– Nuestros espías han observado que los mexica están limpiando una gran zona de terreno situada al norte de las marismas, al pie de un templo de los Antiguos. Sin duda, es allí donde van a situar el campo de batalla.
– Pero ¿dónde están acampados? -preguntó Hun Uitzil Chaac.
– Eso aún no hemos podido averiguarlo -le respondió el guerrero.
– Los mexica dominan la región de Xoconochco -dijo uno de los consejeros-, y sus ciudades del sur están cercanas a nuestras tierras…
– Aun así es demasiado lejos para que estos cacalpixque hayan viajado desde Xoconochco -señaló Na Itzá-. Deben de haber establecido un campamento no lejos de aquí, quizás en medio de los grandes lagos salados.
– Eso explicaría el conveniente campo de batalla que están preparando -dijo otro.
Piri dio un paso y entró decididamente en el círculo del Consejo. Un tupil se plantó frente a él, impidiéndole seguir avanzando, pero el turco elevó la voz para ser oído por todos.
– ¿Estáis todos locos? -gritó-. ¿Qué está pasando aquí?
– Vuelve a tu lugar, dzul -dijo uno de los consejeros más ancianos-, no tienes derecho a intervenir en el Ah Cuh Caboob.
Hubo más protestas. Los asistentes increpaban a Piri para que abandonase de inmediato el círculo del consejo. Koos Ich alzó una mano pidiendo silencio. Se acercó al joven turco.
– Dejémosle hablar -dijo-. Dime, dzul, ¿por qué piensas que hemos enloquecido?
– Porque todo este ritual es absurdo. ¿Para qué tantas embajadas, tantas discusiones inútiles?… En el lugar del que yo vengo no hay reglas cuando es la propia vida, o la de los nuestros, lo que está en juego. Cuando luchamos, lo único que nos importa es la victoria.
– ¿A cualquier precio? ¿Sin honor, como las bestias?
– No como las bestias, como los hombres. Matar al enemigo sin juegos hipócritas, arrasar sus ciudades y quemar sus campos para que no vuelva a levantarse contra nosotros…
– El Mundo basa su funcionamiento en unas reglas establecidas por los dioses… -dijo Hun Uitzil Chaac. El viejo guerrero se había sentado al pie de la Ceiba y apoyaba las manos en su macana-. Desde el crecimiento del maíz en la tierra hasta la guerra entre los hombres. No podemos eludir estas reglas, porque la propia realidad dejaría de tener sentido.
– Si Allah me ha hecho dueño de mi vida -insistió Piri-, nadie, aparte de Él, puede imponerme sus reglas. La guerra no puede ser un juego, porque la vida que Allah nos ha entregado es preciosa. No somos peones de madera que se arrojan al fuego cuando pierden la partida. Sobrevivir es lo único que importa. A toda costa. Así es como peleamos en mi tierra.
– ¿Y qué es lo que propones? -le preguntó Koos Ich.
Animado por la pregunta del nacom, Piri se volvió hacia los presentes, observó con detenimiento los rostros de los nativos que lo rodeaban, y les dijo con entusiasmo:
– Averigüemos dónde se esconden esos canallas… O mejor aún, cuando regresen en una de sus absurdas embajadas, rebanémosles el cuello uno a uno, tal y como ellos hicieron con ese desdichado que traían. Os aseguro que el último hablará y nos dirá dónde está oculto su ejército.
Piri parecía muy orgulloso de lo que acababa de decir, pero la única respuesta a sus palabras fue un murmullo de horror entre los consejeros y entre los espectadores.
– La vida de un cacalpixque es sagrada -dijo Na Itzá con aparente calma.
– La vida de todo hombre es sagrada, tal y como yo lo entiendo. Pero únicamente hay una forma de tratar con los enemigos.
– ¿Y qué harías a continuación? -preguntó el batab.
Piri giró sobre sus talones y se enfrentó al anciano.
– Atacaría de noche, silenciaría a los centinelas y penetraría en su campamento, matando a todo aquel que nos saliera al paso.
