Talita sujetó el sombrero y se lo encasquetó de un solo golpe. Abajo se habían juntado dos chicos y una señora, que hablaban con la chica de los mandados y miraban el puente.
– Ahora yo le tiro el paquete a Oliveira y se acabó -dijo Talita sintiéndose más segura con el sombrero puesto-. Tengan firme los tablones, no sea cosa.
– ¿Lo vas a tirar? -dijo Oliveira-. Seguro que no lo embocás.
– Dejala que haga la prueba -dijo Traveler. Si el paquete se escracha en la calle, ojalá le pegue en el melón a la de Gutusso, lechuzón repelente.
– Ah, a vos tampoco te gusta -dijo Oliveira-. Me alegro porque no la puedo tragar. ¿Y vos, Talita?
– Yo preferiría tirarte el paquete -dijo Talita. -Ahora, ahora, pero me parece que te estás apurando mucho.
– Oliveira tiene razón -dijo Traveler-. A ver si la arruinás justamente al final, después de todo el trabajo.
– Pero es que tengo calor -dijo Talita -. Yo quiero volver a casa, Manú.
– No estás tan lejos para quejarte así. Cualquiera creería que me estás escribiendo desde Matto Grosso.
– Lo dice por la yerba -informó Oliveira a Gekrepten, que miraba el ropero.
– ¿Van a seguir jugando mucho tiempo? -preguntó Gekrepten.
– Nones -dijo Oliveira.
– Ah -dijo Gekrepten-. Menos mal.
Talita había sacado el paquete del bolsillo de la salida de baño y lo balanceaba de atrás adelante. El puente empezó a vibrar, y Traveler y Oliveira lo sujetaron con todas sus fuerzas. Cansada de balancear el paquete, Talita empezó a revolear el brazo, sujetándose con la otra mano.
– No hagás tonterías -dijo Oliveira-. Más despacio. ¿Me oís? ¡Más despacio!
– ¡Ahí va! -gritó Talita.
– ¡Más despacio, te vas a caer a la calle!
– ¡No me importa! -gritó Talita, soltando el paquete que entró a toda velocidad en la pieza y se hizo pedazos contra el ropero.
– Espléndido -dijo Traveler, que miraba a Talita como si quisiera sostenerla en el puente con la sola fuerza de la mirada-. Perfecto, querida. Más claro, imposible. Eso sí que fue demostrandum.
El puente se aquietaba poco a poco. Talita se sujetó con las dos manos y agachó la cabeza. Oliveira no veía más que el sombrero, y el pelo de Talita derramado sobre los hombros. Levantó los ojos y miro a Traveler.
– Si te parece -dijo-. Yo también creo que más claro, imposible.
«Por fin», pensó Talita, mirando los adoquines, las veredas. «Cualquier cosa es mejor que estar así, entre las dos ventanas.»
– Podés hacer dos cosas -dijo Traveler-. Seguir adelante, que es más fácil, y entrar por lo de Oliveira, o retroceder, que es más difícil, y ahorrarte las escaleras y el cruce de la calle.
– Que venga aquí, pobre -dijo Gekrepten-. Tiene la cara toda empapada de transpiración.
– Los niños y los locos -dijo Oliveira.
– Dejame descansar un momento -dijo Talita-. Me parece que estoy un poco mareada.
Oliveira se echó de bruces en la ventana, y le tendió el brazo. Talita no tenía más que avanzar medio metro para tocar su mano.
– Es un perfecto caballero -dijo Traveler-. Se ve que ha leído el consejero social del profesor Maidana. Lo que se llama un conde. No te pierdas eso, Talita.
– Es la congelación -dijo Oliveira-. Descansá un poco, Talita, y franqueá el trecho remanente. No le hagas caso, ya se sabe que la nieve hace delirar antes del sueño inapelable.
Pero Talita se había enderezado lentamente, y apoyándose en las dos manos trasladó su trasero veinte centímetros más atrás. Otro apoyo, y otros veinte centímetros. Oliveira, siempre con la mano tendida, parecía el pasajero de un barco que empieza a alejarse lentamente del muelle. Traveler estiró los brazos y calzó las manos en las axilas de Talita. Ella se quedó inmóvil, y después echó la cabeza hacia atrás con un movimiento tan brusco que el sombrero cayó planeando hasta la vereda.
– Como en las corridas de toros -dijo Oliveira-. La de Gutusso se lo va a querer portar vía.
