– ¿Cómo que tienen que firmar el okey?
– Callate, querida -dijo el Dire-. El señor quiere significar…
– Está bien claro -dijo Talita que siempre se había entendido bien con la Cuca y la quería ayudar. El traspaso exige el consentimiento de los enfermos.
– Pero es una locura -dijo la Cuca muy ad hoc.
– Mire, señora -dijo el administrador tirándose del chaleco con la mano libre-. Aquí los enfermos son muy especiales, y la ley Méndez Delfino es de lo más clara al respecto. Salvo ocho o diez culias familias ya han dado el okey, los otros se han pasado la vida de loquero en loquero, si me permite el término, y nadie responde por ellos. En ese caso de ley faculta al administrador para que, en los períodos lúcidos de estos sujetos, los consulte sobre si están de acuerdo en que la clínica pase a un nuevo propietario. Aquí tiene los artículos marcados -agregó mostrándole un libro encuadernado en rojo de donde salían unas tiras de la Razón Quinta -. Los lee y se acabó.
– Si he entendido bien -dijo Ferraguto-, ese trámite debería hacerse de inmediato.
– ¿Y para qué se cree que los he convocado? Usted como propietario y estos señores como testigos: vamos llamando a los enfermos, y todo se resuelve esta misma tarde.
– La cuestión -dijo Traveler-, es que los puntos estén en eso que usted llamó período lúcido.
El administrador lo miró con lástima, y tocó un timbre. Entró Remorino de blusa, le guiñó el ojo a Oliveira y puso un enorme registro sobre una mesita. Instaló una silla delante de la mesita, y se cruzó de brazos como un verdugo persa. Ferraguto, que se había apresurado a examinar el registro con aire de entendido, preguntó si el okey quedaría registrado al pie del acta, y el administrador dijo que sí, para lo cual se llamaría a los enfermos por orden alfabético y se les pediría que estamparan la millonaria mediante una rotunda Birome azul. A pesar de tan eficientes preparativos, Traveler se emperró en insinuar que tal vez alguno de los enfermos se negara a firmar o cometiera algún acto extemporáneo. Aunque sin atreverse a apoyarlo abiertamente, la Cuca y Ferraguto estaban-pendientes-de-sus-palabras.
51
Ahí nomás se apareció Remorino con un anciano que parecía bastante asustado, y que al reconocer al administrador lo saludó con una especie de reverencia.
– ¡En piyama! -dijo la Cuca estupefacta.
– Ya los viste al entrar -dijo Ferraguto.
– No estaban en piyama. Era más bien una especie de…
– Silencio -dijo el administrador-. Acérquese, Antúnez, y eche una firma ahí donde le indica Remorino.
El viejo examinó atentamente el registro, mientras Remorino le alcanzaba la Birome. Ferraguto sacó el pañuelo y se secó la frente con leves golpecitos.
– Esta es la página ocho -dijo Antúnez-, y a mí me parece que tengo que firmar en la página uno.
– Aquí -dijo Remorino, mostrándole un lugar del registro-. Vamos, que se le va a enfriar el café con leche. Antúnez firmó floridamente, saludó a todos y se fue con unos pasitos rosa que encantaron a Talita. El segundo piyama era mucho más gordo, y después de circunnavegar la mesita fue a darle la mano al administrador, que la estrechó sin ganas y señaló el registro con un gesto seco.
– Usted ya está enterado, de modo que firme y vuélvase a su pieza.
– Mi pieza está sin barrer -dijo el piyama gordo.
La Cuca anotó mentalmente la falta de higiene. Remorino trataba de poner la Birome en la mano del piyama gordo, que retrocedía lentamente.
– Se la van a limpiar en seguida -dijo Remorino- Firme, don Nicanor.
– Nunca -dijo el piyama gordo-. Es una trampa.
– Qué trampa ni qué macana -dijo el administrador-. Ya el doctor Ovejero les explicó de qué se trataba. Ustedes firman, y desde mañana doble ración de arroz con leche.
– Yo no firmo si don Antúnez no está de acuerdo -dijo el piyama gordo.
– Justamente acaba de firmar antes que usted. Mire.
– No se entiende la firma. Esta no es la firma de don Antúnez. Ustedes le sacaron la firma con picana eléctrica. Mataron a don Antúnez.
– Andá traelo de vuelta -mandó el administrador a Remorino, que salió volando y volvió con Antúnez. El piyama gordo soltó una exclamación de alegría y fue a darle la mano.
– Dígale que está de acuerdo, y que firme sin miedo dijo el administrador-. Vamos, que se hace tarde.
