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– Quiero saber cuál es la situación en Amanecer.

– Sólo conozco lo que Koos Ich contó a sus guerreros y luego éstos me contaron a mí. Deberías preguntarle a él…

– Hija -la interrumpió Na Itzá-, dentro de un momento me reuniré con Koos Ich y su co-nacom para analizar la situación con Amanecer. Probablemente en esa reunión se va a decidir si debemos ir o no a la guerra, y si debo entregarles el gobierno de Uucil Abnal. Quiero acudir a ella sabiendo lo que Koos Ich va a plantear.

Sac Nicte asintió. Se podría pensar que su lealtad estaba dividida entre su padre y su esposo, pero no era así. Mientras Koos Ich fuera nacom ella no tenía esposo; así era la ley. Un nacom vivía en su propio mundo, sin otro horizonte que preparar y vencer en la guerra, y en ese mundo no había lugar para las mujeres. Pero su propia opinión estaba en completo desacuerdo con la de su padre, y se avergonzaba de que en un momento como éste Na Itzá no tuviera otra preocupación que la de perder su jefatura de la ciudad.

– Koos Ich vio a los nahual en Amanecer -dijo.

Na Itzá sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Mantuvo su aspecto impasible de siempre, pero Sac Nicte advirtió cómo le temblaban las manos.

– Los nahual -musitó-. Entonces ya es un hecho; planean atacarnos aliados con nuestros vecinos.

– Despierta, padre -dijo Sac Nicte-, ya están por todas partes. Comerciantes de Xicallanco y Potonchan viajan con frecuencia por nuestras costas y cuentan con almacenes en la isla de Cozumel. Los nahual-oztomecas [23] hacen algo más que vender cigarros, pues son los ojos y los oídos de la lejana Tenochtitlán. Gracias a ellos, los mexica conocen nuestros movimientos, el tamaño de nuestros ejércitos y nuestra disposición para la batalla. Ya no tenemos secretos para ellos.

– «Y lo que una vez fue, volverá a ser» -musitó Na Itzá.

Ya había sucedido en el remoto pasado. Los invasores llegaron de la remota ciudad de Tula y arrasaron las ciudades y los campos de la Península, de norte a sur, hasta que se encontraron con el mar que ponía fin a las tierras que conquistar.

– La misma criatura que lanzó a los ejércitos toltecas contra nuestros antepasados -dijo Sac Nicte- está ahora al frente de los mexica. Es su sacerdote supremo y no se detendrá ante nada.

– ¿Quién puede saber eso? -preguntó el Ahau Canek a su hija.

La mujer señaló discretamente a Lisán y dijo:

– El Uija-tao piensa que él nos dará hoy algunas respuestas.

– ¿Sacrificio? -El Ahau Canek se sorprendió-. ¿Cuándo debes llevarlo ante él?

– Inmediatamente. Hemos llegado en la fecha prevista y la disposición de los cielos es la adecuada. En el embarcadero advertí a uno de los sacerdotes para que el lugar del sacrificio fuera preparado. El Uija-tao ya debe de estar esperándonos allí.

Na Itzá asintió pensativo.

– Debemos aceptar los deseos del Adivino entonces -dijo-. Pero yo no renuncio a los míos… Quizás aún no sea tarde para…

– ¿Para qué, padre? -dijo Sac Nicte-, lo que pretendes ya no tiene ningún sentido. Intentas negociar con los mexica y no comprendes que ellos sólo nos ven como piezas de carne y corazones que ofrecer a sus dioses.

– Ésta es la última ciudad de los itzá -dijo él-, la ciudad de los sueños y las profecías, y yo lucharé para defenderla de los nahual cuando ellos lleguen hasta nuestras tierras. Si toda negociación fracasa, lucharé hasta la muerte junto a mi pueblo, porque ésa es una guerra que no podemos vencer. Pero antes debemos agotar todas las oportunidades de entendimiento. Hija mía, recuerda que la violencia es una señal más de debilidad y que para luchar contra ella no hay mejor arma que las palabras.