Talita había cerrado los ojos y se dejaba sostener, arrancar del tablón, meter a empujones por la ventana. Sintió la boca de Traveler pegada en su nuca, la respiración caliente y rápida.
– Volviste -murmuró Traveler-. Volviste, volviste.
– Sí -dijo Talita, acercándose a la cama-. ¿Cómo no iba a volver? Le tiré el maldito paquete y volví, le tiré el Paquete y volví, le…
Traveler se sentó al borde de la cama. Pensaba en el arcoiris entre los dedos esas cosas que se le ocurrían a Oliveira. Talita resbaló a su lado y empezó a llorar en silencio. «Son los nervios», pensó Traveler. «Lo ha pasado muy mal.» Iría a buscarle un gran vaso de agua con jugo de limón, le daría una aspirina, le pantallaría la cara con una revista, la obligaría a dormir un rato. Pero antes había que sacar la enciclopedia autodidáctica, arreglar la cómoda y meter dentro el tablón. «Esta pieza está tan desordenada», pensó, besando a Talita. Apenas dejara de llorar le pediría que lo ayudara a acomodar el cuarto. Empezó a acariciarla, a decirle cosas.
– En fin, en fin -dijo Oliveira.
Se apartó de la ventana y se sentó al borde de la cama, aprovechando el espacio que le dejaba libre el ropero. Gekrepten había terminado de juntar la yerba con una cuchara.
– Estaba llena de clavos -dijo Gekrepten-. Qué cosa tan rara.
– Rarísima -dijo Oliveira.
– Me parece que voy a bajar a buscar el sombrero de Talita. Vos sabés lo que son los chicos.
– Sana idea -dijo Oliveira, alzando un clavo y dándole vueltas entre los dedos.
Gekrepten bajó a la calle. Los chicos habían recogido el sombrero y discutían con la chica de los mandados y la señora de Gutusso.
– Demelón a mí -dijo Gekrepten, con una sonrisa estirada-. Es de la señora de enfrente, conocida mía.
– Conocida de todos, hijita -dijo la señora de Gutusso-. Vaya espectáculo a estas horas, y con los niños mirando.
– No tenía nada de malo -dijo Gekrepten, sin mucha convicción.
– Con las piernas al aire en ese tablón, mire qué ejemplo para las criaturas. Usted no se habrá dado cuenta, pero desde aquí se le veía propiamente todo, le juro.
– Tenía muchísimos pelos -dijo el más chiquito.
– Ahí tiene -dijo la señora de Gutusso-. Las criaturas dicen lo que ven, pobres inocentes. ¿Y qué tenía que hacer ésa a caballo en una madera, dígame un poco? A esta hora cuando las personas decentes duermen la siesta o se ocupan de sus quehaceres. ¿Usted se montaría en una madera, señora, si no es mucho preguntar?
– Yo no -dijo Gekrepten-. Pero Talita trabaja en un circo, son todos artistas.
– ¿Hacen pruebas? -preguntó uno de los chicos-. ¿Adentro de cuál circo trabaja la cosa esa?
– No era una prueba -dijo Gekrepten-. Lo que pasa es que querían darle un poco de yerba a mi marido, y entonces…
La señora de Gutusso miraba a la chica de los mandados. La chica de los mandados se puso un dedo en la sien y lo hizo girar. Gekrepten agarró el sombrero con las dos manos y entro en el zaguán. Los chicos se pusieron en fila y empezaron a cantar, con música de «Caballería ligera»:
Lo corrieron de atrás, lo corrieron de atrás,
le metieron un palo en el cúúúlo.
¡Pobre señor! ¡Pobre señor!
No se lo pudo sacar. (Bis.)
42
Il mio supplizio
è quando
non mi credo
in armonia.
Ungaretti, I Fuimi.
El trabajo consiste en impedir que los chicos se cuelen por debajo de la carpa, dar una mano si pasa algo con los animales, ayudar al proyeccionista, redactar avisos y carteles llamativos, ocuparse de la condigna impresión, entenderse con la policía, señalar al Director toda anomalía digna de mención, ayudar al señor Manuel Traveler en la parte administrativa, ayudar á la señora Atalía Donosi de Traveler en la taquilla (llegado el caso), etc.
¡Oh corazón mío, no te levantes para testimoniar en contra de mí!
(Libro de los Muertos, o inscripción en un escarabajo.)