– ¡Lo que dices es una abominación! -gritó otro de los consejeros.
– Dime -dijo Hun Uitzil Chaac, alzando una mano para pedir calma-, ¿qué crees que pasaría a continuación?
Piri escrutó los ojos cansados del viejo guerrero.
– ¿Qué?…
– Te pregunto qué crees que pasaría a continuación.
– Nada. Que habríamos vencido. Eso es todo.
– Creo que no tienes ni idea de a lo que nos enfrentamos.
Pidió que se trajera un mapa. Estaba pintado en vivos colores sobre una gran tela de algodón y fue extendido sobre el suelo.
– Éste es el vasto imperio de nuestros enemigos -dijo señalando los territorios marcados en el mapa-. Al norte los otomíes, los que hablan la lengua oscura y veneran a sus antiguos dioses del sol, del viento y de la tierra. Al nordeste y al oriente los huaxtecas, los totonacas y los mazatecas. Éste es el camino de Xoconochco, controlado por los guerreros mexica para favorecer el paso de sus comerciantes a las regiones sureñas de los mixtecas y zapotecas, cercanas a las tierras que habitamos. Al suroeste los tlapatecas y al oeste los mazahuas y los matlaltzincas. Todos pueblos diferentes, con distintas lenguas y distintas costumbres, todos tributarios de los mexica, pero todos respetuosos con las reglas de la guerra que han sido establecidas por los dioses. Si nosotros las rompemos, como tú pretendes, ¿quién querrá luchar a nuestro lado? Nuestros propios aliados se volverían en nuestra contra.
Antes de que Piri pudiera responder, Na Itzá se puso en pie y dijo:
– Nunca podremos resistirnos a los mexica con la fuerza de las armas. Debemos buscar el entendimiento con ellos, y no el camino de la guerra.
Koos Ich calló por respeto al antiguo Ahau Canek, pero Sac Nicte se adelantó y pidió permiso para intervenir.
– Despierta de una vez, padre -dijo-. Sueñas con que los mexica tienen nuestros mismos anhelos, pero ése es el error en el que has vivido siempre.
– Hija… -musitó Na Itzá con un gesto de dolor. Era evidente que aquellas palabras de Sac Nicte, pronunciadas en el mismo consejo en el que había entregado su poder, suponían una gran humillación para él-. Te ruego que entiendas que…
– No, padre. Ya es suficiente. Fui moneda de cambio para buscar esa paz que tanto ansías. Recuerdo las pesadillas de mi niñez, cuando esperaba ser enviada lejos de aquí y unirme con un hombre desconocido, en una tierra lejana. ¿Y todo para qué? El final será el mismo, porque no puedes alcanzar una alianza con los mexica, de la misma forma que nuestros antepasados de Chichén Itzá no pudieron lograr la paz con los toltecas. Ellos no desean nuestra amistad, tan sólo ansían nuestra sangre. Fíjate en todos esos pueblos que viven bajo el poder de la Triple Alianza. -Sac Nicte señaló el mapa que seguía desplegado en el suelo-. No tienen paz. Son obligados por los mexica a pelear en sus xochiyaoyotl. [30] Porque ellos, por encima de los tributos, de las mantas, las pieles y el cacao, ansían sangre, la sangre de sus súbditos… Nuestra sangre, cuando pasemos a formar parte de la Triple Alianza.
– Los dioses no han creado el mundo para la locura -dijo Na Itzá-. Tenemos comercio con muchos pueblos, algunos en las islas del sur son tan extraños que sus costumbres parecen incomprensibles para nosotros, pero al final siempre es posible razonar con ellos.
– Ma' -negó Sac Nicte-. No con los mexica. Como los toltecas del pasado, viven sólo para la guerra. Desde el mismo instante de su nacimiento se preparan para ella y sus sacerdotes les anuncian que han venido al mundo sólo para combatir. Ni siquiera tú, padre, puedes razonar con quienes no conocen otro anhelo que la muerte… Con quienes no desean otra cosa que nuestra sangre… Y la obtendrán, de una forma u otra.