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Ahuítzotl clavó su cuchillo en el pecho del desdichado y le arrancó rápidamente el corazón. Lo sostuvo en el aire, palpitante, goteando sangre, mientras un aullido de júbilo llegaba desde cada una de los miles de gargantas que se habían congregado en la Plaza Central.

Era como una pesadilla que se repitiera con total exactitud.

Lisán miró a Piri y Jabbar, dos estatuas horrorizadas a su lado. Sac Nicte y su padre, un poco más allá, también estaban inmóviles, pero con una expresión resignada. Bajó la vista y contempló a la muchedumbre que se extendía a sus pies, se diría que no había espacio para una aguja en toda aquella enorme plaza. Y todos parecían entusiasmados por aquel horror que estaba empezando a producirse. La masa se agitaba y vibraba como un mar de carne humana. Vio las cuatro calles que partían de la Plaza Central, repletas también de gente, y por el centro de cada una de ellas, hasta donde alcanzaba la vista, cuatro interminables filas de prisioneros que atravesaban la ciudad para llegar al pie del Templo Mayor. Volvió a mirar a Ahuítzotl, que sostenía en ese momento el corazón en lo alto, manteniendo la larga aclamación de sus súbditos. Luego, un sacerdote le acercó una calabaza en la que el tlatoani exprimió el corazón como si se tratara de una fruta a la que quisiera sacar la última gota de jugo. Otro acólito recogió el órgano en una cesta y lo llevó al interior del templo de Huitzilopochtli, mientras Ahuítzotl bebía de la calabaza donde se había recogido la sangre. Ceremoniosamente, le entregó la calabaza a Talos, que bebió también, y luego éste se la pasó al guerrero dueño del cautivo.

– Esto no puede ser verdad -dijo Piri, asqueado y horrorizado.

Jabbar temblaba como si estuviera a punto de sufrir un ataque. Sus ojos desorbitados miraban a un lado y a otro sin detenerse en nada. Lisán se preguntó si esa mañana Piri lo habría puesto al corriente de la situación. Quizá no, pues los guardias habían llegado muy temprano. El turco parecía al borde de la locura, tras haber despertado en medio de aquel horror que no podía comprender. ¿Quién de ellos podía hacerlo?

Reza por mí, faquih, le había dicho Yusuf mientras caminaba tras el sacerdote anciano.

De la misma forma había sido sacrificado aquel prisionero, y su cuerpo también fue arrastrado y empujado escaleras abajo para que descendiera rodando sin detenerse hasta llegar al pie de la pirámide. Allí, los ancianos quaquacuiltin se apoderaron de él, le cortaron la cabeza e insertaron una vara a través de ella para exhibirla en el tzompantli, una plataforma con la base hecha de cráneos de piedra que estaba a un lado de la Plaza Mayor.

Los pajes del guerrero que lo había capturado se llevaron lo que quedaba del cadáver. Lo arrastrarían hasta el templo privado de su calpulli, donde sería troceado, cocinado con pimientos, tomates y flores aromáticas, y consumido en un banquete ritual.

Mientras tanto, un imparable río de prisioneros era sacrificado.

Ahuítzotl y sus compañeros reales de la Triple Alianza se dedicaron a abrir el pecho de las primeras víctimas durante toda la mañana de ese primer día. Cuando se cansaron, fueron sustituidos por un grupo de sacerdotes. Cuando éstos sintieron su brazo entumecido, fueron reemplazados por más sacerdotes. De esa forma, los sacrificios se prolongaron durante cuatro días y sus respectivas noches, sin detenerse en ningún momento. En cada hora de esas cuatro jornadas murieron más de ochocientos prisioneros. El Templo Mayor era insuficiente para dar curso a aquel inmenso río de inmolados, y tuvieron que habilitarse otros catorce templos menores por toda la ciudad. Ríos de sangre corrían escalones abajo, inundaban las calzadas y se coagulaban bajo los pies de los asistentes a la ceremonia. Las cabezas se amontonaban formando una espeluznante pirámide junto a los tzompantli. No todos los cautivos aceptaron de buen grado el sacrificio, algunos se resistían sin que esto les sirviera de nada, pues eran golpeados y arrastrados por los pelos por los guerreros a los que pertenecían. Y sus gritos, los sollozos, los vítores de la multitud, el olor de la sangre, de las heces de los que no aguantaban el terror, el chasquido del cuchillo al penetrar en la carne, el sonido de succión del corazón al ser arrancado del pecho, los tambores que no cesaban de sonar… Todo esto conformó la textura de la realidad durante esos días y marcó el paso de cada instante.

