—¿Cuándo dejaremos de ser una panda de diletantes y empezaremos a ser implacables? —insistió Sylvia—. Recuerdo cuando esta organización habría demandado a la asamblea legislativa de Tejas por censura de hecho.
—¿Quieres presentar una moción?
—No, quiero que adquiramos carácter.
—¿Algún asunto nuevo?
—Carácter, gente. ¡Carácter!
—¿Algún asunto nuevo? —repitió Oliver.
Silencio, incluso por parte de Sylvia. La vieja bruja de la razón se arrellanó en su silla. El fuego crepitó alegremente en el hogar. Por toda la ciudad, la noche calurosa de julio hervía a fuego lento, pero dentro de la Sala Montesquieu una utilización ingeniosa del aislamiento y de los aparatos de aire acondicionado simulaba perfectamente una noche helada de febrero. Era idea de Oliver. Él había cubierto los gastos. ¿Una extravagancia? Sí, pero ¿para qué ser rico si uno no satisfacía una o dos debilidades personales de vez en cuando?
—Yo tengo un asunto nuevo —dijo Oliver, metiendo la mano en su chaleco de seda y sacando el comunicado perturbador—. Este fax es de Cassie Fowler, que actualmente está a bordo del superpetrolero Carpco Valparaíso en algún lugar cerca de la costa de Liberia. Veréis el logo de Carpco —Oliver señaló el famoso estegosaurio—, justo aquí en el membrete. Así que está claro que el telegrama que su madre recibió la semana pasada era auténtico y que Cassandra está muy viva. Ésa es la buena noticia.
—¿Y la mala? —preguntó Pamela Harcourt, una mujer bonita y de ojos como piedras preciosas que era el norte de la revista batalladora y nada rentable de la Liga, El investigador escéptico (tirada: 1.042).
—La mala se divide en dos posibilidades. —Oliver levantó el dedo índice—. O Cassandra está sufriendo una crisis psicótica —añadió el dedo del corazón al ejemplo—, o el Valparaíso está remolcando el cadáver de Dios.
—¿Remolcando qué? —Taylor Scott, un joven delicado cuyo afecto por la Ilustración se extendía a llevar sobretodos y volantes, abrió su pitillera de plata.
—El cadáver de Dios. Obviamente es bastante grande.
Taylor sacó un cigarrillo turco y se lo metió entre los labios.
—No lo entiendo.
—Tres kilómetros de largo, dice aquí. Humanoide, desnudo, caucásico, macho y muerto.
—¿Eh?
—Corpus Dei. ¿Cómo puedo decirlo más claro?
—Tonterías —dijo Taylor.
—Sandeces —dijo Barclay.
—Cassandra supuso que ésa sería nuestra reacción —dijo Oliver.
—Eso espero —dijo Pamela—. Oliver, querido, ¿de qué va todo esto?
—No sé de qué va —con la copa de coñac en la mano, Oliver se puso en pie y, saliendo del círculo de los racionalistas, caminó por el perímetro lentamente. En circunstancias normales, el salón occidental de la Sala Montesquieu era el sitio que más le gustaba del mundo, una conjunción relajante de ventanas con parteluces, paredes forradas de tela, grabados florales redouté franceses del siglo dieciocho y sus propios cuadros al óleo de famosos librepensadores adoptando poses características: Thomas Paine lanzando un ejemplar de La edad de la razón por la ventana de una catedral, el barón d’Holbach ofreciéndole una pedorreta al Papa León XII, Bertrand Russell y David Hume jugando al ajedrez con figuras de pesebre. (Dos semanas antes Oliver había añadido un autorretrato a la galería, un gesto que podría haber parecido presuntuoso si el cuadro no hubiese incluido una representación despiadadamente fiel de su barbilla vacilante y de su nariz mal proporcionada.) Sin embargo, esa noche el salón no le reconfortaba. Parecía lúgubre y húmedo, sitiado por ejércitos ignorantes.
—El petrolero tiene una especie de misión funeraria —continuó Oliver—. Hay una tumba en el Ártico. Se han visto ángeles. Mirad, reconozco que todo esto parece una locura absoluta, pero Cassandra nos invita a que inspeccionemos la prueba.
—¿La prueba? —preguntó Pamela—. ¿Cómo puede haber una prueba?
—Sugiere que volemos a Senegal, fletemos un helicóptero y reconozcamos el cargamento del Valparaíso.