Sac Nicte le dirigió una larga mirada llena de tristeza. Hubiera deseado tener la fuerza necesaria para hablarle y convencerlo, para hacerle ver la verdad de las cosas, pero dijo:

– Que sea entonces la voluntad de los dioses.

10

La mayoría de las gentes de Uucil Abnal habitaban unas chozas que se levantaban a la sombra de los árboles que cubrían la ciudad como una cúpula. Algunas estaban emplazadas en torno a una gran explanada libre de vegetación, pero muchas otras se dispersaban sin orden alguno por el interior de la jungla, adaptándose a las irregularidades del terreno, de modo que resultaba imposible calcular su número.

Lisán fue conducido por Sac Nicte hasta una de las situadas en el claro. Era acogedora y sus paredes estaban hechas de ramas recubiertas con estuco blanco.

– Ésta será tu vivienda -le dijo la sacerdotisa-, pero ahora debes acompañarme, pues el Uija-tao desea verte.

– ¿Quién es el Uija-tao?

– El «Gran Vidente» -le aclaró Sac Nicte, como si esto significara algo para él.

– Ma'. Estoy agotado y después de esos días interminables sobre la canoa siento que el suelo firme sigue danzando bajo mis pies.

Se dejó caer sobre una especie de litera baja, hecha con palos entrecruzados y esteras de algodón decoradas con complejos dibujos geométricos.

– Debemos ir ahora, Lisán al-Aysar.

– ¿Es necesario?

– Beey. El Uija-tao lleva mucho tiempo esperándote. Después podrás descansar.

Lisán se incorporó un poco, pero no se levantó.

– Quiero que me expliques lo que ha sucedido hace un momento. Noté… noté cierto nerviosismo en vuestra conversación, pero ese hombre, el Ahau Canek… ¿Es tu padre?

– Beey.

– Bueno, pues él empezó a hablar en una lengua desconocida para mí, y me pregunto por qué.

– Hablamos de asuntos que no entenderías, Lisán al-Aysar.

– Intenta explicármelo, por favor.

– Nuestra situación es muy compleja, pues en esta tierra coexisten diecisiete reinos independientes, enzarzados en guerras constantes y en turbias alianzas. Mi padre ha conseguido crear una confederación con los tutul xiu y otros pueblos, que puede llegar a dominar todo este lado de la costa. Y esto no es algo que agrade a nuestros vecinos cocom.

– ¿Cocom? ¿Es el pueblo que habita Amanecer?

– Beey. Amanecer pertenece al reino de Ecab, dominado por los cocom, pero la mayor parte de sus territorios están situados tierra adentro, en el interior de la selva. Se sienten amenazados por nuestra supremacía, pues si nos apoderáramos de esa ciudad controlaríamos el acceso al mar de toda la región, y el paso de los mercaderes que fondean en nuestras costas. Hace tiempo que nuestros espías nos advierten que están reuniendo un gran ejército y que no tardarán en enviarnos a sus embajadores para preparar la guerra. Pero la presencia de los nahual en su ciudad lo precipita todo.

– ¿Por qué?

Sac Nicte suspiró.

– Porque significa que los mexica y sus dioses están aliados con los cocom. Mi padre siempre ha intentado llegar a un compromiso con los mexica. -La mujer sonrió con amargura mientras decía esto-. Pero lo cierto es que nunca lo logró, y ahora vamos a tener que luchar.

– ¿Los nahual forman parte de vuestra categoría de dioses?

– Ma' -exclamó Sac Nicte-, son hombres transformados por el poder de Tezcatlipoca. Ahora forman parte del ejército de nuestros enemigos.

– ¿Os habéis enfrentado alguna vez a ellos?

– Lisán al-Aysar, debes acompañarme -suplicó la mujer con impaciencia-. El Uija-tao es un hombre muy poderoso y se sentirá insultado si lo hacemos esperar. Más tarde tendremos ocasión de seguir hablando, y yo volveré a responder a tus preguntas, pero ahora acompáñame, por favor.

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[23] Mercaderes con máscara apacible.