Cada noche, Lisán y sus compañeros eran conducidos de regreso al palacio, por unas horas, para que pudieran descansar y comer. Pero el aroma de guiso con carne humana, que llenaba ya Tenochtitlán, les impedía probar bocado.

Lisán creía vivir en medio de una interminable alucinación. Retazos del pasado y del horror que había experimentado durante los sacrificios en Amanecer se mezclaban con el horror que ahora contemplaban sus ojos. Su mundo no había sido precisamente pacífico, cualquier ciudadano de al-Andalus estaba acostumbrado a presenciar la muerte, las ejecuciones, la guerra… Pero nada de lo que había visto a lo largo de su vida lo había preparado para esto… Para asistir hora tras hora, día tras día, al espeluznante espectáculo de los hombres cayendo como borregos bajo la cuchilla del carnicero. Y, sin embargo, conforme pasaban los días, la frialdad más absoluta se iba apoderando de su alma. Era como si aquella vieja costra que se había formado durante el sacrificio de sus compañeros de naufragio se estuviera extendiendo y endureciendo ante la interminable contemplación de tanto horror.

Cada una de esas noches, cuando regresaban al palacio, Lisán se tumbaba sobre una estera y caía rápidamente en un plácido sueño en el que ya no había lugar para las pesadillas, pues éstas se desarrollaban en sus horas de vigilia. Ni siquiera recordaba haber hablado ni un solo momento con Sac Nicte durante esas noches, antes de ser vencido por el sueño.

Ahuítzotl y sus aliados, junto al Mujer Serpiente y Utz Colel también se retiraban a sus propios palacios, y volvían a la pirámide con las primeras luces del día siguiente. Los espectadores regresaban a sus casas durante esas horas, si vivían en Tenochtitlán o en alguna población cercana, o dormían en el suelo de las calles si venían de más lejos.

Pero los sacrificios no se detuvieron en ningún momento.

El número final de víctimas durante los cuatro días que duró la inauguración del Templo Mayor de Tenochtitlán superó las ochenta mil personas. [35]

Kazikli lo contemplaba todo, fascinado. Alzaba los ojos hacia el cielo y veía lo que quizá nadie más veía: la energía pura del chu'lel elevándose hacia las alturas desde aquel mar de sangre que iba anegando la ciudad, crepitando como aceite muy caliente, envuelto en pequeñas chispas rojas que destellaban en la noche.

– ¡Qué espectáculo! -exclamó la cuarta noche, arrebatado por la emoción-. ¡Qué magnífico espectáculo!

A su lado, Koos Ich lo miró intrigado por sus palabras. Luego se encogió de hombros y, dándole la espalda, se arrebujó en su manta dispuesto para dormir.

Como cada noche, soñó con la boda entre la princesa y el cacique mexica.

En su sueño vio cómo Achitomel, el señor de Culhuacan, era invitado a participar en las celebraciones de la boda. Y cómo éste llegaba al humilde templo de los mexica acompañado de numerosos príncipes y nobles, cargado de regalos.

El recinto era bastante miserable, comparado con los otros templos de su ciudad, apenas un cuadrado con base de piedra y paredes y techo de cañas. Pero los mexica parecían muy orgullosos de su humilde templo y de sus ingenuos dioses, y Achitomel no quiso contrariarlos; alabó todo aquello que pudo, mientras los nobles de su cortejo contenían las risas.

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[35] 80.400 es la cifra exacta que dan las crónicas mexica de la inauguración.