Seis personajes en busca de un autor.