Un sacerdote estaba reparando el códice con el que él había tropezado durante la noche. Uno de sus pliegues estaba rasgado e intentaba cortarlo, con ayuda de una afilada cuchilla de cobre, para insertar allí una nueva sección de papel. Lisán se acercó a él y le pidió que le dejara estudiar aquel volumen. El sacerdote se lo entregó sin ningún comentario. Era una copia del Códice de la Vida. Desplegó sus hojas en forma de biombo y repasó con el dedo las interminables series de los cuatro símbolos.
Alzó el disco de oro que había colgado de su pecho durante tanto tiempo. Allí estaban los mismos cuatro símbolos, repetidos por su circunferencia. Un disco podía entenderse como una espiral comprimida en un plano. Pasó el dedo por el borde dentado del medallón. Exactamente doscientas sesenta muescas. Sonrió. ¿Cómo no se había dado cuenta antes?
Se acercó al sacerdote y le preguntó por su cuchilla de cobre. Éste iba a entregársela, pero Lisán alzó la mano con una sonrisa.
– Tan sólo necesito que me digas dónde puedo encontrar al hombre que la fabricó.
El andalusí salió del templo y caminó hasta la choza del artesano, al que le expuso detalladamente lo que quería. El hombre le pidió su medallón, lo colocó sobre un papel y con un carboncillo hizo un calco de su silueta. Luego se lo devolvió a Lisán, asegurándole que al caer la noche tendría el objeto que le había encargado.
Ahora le parecía todo tan claro… Aquel pueblo disponía de dos sistemas diferentes para medir el tiempo con una asombrosa precisión.
El calendario tzolkín servía para adivinar el futuro y determinar las fiestas. En él se combinaban los veinte símbolos de los días con trece numerales, de modo que los números retornaban cada trece días y los signos cada veinte. Esta combinación de cifras y signos impedía que se repitiera ningún número con el mismo signo hasta que transcurrieran los doscientos sesenta días que constituían su ciclo completo. Doscientas sesenta muescas. Su medallón era, por lo tanto, un calendario tzolkín en el que los símbolos de los días habían sido sustituidos por las cuatro figuras del Códice de la Vida.
El otro calendario era el agrícola, al que denominaban haab. Constaba de dieciocho meses de veinte días, lo que daba un total de trescientos sesenta días. Pero los dos calendarios se combinaban generando uno nuevo llamado haaboob. [31] Las fechas de esta rueda se repetían cada cincuenta y dos años, y para diferenciarlas usaban un sistema llamado «cuenta larga», que permitía medir el tiempo en millones de años.
Pero la relación iba más allá. Cincuenta y dos semanas de siete días equivalían a un año lunar de trece meses, y tanto el número trece como el cincuenta y dos eran claves en aquella concepción cosmogónica, pues cuatro veces trece suman cincuenta y dos. El cuatro estaba, de este modo, por todas partes. El mes de veinte días se dividía en cuatro partes. Las cuatro direcciones cósmicas y los cuatro dioses Bacab, designados por Hunab Ku para sostener el cielo desde cuatro extremos que coincidían con los cuatro puntos cardinales. Los cuatro símbolos del Códice de la Vida presentes en su medallón…
Es lógico, pensó, los dioses siempre forman medidas armónicas… ¿no?
Esa misma noche, sentado en el suelo de su choza, Lisán colocó frente a él las dos ruedas, la de oro y la de cobre, e hizo coincidir los engranajes. Con un pincel muy fino, y tinta hecha con rocío y pelo animal carbonizado, dibujó con cuidado los símbolos de los veinte días sobre el disco de oro. Luego, fue girando con la mano la rueda del calendario solar, para comprobar que daba cincuenta y dos vueltas, al mismo tiempo que la del tzolkín de su medallón giraba setenta y tres veces, y que ambos calendarios se encontraban al término de este lapso en el mismo punto.
Tenía una copia del Códice de la Vida que dejó abierta frente a él. Ajustó su calendario con el Primer Año del Mundo, que según los itzá era el 4 ahau 8 kumk'ú. Luego fue moviendo los discos para que los cuatro símbolos grabados sobre cada uno de ellos fueran coincidiendo con aquella posición, de acuerdo con la secuencia contenida en el Códice.
Entonces, las dos ruedas dentadas empezaron a moverse solas. Con un sobresalto, Lisán apartó las manos de los discos. Se formó una neblina sobre la rueda calendárica que había sido su medallón. Al principio pensó que era el cansancio y las muchas horas de estudio a la luz de las antorchas, pero los caracteres grabados sobre la superficie de metal empezaron a elevarse como un polvillo dorado, dejando un rastro luminoso en forma de espiral entre la niebla que flotaba sobre el disco. La piedra de lapislázuli proyectó una imagen de sí misma en medio de aquella neblina. No podía dejar de mirar ese extraordinario fenómeno. Entonces vio formarse unas elipses, como delgados hilos dorados, girando a gran velocidad alrededor de la piedra azul y blanca.
Estaba tan absorto contemplando esto, que dio un respingo cuando fue sobresaltado por la voz de alguien que había entrado en su choza sin que él lo advirtiera.
– Te felicito, faquih. Una vez más has demostrado tu gran sabiduría.
Alzó la vista y comprobó que Baba estaba de pie frente a él.
– Tú ya sabías lo que era esto -le dijo.
– Es una máquina de los ÿinns, capaz de leer el chu'lel tan fácilmente como nosotros leeríamos un libro… Pero nunca logré descifrar el mecanismo para hacerla funcionar.
– ¿Y qué es lo que estamos viendo ahora?
Baba se sentó frente al andalusí. Su rostro tenía una expresión fascinada.
– Fíjate en esa esfera azul y blanca -dijo señalando el reflejo de la piedra de lapislázuli-, es la Tierra vista desde los cielos. Y estos trazos dorados creo que son… los cometas.
– ¡Magia diabólica! -exclamó Lisán-. Dime si es eso lo que está actuando aquí.
– Y cuando recibieron la Verdad dijeron: ¡magia! -dijo Baba, citando el Corán con una sonrisa sardónica-. No es tal, no te preocupes. Algunos números y sus combinaciones contienen un gran potencial para activar las energías del chu'lel, de acuerdo a las propias leyes del Universo. Esa energía es la llave de lo que la gente común conoce como «magia»… El Uija-tao ya ha debido explicártelo, ¿no? El Universo fue conformado para que pudiera contener a la vida y sólo ésta posee un poder capaz de alterar las leyes que lo rigen. Pero se debe liberar chu'lel… o pneuma, que es como lo denominaba mi maestro. Es una sustancia abundante en el interior de cada criatura viviente y, al liberarlo, desatamos la energía que contiene. En realidad no resulta más extraordinario que quemar un trozo de carbón para calentar el agua de una marmita, pero a ti te resulta inexplicable porque se emplean conocimientos de mundos anteriores que ya han sido olvidados. Toda la civilización de los ÿinn se basó en explotar los recursos del chu'lel. Los humanos, muy de vez en cuando, conseguimos capturar a uno de ellos y aumentar así nuestros conocimientos.
– Que fue lo que tú hiciste…
– Exactamente. Como muchos otros antes de mí. A lo largo de las generaciones hemos ido aprendiendo a utilizar limitadamente el chu'lel. Lo malo es que sólo conocemos unas pocas combinaciones, pero con una máquina como ésta será posible descifrar otros muchos códigos y conseguir un poder similar a los ÿinn.
– ¿Es eso lo que estabas buscando, convertirte en un ÿinn?
Baba le dirigió una mirada sombría y dijo: