– Ecco. Decíamos que hay que pensar en Hermes, dejarlo que juegue. Tomen, ordenen todo esto, ya que vinieron a verme. Tal vez yo pueda ir por allá y echar un vistazo.
– Volveremos mañana, si usted quiere.
– Bueno, pero ya habré escrito otras cosas. Los voy a volver locos, piénsenlo bien. Tráiganme Gauloises.
Etienne le pasó su paquete. Con la llave en la mano, Oliveira no sabía qué decir. Todo estaba equivocado, eso no tendría que haber sucedido ese día, era una inmunda jugada del ajedrez de sesenta piezas, la alegría inútil en mitad de la peor tristeza, tener que rechazarla como a un mosca, preferir la tristeza cuando lo único que le llegaba hasta las manos era esa llave a la alegría, un paso a algo que admiraba y necesitaba, una llave que abría la puerta de Morelli, y en mitad de la alegría sentirse triste y sucio, con la piel cansada y los ojos legañosos, oliendo a noche sin sueño, a ausencia culpable, a falta de distancia para comprender si había hecho bien todo lo que había estado haciendo o no haciendo esos días, oyendo el hipo de la Maga, los golpes en el techo, aguantando la lluvia helada en la cara, el amanecer sobre el Pont Marie, los eructos agrios de un vino mezclado con caña y con vodka y con más vino, la sensación de llevar en el bolsillo una mano que no era suya, una mano de Rocamadour, un pedazo de noche chorreando baba, mojándole los muslos, la alegría tan tarde o a lo mejor demasiado pronto, todavía inmerecida, pero entonces, tal vez, vielleicht, maybe, forse, peut-être, ah mierda, mierda, hasta mañana maestro, mierda mierda infinitamente mierda, sí, a la hora de visita, interminable obstinación de la mierda por la cara y por el mundo, mundo de mierda, le traeremos fruta, archimierda de contramierda, supermierda de inframierda, remierda de recontramierda, dans cet hôpital Laennec découvrit l’auscultation: a lo mejor todavía… Una llave, figura inefable. Una llave. Todavía, a lo mejor, se podía salir a la calle y seguir andando, una llave en el bolsillo. A lo mejor todavía, una llave de Morelli, una vuelta de llave y entrar en otra cosa, a lo mejor todavía.
– En el fondo es un encuentro póstumo, días más o menos -dijo Etienne en el café.
– Andate -dijo Oliveira-. Está muy mal que te deje caer así, pero mejor andate. Avisales a Ronald y a Perico, nos encontramos a las diez en casa del viejo.
– Mala hora -dijo Etienne-. La portera no nos va a dejar pasar.
Oliveira sacó la llave, la hizo girar bajo un rayo de sol, se la entregó como si rindiera una ciudad.
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Es increíble, (de un pantalón puede salir cualquier cosa, pelusas, relojes, recortes, aspirinas carcomidas, en una de esas metés la mano para sacar el pañuelo y por la cola sacas una rata muerta, son cosas perfectamente posibles. Mientras iba a buscar a Etienne, todavía perjudicado por el sueño del pan y otro recuerdo de sueño que de golpe se le presentaba como se presenta un accidente callejero, de golpe zás, nada que hacerle, Oliveira había metido la mano en el bolsillo de su pantalón de pana marrón, justo en la esquina del boulevard Raspail y Montparnasse, medio mirando al mismo tiempo el sapo gigantesco retorcido en su robe de chambre, Balzac Rodin o Rodin Balzac, mezcla inextricable de dos relámpagos en su broncosa helicoide, y la mano había salido con un recorte de farmacias de turno en Buenos Aires y otro que resultó una lista de anuncios de videntes y cartománticas. Era divertido enterarse de que la señora Colomier, vidente húngara (que a lo mejor era una de las madres de Gregorovius) vivía en la rue des Abbesses y que poseí a secrets des bohèmes pour d’affections perdues. De ahí se podía pasar gallardamente a la gran promesa: Désenvoûtements, tras de lo cual la referencia a la voyance sur photo parecia ligeramente irrisoria. A Etienne, orientalista amateur, le hubiera interesado saber que el profesor Mihn vsoffre le vérit. Talisman de l’Arbre Sacré de l’Inde. Broch. c. I. NF timb. B.P.27, Cannes. Cómo no asombrarse de la existencia de Mme. Sanson, Médium-Tarots, prédict. étonnantes, 23 rue Hermel (sobre todo porque Hermel, que a lo mejor había sido un zoólogo, tenía nombre de alquimista), y descubrir con orgullo sudamericano la rotunda proclama de Anita, cartes, dates précises, de Joana-Jopez (sic), secrets indiens, tarots espagnols, y de Mme. Juanita, voyante par domino, coguillage, fleur. Había que ir sin falta con la Maga a ver a Mme. Juanita. Coquillage, fleur! Pero no con la Maga, ya no. A ler Maga le hubiera gustado conocer el destino por las flores. Seule MARZAK prouve retour affection. ¿Pero qué necesidad de probar nada? eso se sabe en seguida. Mejor el tono científico de Jane de Nys, reprend ses VISIONS exactes sur photogr. cheveux, écrit. Tour magnétiste intégral. A la altura del cementerio de Montparnasse, después de hacer una bolita, Oliveira calculó atentamente y mandó a las adivinas a juntarse con Baudelaire del otro lado de la tapia, con Devéria, con Aloysius Bertrand, con gentes dignas de que las videntes les miraran las manos, que Mme. Frédérika, la uoyante de l’élite parisienne et internationale, célèbre par ses prédictions dans la presse et la radio mondiales, de retour de Cannes. Che, y con Barbey d’Aurevilly, que las hubiera hecho quemar a todas si hubiera podido, y también, claro que sí, también Maupassant, ojalá que la bolita de papel hubiera caído sobre la tumba de Maupassant o de Aloysius Bertrand, pero eran cosas que no podían saberse desde afuera.
