Aquel extraordinario paisaje le provocó una intensa melancolía que oprimió su pecho por un momento. No podía comprender el origen de este sentimiento tan fuerte, pero era una sensación de pérdida absoluta, en el tiempo y en la memoria. Dio un paso más hacia el interior del cenote y las espinas de luz cambiaron de forma. Algunas desaparecieron, otras se hicieron mayores y desarrollaron estrechos puentes que las unían con las más cercanas. Otras nuevas surgieron lentamente desde el lecho marino.
Siguió avanzando y aquellos pináculos se derrumbaron súbitamente, hasta que no quedó en pie ni uno de ellos. De repente se vio rodeado por una selva de árboles tan gruesos como torres alminares, cuyas raíces se hundían en las aguas que ya le llegaban por la cintura.
Una criatura gigantesca empezó a cobrar forma frente a él. A falta de otro referente, Lisán la tomó por un dragón. Atónito, miró hacia arriba; la cabeza del monstruo se cernía a una gran altura sobre él. Era relativamente pequeña y continuaba con un cuello largo y flexible como una serpiente. El cuerpo de la criatura era mayor que el de un elefante y estaba hundido hasta la mitad en el agua. Creyó que había otra criatura tras él, una serpiente gigante que estaba a punto de atacar al monstruo por su retaguardia. Pero se trataba de la cola del animal, que era tan larga como su cuello y se agitaba lentamente rompiendo la superficie.
El andalusí miró a su alrededor sin saber qué hacer. Dar media vuelta y regresar a toda velocidad hacia la orilla parecía lo más sensato. Pero aquel monstruo apenas tenía que estirar hacia él su larguísimo cuello para atraparlo entre sus dientes sin ninguna dificultad.
– No es real -musitó-. Nada de esto puede ser real. Debo de estar soñando.
Intentó dar un tímido paso hacia atrás, con la esperanza de que aquel ser estremecedor desapareciera, pero descubrió que ya no hacía pie en el fondo del cenote, playa, pantano, o lo que fuera. Un abismo líquido se había abierto bajo él y empezaba a hundirse hacia sus profundidades. El agua helada, transparente como el cristal más perfecto, lo envolvió.
Contuvo la respiración. Mientras su cuerpo caía hacia la negrura, sintió que un intenso helor penetraba en sus huesos…
De repente, se vio rodeado por montañas de hielo que giraban lentamente sobre sí mismas. El agua había desaparecido, aunque no así el frío y la oscuridad. De alguna forma que no podía comprender, supo que estaba rodeado por el vacío más absoluto. Supo que estaba en el al-falak al atlas: «el Cielo sin estrellas». Ésta era la región que marcaba el fin del espacio, mucho más allá de las esferas de los planetas. Sin saber cómo, había viajado hasta «el Cielo que escapa a la visión común», el 'âlam al-ghaïb, donde se difuminaba la Realidad. Su cuerpo, o quizá su alma, se hallaba perdido en algún lugar entre «la Esfera del Pedestal Divino» y «el Cielo de las Estrellas Fijas». [25]
En aquel remoto confín del universo, flotaban millares de moles blancas semejantes a montañas de hielo, esparciéndose hasta perderse en la distancia, como pálidos copos de nieve, separadas unas de otras por distancias inconcebibles, trazando una silenciosa danza en medio de la nada. Y estaban vivas. Cubiertas de aquellas motas rojas, pulsantes y luminosas, las mismas partículas que había empezado a ver por todas partes después de ingerir el hongo. Trazaban circuitos de sangre sobre el hielo blanco hasta formar una compleja filigrana roja, como las venas de un gigante.
Algo estaba desarrollándose en la montaña de hielo más cercana a él. Por toda su pálida superficie, los flujos de partículas rojas empezaban a concentrarse en diversos puntos, creando pequeños y vibrantes conos luminosos, como aquellos que había visto en medio del mar negro. Crecían lentamente. Agujas de fuego que atravesaban la corteza de hielo. Sobre su superficie cambiante se formaron racimos de esferas lechosas, cada una con un diminuto punto negro que giraba enloquecido en su interior.
Lisán se estremeció de terror al comprender que eran ojos. ¡Ojos! Lo supo con toda seguridad. Ojos extraños que espiaban su entorno con una malévola curiosidad. Y él estaba solo, en medio de aquellas criaturas inconcebibles, rodeado por un mudo abismo negro. Hacían girar los racimos de esferas de un lado a otro y escrutaban ansiosas el vacío… De repente, todos aquellos ojos inhumanos se volvieron a la vez hacia él. Sintió su fría mirada y la insolente curiosidad de sus mentes extrañas. Intentó huir, apartarse de aquellas criaturas, pero no tenía forma de moverse. Sólo pudo agitar los brazos y volver su rostro con espanto. Aquella estremecedora sensación apenas duró un instante, porque de inmediato los seres se derritieron, disgregándose sobre la superficie helada en millones de partículas de luz.
La montaña de hielo empezó a moverse entonces. Poco a poco fue apartándose de sus compañeras.
Los cuerpos celestes son eternos e incorruptibles, recordó Lisán. Estaban dotados de un movimiento perpetuo, circular y perfecto, que era comunicado por el Primer Motor a la totalidad de la esfera que lo contenía. Por lo tanto, un cambio de movimiento como el que ahora estaba presenciando era imposible. Aquella esfera de hielo no podía ser otra cosa que un astro innoble, capaz de movimientos mixtos y sometido a cambios imperfectos. Se dirigía a toda velocidad hacia una de las estrellas que salpicaban la negrura. Era la más brillante de todas, y fue creciendo ante sus ojos hasta transformarse en el deslumbrante disco del Sol.
Lisán viajaba remolcado por aquella montaña flotante, que tiraba de él como un barco que al hundirse arrastrara a los desdichados que nadaran cerca.
El Sol brillaba cegador en un cielo absolutamente negro, al que era incapaz de iluminar. Su diámetro aumentaba mientras se acercaban a él. La nieve empezó a humear y el vapor que desprendía fue empujado por la luz del Sol, de forma semejante a como el viento arrastra el humo de una hoguera, hasta formar una larga cola de luz que se deshilachaba en la distancia. Eso le recordó una parábola atribuida a 'Alî, el yerno y heredero espiritual del Profeta: Sin la irradiación del Sol que cae sobre ellas, las partículas de polvo suspendidas en el aire no serían visibles y, sin éstas, los propios rayos del Sol no se distinguirían en el aire.
Sin el reflejo de la luz divina, la propia materia carece de entidad…
De repente, Lisán comprendió que aquella esfera blanca era un cometa. Un cometa como el que les había acompañado en su viaje y había desaparecido del cielo hacía más de un año. El andalusí contempló la montaña de hielo, fascinado por la sorprendente perspectiva desde la que ahora veía aquel astro. Era un cometa, ahora estaba seguro de ello. Su cola blanca se estiró hasta una distancia inconcebible mientras seguían acercándose al Sol.
Una tercera figura luminosa apareció contra el fondo de negrura. Una preciosa bola de luz azul. Una esfera perfecta, tal y como habían supuesto los antiguos griegos; la propia Tierra vista desde los cielos.
Aristóteles se había equivocado por completo. Séneca, en cambio, había deducido que la verdadera naturaleza de los cometas era ajena a la atmósfera terrestre. Pero ninguno de ellos pudo imaginar que este fenómeno sería observado algún día como él lo estaba haciendo en esos momentos, para dirimir de una vez por todas aquella vieja controversia.