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A su alrededor se había producido un silencio mortal. Nadie quería creer lo que acababa de suceder. El guerrero itzá no soltó la macana. Avanzó con ella en la mano, lentamente, entre las filas de nativos que se apartaban a su paso, y se dirigió a donde estaban los nahual. La sangre le resbalaba por el pecho hacia el estómago. Ni siquiera miró a los engendros cuando le hizo una seña a lo'k'in putum y le dijo:

– Vamos, estás libre. Puedes seguirme.

Lisán parecía perdido en medio de los nahual, los tétricos guerreros cubiertos con la piel de un jaguar. Dio un tímido paso hacia Koos Ich.

– Ven -lo apremió éste.

El andalusí caminó hasta situarse junto al guerrero itzá. Notaba a su espalda la tensión de los nahual, que vibraban de rabia y ganas de saltar sobre él. Pero ninguno de ellos hizo el menor movimiento para detenerlo.

– Estás… herido -le dijo al guerrero.

– No te preocupes por eso. Ahora sígueme en silencio y no apartes los ojos del suelo. ¿Me has entendido?

– Beey!

De esta forma, el guerrero y el faquih dejaron atrás a los nahual y caminaron juntos entre los atónitos nativos que se habían congregado para presenciar el sacrificio.

Cuando llegaron frente al Halach Uinich y el Ahuacán, este último les dijo:

– Los dioses te han favorecido hoy, guerrero.

Koos Ich se detuvo pero no miró al sacerdote.

– Su voluntad es que me dejéis marchar con el lo'k'in putum.

– ¿Conoces tú la voluntad de los dioses?

Lisán apenas notaba la ansiedad en las voces. Se obligó a hacer lo que el guerrero le había indicado y no levantó los ojos del polvo del suelo.

– La conozco a través de los sacerdotes de mi pueblo -dijo Koos Ich-. Ellos me dijeron que vencería en esta batalla y que permitiríais que el lo'k'in putum viniera conmigo.

– Entonces, ¿quiénes son los hombres para oponerse a su voluntad? Ve, guerrero, porque lo que hoy has hecho aquí será largamente recordado.

Koos Ich no miró en ningún momento al sacerdote ni al Halach Uinich. Al escuchar las últimas palabras del Ahuacán, asintió con humildad y empujó suavemente a Lisán para que siguiera caminando. Los dos hombres alcanzaron la puerta de la muralla y salieron de la ciudad.

El Halach Uinich contempló cómo desaparecían y luego se volvió hacia el Ahuacán.

– Los dioses nos enviaron al lo'k'in putum con algún propósito -dijo-. No me gusta verlo marchar sin saber cuál era.

El Ahuacán se volvió hacia el Halach Uinich.

– La guerra de los dioses empezó antes de que el propio mundo existiera -dijo-. Esto es un pequeño acontecimiento en su devenir. Hoy, el final de los itzá está definitivamente más cerca.

5

Salieron de la ciudad de Amanecer y, tras rodear su muralla, llegaron a la playa. La recorrieron en silencio. Durante un trecho fueron seguidos por un grupo de jóvenes guerreros cocom que los increpaban, desafiando a Koos Ich a pelear, aunque éste no hizo el menor caso de estas provocaciones. Finalmente se cansaron, dieron media vuelta y regresaron a su ciudad.

Lisán llevaba horas caminando bajo el sol, junto a aquel nativo que había luchado para rescatarlo y no había cruzado una palabra con él. Marchaba como un autómata, clavando un pie tras otro en la arena, y sin levantar apenas los ojos del suelo, mirando un par de pasos por delante de él, como si allí estuviera dibujado todo su futuro. El camino místico tal y como lo concibe el sufismo es aquel en que el hombre muere a su naturaleza carnal a fin de renacer in divinis y así llegar a estar unido con la Verdad. Quizás él había realizado ya ese camino, aunque más bien sentía que Allah lo había arrojado de cabeza a él.

¿Qué quedaba en ese momento del Lisán al-Aysar ibn Barrayan que había vivido en Granada? Muy poco, a juzgar por lo que le indicaban sus sentidos, apenas unos pies avanzando por la arena… Sentía haber estado dormido durante un año entero y empezar ahora a despertar, lenta y dolorosamente.

– Ahmed, hermano -musitó-, ojalá estuvieras ahora a mi lado…

Koos Ich se detuvo, sorprendido por aquellas palabras que no pudo comprender.

– ¿Qué te pasa? -le preguntó.

De repente, los huesos de sus piernas parecían haberse transformado en sebo tibio. Lisán se dejó caer de bruces sobre la arena y empezó a llorar de forma desesperada, permitiendo que sus sentimientos, después de tanto tiempo contenidos, aflorasen al fin. El itzá lo contempló en silencio, asombrado por la reacción del lo'k'in putum, pero respetándola.

– Todos mis hermanos -sollozó mientras golpeaba la arena con el puño- fueron asesinados por esos salvajes. Malditos… Malditos sean…

– No debes odiarlos -le dijo Koos Ich-, porque ellos no odiaron a tus amigos. Les dieron la muerte de un guerrero, algo que está cargado de honor.

