¿Es posible que el chu'lel sea lo que nosotros conocemos como ruh?, se preguntó el andalusí.
– Pero si eso es algo común para todos los humanos, como dices, ¿por qué ese recuerdo está sólo en nosotros dos?
– No sólo en nosotros, Lisán al-Aysar. Hombres, animales y árboles, todo crece a partir del chu'lel hasta formar una gran pirámide. En su base se encuentran muchas almas con pequeños deseos terrenales: una vida confortable, comida, sueño, sexo. El nivel siguiente contiene las almas de aquellos que dedican la vida a enriquecerse y el siguiente el de los que harían cualquier cosa para alcanzar posiciones de poder… En el vértice de la pirámide hay un pequeño número de almas poseídas por el deseo de aprender y de alcanzar el mundo espiritual. Todos los seres de este mundo están incluidos en la pirámide, pero tan sólo estos últimos son capaces de perdurar y reconocerse a través del espacio y del tiempo. Tú y yo, Lisán al-Aysar, hemos estado juntos en el pasado y lo volveremos a estar más allá de la muerte.
– Los hombres no regresan una y otra vez al mundo para repetir los mismos errores -replicó él-. No puedo creer en algo así. Con la muerte, la ilusión de la vida se diluye en la nada y el arrogante es vencido por la realidad de Allah.
– ¿Estás seguro? Mírame y dime si estás seguro de eso.
No. Ya no lo estaba en absoluto. Desafiando el espacio y el tiempo, incluso la lógica, estaban juntos. Porque era «ella»; ya no albergaba ninguna duda al respecto. Toda su vida había sido una constante búsqueda; del Conocimiento, del Amor, de la Verdad… Y su búsqueda había terminado en aquel Otro Mundo. Su vida entera, cada decisión que había tomado, lo había conducido hasta aquel lugar remoto para encontrarse con aquella mujer. Y todo eso debía de tener un sentido. Sintió un fuerte deseo de abrazarla, de cobijarla entre sus brazos, pero no lo hizo, al recordar cómo ella lo había rechazado aquella noche en la selva.
– Eres la mujer de Koos Ich -comprendió.
Sac Nicte lo miró fijamente.
– Beey -asintió.
– ¿Qué sientes por él?
– Cualquier mujer sería dichosa de tener a un hombre como él. Noté muchas miradas de envidia cuando Na Xtol me tomó como esposa. Yo era muy joven, tenía doce años y hasta unos días antes había llevado la concha atada bajo la cintura…
En Amanecer, Lisán había visto a las niñas con ese adorno. Eran las dos valvas de un molusco, atadas con un cordón rojo que hacía las veces de cinturón. Representaba la virginidad, y lo correcto era llevarla hasta que los padres empezaran a negociar la boda.
– ¿Lo amabas?
– Eso importaba poco, porque entre familias como las nuestras el matrimonio es algo decidido por los sacerdotes casamenteros.
– ¿Los sacerdotes?
– Así es, Lisán al-Aysar. Ellos examinaron nuestros calendarios y los astros del cielo, para verificar que la unión era adecuada y que no había problemas para la procreación de nuestro clan.
– Pero vosotros no habéis tenido hijos.
– Ma'. Como ves, ellos tampoco son infalibles. -Sonrió muy brevemente-. Pero ésa no es la cuestión, porque sé que Koos Ich influyó en los sacerdotes. Gracias a su poder, y a la intervención del propio Uija-tao, se decidió que nuestro destino era contraer matrimonio.
– ¿Por qué?
– Ésa fue su voluntad y así lo hizo.
– ¿Y tú? ¿Qué piensas hacer ahora?
– Es difícil. En circunstancias normales le pediría que dejáramos de estar casados, y él tendría que aceptar esta situación. Pero en estos momentos es un hombre sagrado, un nacom, y la guerra está cerca. No puedo hacer nada hasta que pasen los tres años y vuelva a ser mi esposo. Si lo abandono ahora, perderá su dignidad. ¿Lo entiendes?
– Beey -asintió cansado-. Eso es algo que entiendo perfectamente.
En ese momento sentía su mente vacía, como un odre que perdiera vino.