—¿Por qué, di, por qué nos haces perder el tiempo así? —Winston Hawke, un hombrecito nervioso e intenso para quien la caída del comunismo soviético simplemente anunciaba la Verdadera Revolución que les esperaba, se puso en pie de un salto—. ¡Los baptistas lo están dominando todo —gritó el marxista—, los palurdos ya están en camino, los patanes han llegado a las puertas y tú nos estás soltando un rollo sobre un superpetrolero!
—Dejad que haga una moción —anunció Oliver—. Propongo que enviemos un destacamento a Dakar antes del atardecer de mañana.
—No puedo creerme que hables en serio —soltó el sabiondo Rainsford Fitch, un programador que pasaba las noches encorvado sobre su Macintosh SE-30, calculando complicadas refutaciones matemáticas de la existencia de Dios.
—Yo tampoco —dijo Oliver—. ¿Alguien quiere apoyar la moción?
La tesorera de la Liga, la matronil Meredith Lodge, una funcionaria de Hacienda cuya ambición de toda la vida era entregarle un cargo de impuestos a la iglesia mormona, abrió el libro de contabilidad.
—¿Es ésta la clase de empresa en la que deberíamos gastarnos el dinero?
—Yo lo pagaré todo —Oliver se pulió el coñac—. Los billetes de avión, el alquiler del helicóptero…
—¿Y puede saberse —dijo Barclay, sin hacer ningún esfuerzo para contener una sonrisita de suficiencia—, si el difunto Jehová les legó algo a sus criaturas?
—He preguntado si alguien quiere apoyar la moción.
—Ah, pero claro que sí —insistió Barclay—. ¡Todos hemos oído hablar de la voluntad de Dios! —se oyó una cascada de risas de apreciación por el salón—. Espero que me dejara algo bonito. El río Colorado, tal vez, o quizá un planeta pequeño en Andrómeda, o si no…
—Apoyo la moción —interrumpió Pamela, esbozando una sonrisa enérgica—. Y mientras estoy en ello, dejad que me presente voluntaria para dirigir el destacamento. A ver, ¿qué pasa, amigos? ¿De qué tenemos miedo? Todos sabemos que el Valparaíso no está remolcando a Dios.
«Menos mal que hay vehículos todoterreno», pensó Thomas Ockham mientras, poniendo el Jeep Wrangler en primera, lo conducía por la cuesta arrugada y esponjosa de la frente. Un coche normal y corriente —su Honda Civic, por ejemplo— ya habría sido derrotado, tras quedarse colgado en un grano o atascado en un poro. Todo aquello parecía un anuncio que se podía ver estampado fuera de una iglesia evangélica decadente de Memphis. EL SERMÓN DE HOY: SE NECESITA UN COCHE CON TRACCIÓN A CUATRO RUEDAS PARA CONOCER DE VERDAD AL SEÑOR.
Al levantar la mano de la palanca de cambios, rozó sin querer el muslo izquierdo de la hermana Miriam.
Al principio, ella no había querido acompañarle.
—No estoy preparada para conocerle de esa manera —había dicho, pero entonces Thomas había señalado que, si habían de sobreponerse al dolor, primero tendrían que enfrentarse al cadáver directamente, granos, poros, lunares, verrugas y todo—. La lógica del ataúd abierto —como había dicho él.
Luchando contra un viento de cara, el cadáver navegaba bajo esa mañana, tan bajo que los informes de radio de banda ciudadana que llegaban de los centinelas del torso hablaban de olas que rompían contra los pezones y de una charca formada por la marea que se arremolinaba en el ombligo. Es decir, que el Wrangler no haría el viaje entero aquel día: bajar por la mandíbula, subir por la nuez, cruzar el pecho y la barriga. Menos mal. Cuarenta horas antes Thomas había viajado a lo largo de todo el cuerpo, haciendo una pausa breve encima del abdomen para contemplar el gran cilindro venoso que flotaba entre las piernas (una vista realmente desconcertante, la bolsa escrotal se ondulaba como la cámara de gas de un zepelín inimaginable), y se resistía a repetir la experiencia con Miriam. No era sólo porque los tiburones habían causado una destrucción tan terrible, al arrancar el prepucio como una banda de mohels[4] sádicos. Incluso si hubiera estado en buenas condiciones, el pene de Dios seguiría figurando entre aquellas vistas que un sacerdote y una monja no podían compartir cómodamente.
4
Moheclass="underline" persona cualificada según la ley religiosa judía para realizar circuncisiones.