Lisán alzó el rostro lleno de arena y se quedó mirando a aquel hombre. No estaba seguro de haber comprendido sus palabras.

– ¿Qué dices? ¿Honor? Los mataron como a animales. Los descuartizaron ante mis ojos, y devoraron su carne como si no fueran más que ganado.

– Los hombres somos el alimento de los dioses, y eso es algo sagrado para los mexica y sus aliados cocom. Tus amigos fueron tratados como guerreros o como hombres santos.

– ¿Y por qué no acabaron también conmigo?

– No lo sé exactamente, hombre de madera. Están sucediendo cosas sorprendentes y no soy yo quien debe interpretarlas. Ahora debemos seguir caminando, porque nos esperan y debemos llegar antes de que caiga la noche.

Pero Lisán no se movió de donde estaba.

– ¿Quién me espera? ¿Qué es todo esto? ¿Quiénes eran esas gentes que sacrificaron a mis hermanos? ¿Quién eres tú? No voy a dar un paso más si no me aclaras adónde me llevas. Respóndeme o tendrás que arrastrarme por toda la playa.

– Podría hacerlo, hombre de madera, pero no lo deseo.

– Habla entonces.

Lisán seguía tumbado sobre la arena y el itzá se acuclilló frente a él.

– Tú ya has visto a los nahual -le dijo al andalusí.

– ¿Los nahual?

– Los engendros. Tú los viste en la ciudad amurallada, los hombres-jaguar que deben obediencia a Espejo Humeante, y que al llegar la oscuridad adquieren el poder de transformarse en fieras.

– Entonces es cierto lo que vi -se estremeció Lisán-. No fue una alucinación.

– ¿Viste cómo los nahual se transformaban?

– Beey. Uno de ellos.

– No es extraño. Los nahual, al igual que su señor, Espejo Humeante, son hechiceros. Hace incontables generaciones que su señor, al que ellos conocen como Tezcatlipoca, fue derrotado en… -Koos Ich dudó en usar el término en la antigua lengua Zuyua, y finalmente decidió traducirlo-: La-batalla-al-borde-del-mar, por una coalición itzá liderada por el héroe Itzamna. Tezcatlipoca fue vencido, pero no destruido, y liberó su venganza en la forma de miles de jaguares que dominaron la noche. Ahora una nueva guerra está a punto de comenzar, los dioses están sedientos de sangre y los nahual han regresado a nuestras selvas.

– ¿Y cómo encajo yo en todo esto? ¿Por qué los sacerdotes de la ciudad amurallada no me sacrificaron? ¿Por qué luchaste tú para salvarme?

– Soy un guerrero, no un sacerdote. No puedo resolver todas tus cuestiones porque hay muchas cosas que ignoro. Pero alguien te responderá si vienes conmigo. Vamos, ponte en pie y sígueme… o los nahual nos darán caza cuando llegue la oscuridad.

6

El sol se hundía en el mar. Teñía de rojo las piedras de un pequeño y solitario templo que se divisaba a lo lejos, en medio de la playa. Lisán distinguió dos estrechas canoas descansando sobre la arena. Junto a ellas, una decena de hombres los esperaban. Salieron a su encuentro y se arrodillaron respetuosamente frente a Koos Ich. Todos iban armados con macanas, vestían taparrabos y petos de algodón y lucían una tonsura semejante en el cráneo.

Cumpliendo con algún ritual, cambiaron el calzado del gigante por unas sandalias hechas de piel seca sin curtir, que quedaron sujetas con dos cuerdas, una que pasaba entre el primero y segundo dedo del pie y otra que lo hacía entre el tercero y el cuarto. Luego le colocaron un nuevo taparrabos cuyos extremos colgaban por delante y por detrás, hasta las rodillas. Estaba ricamente adornado con plumas de colores, y la parte que se enrollaba en torno a su cintura llevaba incrustados ornamentos de jade.

Lisán contempló todas estas acciones con asombro.

– ¿Qué eres? -preguntó-. ¿Una especie de rey o algo así?

El guerrero señaló hacia el templo y Lisán se volvió a tiempo de ver a una figura femenina salir de su interior.

– Ella es una sacerdotisa -dijo- y sabrá responder a tus preguntas.

Mientras la mujer se acercaba a ellos con pasos cortos y elegantes, Koos Ich se anudó una gran manta de algodón alrededor de los hombros y, caminando solo por la orilla, se apresuró a apartarse del grupo. La sacerdotisa se detuvo un momento, para darle tiempo al guerrero de alejarse. Luego avanzó en línea recta hasta el andalusí. Sus movimientos eran suaves y felinos, llenos de gracia y fuerza a la vez. Llevaba el rostro orgullosamente alzado y vestía una sencilla camisa blanca de algodón bordada con flores rojas en el pecho.

– Tú eres el dzul [20] que ha llegado desde el otro lado del mar -dijo-. ¿Eres hombre de madera o dios?