– Firmá sin miedo, m’hijo -le dijo Antúnez al piyama gordo-. Total lo mismo te la van a dar por la cabeza.
El piyama gordo soltó la Birome -. Remorino la recogió rezongando, y el administrador se levantó como una fiera. Refugiado detrás de Antúnez, el piyama gordo temblaba y se retorcía las mangas. Golpearon secamente a la puerta, y antes de que Remorino pudiera abrirla entró sin rodeos una señora de kimono rosa, que se fue derecho al registro y lo miró por todos lados como si fuera un lechón adobado. Enderezándose satisfecha, puso la mano abierta sobre el registro.
– Juro -dijo la señora-, decir toda la verdad. Usted no me dejará mentir, don Nicanor.
El piyama gordo se agitó afirmativamente, y de pronto aceptó la Birome que le tendía Remorino y firmó en cualquier parte, sin dar tiempo a nada.
– Qué animal -le oyeron murmurar al administrador-. Fijate si cayó en buen sitio, Remorino. Menos mal. Y ahora usted, señora Schwitt, ya que está aquí. Marcale el sitio, Remorino.
– Si no mejoran al ambiente social no firmo nada -dijo la señora Schwitt-. Hay que abrir puertas y ventanas al espíritu.
– Yo quiero dos ventanas en mi cuarto -dijo el piyama gordo-. Y don Antúnez quiere ir a la Franco-Inglesa a comprar algodón y qué sé yo cuántas cosas. Este sitio es tan oscuro.
Girando apenas la cabeza, Oliveira vio que Talita lo estaba mirando y le sonrió. Los dos sabían que el otro estaba pensando que todo era una comedia idiota, que el piyama gordo y los demás estaban tan locos como ellos. Malos actores, ni siquiera se esforzaban por parecer alienados decentes delante de ellos que se tenían bien leído su manual de psiquiatría al alcance de todos. Por ejemplo ahí, perfectamente dueña de sí misma, apretando la cartera con las dos manos y muy sentada en su sillón, la Cuca parecía bastante más loca que los tres firmantes, que ahora se habían puesto a reclamar algo así como la muerte de un perro sobre el que la señora Schwitt se extendía con lujo de ademanes. Nada era demasiado imprevisible, la causalidad más pedestre seguía rigiendo esas relaciones volubles y locuaces en que los bramidos del administrador servían de bajo continuo a los dibujos repetidos de las quejas y las reivindicaciones y la Franco-Inglesa. Así vieron sucesivamente cómo Remorino se llevaba a Antúnez y al piyama gordo, cómo la señora Schwitt firmaba desdeñosamente el registro, cómo entraba un gigante esquelético, una especie de desvaída llamarada de franela rosa, y detrás un jovencito de pelo completamente blanco y ojos verdes de una hermosura maligna. Estos últimos firmaron sin mayor resistencia, pero en cambio se pusieron de acuerdo en querer quedarse hasta el final del acto. Para evitar más líos, el administrador los mandó a un rincón y Remorino fue a traer a otros dos enfermos, una muchacha de abultadas caderas y un hombre achinado que no levantaba la mirada del suelo. Sorpresivamente se oyó hablar otra vez de la muerte de un perro. Cuando los enfermos firmaron, la muchacha saludó con un ademán de bailarina. La Cuca Ferraguto le contestó con una amable inclinación de cabeza, cosa que a Talita y a Traveler les produjo un monstruoso ataque de risa. En el registro ya había diez firmas y Remorino seguía trayendo gente, había saludos y una que otra controversia que se interrumpía o cambiaba de protagonistas; cada tanto, una firma. Ya eran las siete y media, y la Cuca sacaba una polverita y se arreglaba la cara con un gesto de directora de clínica, algo entre Madame Curie y Edwige Feuillère. Nuevos retorcimientos de Talita y Traveler, nueva inquietud de Ferraguto que consultaba alternativamente los progresos en el registro y la cara del administrador. A las siete y cuarenta una enferma declaró que no firmaría hasta que mataran al perro. Remorino se lo prometió, guiñando un ojo en dirección de Oliveira que apreciaba la confianza. Habían pasado veinte enfermos, y faltaban solamente cuarenta y cinco. El administrador se les acercó para informarles que los casos más peliagudos ya estaban estampados (así dijo) y que lo mejor era pasar a cuarto intermedio con cerveza y noticiosos. Durante el piscolabis hablaron de psiquiatría y de política. La revolución había sido sofocada por las fuerzas del Gobierno, los cabecillas se rendían en Luján. El doctor Nerio Rojas estaba en un congreso de Amsterdam. La cerveza, riquísima.