A Etienne le parecía estúpido que Oliveira fuera a jorobarlo a esa hora de la mañana, aunque lo mismo lo esperó con tres cuadros nuevos que tenía ganas de mostrarle, pero Oliveira dijo inmediatamente que lo mejor era que aprovecharan el sol fabuloso que colgaba sobre el boulevard de Montparnasse, y que bajaran hasta el hospital Necker para visitar al viejito. Etienne juró en voz baja y cerró el taller. La portera, que los quería mucho, les dijo que los dos tenían cara de desenterrados, de hombres del espacio, y por esto último descubrieron que madame Bobet leía science-fiction y les pareció enorme. Al llegar al Chien qui fume se tomaron dos vinos blancos, discutiendo los sueños y la pintura como posibles recursos contra la OTAN -y otros incordios del momento. A Etienne no le parecía excesivamente raro que Oliveira fuese a visitar a un tipo que no conocía, estuvieron de acuerdo en que resultaba más cómodo, etcétera. En el mostrador una señora hacía una vehemente descripción del atardecer en Nantes, donde según dijo vivía su hija. Etienne y Oliveira escuchaban atentamente palabras tales como sol, brisa, césped, luna, urracas, paz, la renga, Dios, seis mil quinientos francos, la niebla, rododendros, vejez, tu tía, celeste, ojalá no se olvide, macetas. Después admiraron la noble placa: DANS CET HÔPITAL, LAENNEC DECOUVRIT L’AUSCULTATION, y los dos pensaron (y se lo dijeron) que la auscultación debía ser una especie de serpiente o salamandra escondidísima en el hospital Necker, perseguida vaya a saber por qué extraños corredores y sótanos hasta rendirse jadeante al joven sabio. Oliveira hizo averiguaciones, y los encaminaron hacia la sala Chauffard, segundo piso a la derecha.
– A lo mejor no viene nadie a verlo -dijo Oliveira-. Y mirá si no es coincidencia que se llame Morelli.
– Anda a saber si no se ha muerto -dijo Etienne, mirando la fuente con peces rojos del patio abierto.
– Me lo hubieran dicho. El tipo me miró, nomás. No quise preguntarle si nadie había venido antes.
– Lo mismo pueden visitarlo sin pasar por la oficina de guardia.
Etcétera. Hay momentos en que por asco, por miedo o porque hay que subir dos pisos y huele a fenol, el diálogo se vuelve prolijísimo, como cuando hay que consolar a alguien al que se la ha muerto un hijo y se inventan las conversaciones más estúpidas, sentado junto a la madre se le abotona la bata que estaba un poco suelta, y se dice: «Ahí está, no tenés que tomar frío.» La madre suspira: «Gracias.» Uno dice: «Parece que no, pero en esta época empieza a refrescar temprano.» La madre dice: «Sí, es verdad.» Uno dice: «¿No querrías una pañoleta?» No. Capítulo abrigo exterior, terminado. Se ataca el capítulo abrigo interior: «Te voy a hacer un té.» Pero no, no tiene ganas. «Sí, tenés que tomar algo. No es posible que pasen tantas horas sin que tomés nada.» Ella no sabe qué hora es. «Más de las ocho. Desde las cuatro y media no tomas nada. Y esta mañana apenas quisiste probar bocado. Tenés que comer algo, aunque sea una tostada con dulce.» No tiene ganas. «Hacelo por mí, ya vas a ver que todo es empezar.» Un suspiro, ni sí ni no. «Ves, claro que tenés ganas. Yo te voy a hacer el té ahora mismo.» Si eso falla, quedan los asientos. «Estás tan incómoda ahí, te vas a acalambrar.» No, está bien. «Pero no, si debés tener la espalda envarada, toda la tarde en ese sillón tan duro. Mejor te acostás un rato.» Ah, no, eso no. Misteriosamente, la cama es como una traición. «Pero sí, a lo mejor te dormís un rato.» Doble traición. «Te hace falta, ya vas a ver que descansas. Yo me quedo con vos.» No, está muy bien así. «Bueno, pero entonces te traigo una almohada para la espalda.» Bueno. «Se te van a hinchar las piernas, te voy a poner un taburete para que tengas los pies más altos.» Gracias. «Y dentro de un rato, a la cama. Me lo vas a prometer.» Suspiro. «Si, sí, nada de hacerse la mimosa. Sí te lo dijera el doctor, tendrías que obedecer.» En fin, «Hay que dormir, querida.» Variantes ad libitum.