– Vamos -suspiró Sac Nicte-, te acompañaré hasta el Templo de los Escribas.
Koos Ich y Na Itzá estaban sentados juntos, compartiendo unos tazones de pulque caliente, a la luz de la llama de un brasero, como dos viejos amigos, aunque ni en sus palabras ni en sus expresiones había amistad alguna.
– Siempre te has inmiscuido en mis planes -decía el Ahau Canek-, sin otro derecho que esos sueños que sólo tú y el Uija-tao conocéis. Tomaste a mi hija por esposa sólo para impedir que la alianza con los mexica se cerrara. Siempre has hecho tu voluntad sin importarte el bien de tu pueblo… de mi pueblo, pues soy el único que legítimamente puede conducir a los itzá por el camino de la paz. Tú no conoces otro camino que el de la guerra y nos arrastras ciegamente hacia la destrucción. Tú y ese viejo loco que te protege desde lo alto de su árbol sagrado.
– No lo entiendes, porque no estuviste allí, en Chichén Itzá, el día en que la ciudad cayó.
– Tú tampoco. Esas cosas sucedieron hace incontables katunes [26] Ningún hombre que viviera entonces puede seguir hoy con vida. Es imposible.
Hacía mucho que Na Itzá había dejado de creer en los dioses y en las profecías. En un buen gobierno, en unas lluvias oportunas y una cosecha abundante… en esas cosas creía. Sin embargo, consideraba que la fe en los dioses era útil para su pueblo y jamás había hecho nada para oponerse a ella. Pero ahora esas mismas creencias los arrastraban a todos al desastre si los obligaba a enfrentarse a los mexica. Na Itzá pensaba que la paz era posible entre sus naciones, pues los mexica eran los lejanos hermanos de raza de los itzá. Un día ellos también llegaron del Norte, de la ciudad que ahora los mexica conocían como Teotihuacan.
– Llevas el título de Ahau Canek -le estaba diciendo Koos Ich-, pero yo habitaba el cuerpo del auténtico Canek y lideraba la defensa de Chichén Itzá. Recuerdo con claridad el rostro empapado de lágrimas de los niños, pues no había nadie que pudiera consolar su miedo. A las mujeres que besaban a sus esposos con los labios amoratados de terror, mientras éstos se dirigían hacia el campo de batalla. Todos presentíamos que una amenaza imparable se iba aproximando a nuestra hermosa ciudad. También los hombres que formaban junto a mí en orden de batalla; no eran grandes guerreros, pero estaban dispuestos a morir para defender a su pueblo, a sus hijos y a sus mujeres. Al caer la noche el aire se llenó de gritos cuando los nahual aparecieron frente a nosotros con las fauces ensangrentadas, las pieles moteadas y las manos terminadas en garras. Frente a ellos caminaba un ser poderoso, extraño, que vestía una túnica de piel humana. Era muy alto, de miembros largos y fuertes; su rostro relucía en la noche con una asombrosa blancura, como tallado en hielo, y estaba orlado por una barba negra que el viento agitaba. Los propios nahual, a pesar de su ferocidad, lo obedecían con temor, pues aquel ser era Tezcatlipoca, Espejo Humeante. Entonces las estrellas fueron eclipsadas por una nube de fuego. Flechas incendiarias, lanzadas por los arqueros toltecas que habían quedado en la retaguardia, se clavaron en el pecho de mis hombres y alcanzaron los tejados de nuestras chozas. Fuimos encerrados en un gran anillo de llamas que se elevaron hacia el cielo. Bajo su aterradora luz los nahual cargaron contra nosotros profiriendo salvajes aullidos de jaguar que se confundieron con los lamentos humanos hasta formar un estruendo enloquecedor. En su sangriento delirio esas bestias no respetaron ni el coraje de mis hombres, ni la dignidad de las mujeres, ni las lágrimas de nuestros hijos. Ése fue el terrible desenlace de la batalla, el fin de nuestra ciudad y el inicio de nuestro exilio… Hasta ahora, cuando un nuevo enfrentamiento se avecina. Y esta vez será nuestro final o el de Tezcatlipoca.