Pero sabía que toda la batalla iba a depender de la carga de los nahual contra sus guerreros-águila. Intentarían arrollarlos y ganar así la retaguardia del ejército itzá-xiu. Los engendros eran centenares y ya se estaban organizando para el inminente combate. Tal y como había previsto cuando los vio en Amanecer, el momento del enfrentamiento había llegado. No sentía temor ante esto, tan sólo la sensación de que un gran círculo se cerraba. Los hombres-jaguar del pasado tolteca habían derrotado a los guerreros-águila y habían empujado a los itzá al destierro. Como entonces, Tezcatlipoca, Espejo Humeante, el más temible de los hechiceros, los comandaba. Todas las generaciones siguientes de guerreros-águila habían vivido esperando el momento de este nuevo enfrentamiento.
Lisán se sentía cada vez más desmoralizado. No deseaba luchar, no quería presenciar más muertes. Miró con intensidad a Sac Nicte. Todo su ser deseaba tomarla entre sus brazos y llevarla lejos de aquel lugar. Ella se volvió hacia él y asintió con un gesto. Entendía por lo que estaba pasando, pero no había salida. Allí estaba su destino, el de los dos, y tenían que enfrentarse a él. Recogió su escudo y macana, y caminó hacia el campo de batalla en compañía de los tres turcos. Excepto por las barbas y porque no tenían la piel decorada con aquellas cicatrices coloreadas que lucían los otros guerreros, podría decirse que eran cuatro itzá más. Vestían igual que ellos, con aquellos petos de algodón que había sido prensado hasta convertirse en una coraza dura y correosa; sujetaban una rodela en la mano izquierda y cargaban una macana erizada de lascas de sílex en la otra.
Koos Ich les indicó dónde debían colocarse, en la retaguardia, junto a los guerreros más viejos, protegiendo a los sacerdotes y el campamento. No era un destino muy heroico, pero Lisán lo prefería así. Dragut, Piri y Jabbar no tenían mucha más experiencia que él con aquellas armas de madera, pero éstas no resultaban mucho más pesadas que las hachas de abordaje a las que sí estaban acostumbrados. Quizás ellos tuvieran una oportunidad de sobrevivir.
6
Cuando el sol se elevó por encima de las copas de los árboles que rodeaban la explanada, los sacerdotes mexica inauguraron la batalla haciendo sonar sus trompetas hechas con conchas de carey.
Koos Ich dio inmediatamente la orden de atacar. Sus guerreros cargaron hacia el frente enemigo, que no se movió, tal y como había supuesto. A su espalda, en el campamento itzá-xiu, los pajes encendieron todas las hogueras. A lo largo de la columna de hombres que avanzaban se transmitía el sonido de las caracolas de guerra, sus notas discordantes se unían a los gritos de batalla que imitaban el aullido de los diferentes animales que formaban los estandartes que colgaban de la espalda de los capitanes. Pronto se alcanzó un ritmo rápido y cruzaron la explanada a la carrera. El ágil paso de miles de guerreros levantaba nubes de polvo que ocultaban la visión a un lado y a otro de la columna.
Los mexica aguardaban, impasibles frente a ellos, entonando sus cánticos de guerra en náhuatl. Quizás esperaban verlos llegar agotados, pero el nacom ya había instruido a sus hombres. Alzó la macana y la tropa se detuvo para descansar unos instantes. Apenas lo suficiente para recuperar el aliento. Luego siguieron avanzando hacia las líneas de la Triple Alianza.
Cuando los itzá llegaron a un tiro de jabalina de ellos, los jefes mexica dieron la orden de atacar. Los músicos tañeron los teponaztli [32] y los mexica descendieron a toda velocidad por la loma de la colina, lanzando terroríficos aullidos. Las escuadras cocom los siguieron a poca distancia. Sus instrucciones eran esperar el momento de realizar el flanqueo y lanzarse contra la retaguardia de sus oponentes.
Los guerreros de ambos bandos alzaron sus armas y se produjo el contacto.
Fue como el choque de dos olas en mitad del mar, cada una de ellas formada por millares de hombres que aullaban embargados por la furia del combate. Por todo el campo se alzó el estruendo de sus gritos y el de las armas al colisionar, como una onda roja que recorriera de un lado a otro las filas de guerreros. El frente itzá-xiu retrocedió un poco en el primer momento, pero resistió como una muralla flexible de escudos y macanas. Ante ella, los mexica no pudieron hacer otra cosa que contenerse, y gran parte de la potencia inicial de su carga se perdió. A pesar del caos de aquel primer encontronazo, los guerreros itzá-xiu fueron conscientes al instante de la pérdida de impulso de sus enemigos y devolvieron con saña los golpes, dispuestos a obligarlos a retroceder palmo a palmo hasta su campamento.
En aquel momento parecía que la batalla se inclinaba rápidamente del lado del ejército itzá-xiu; sin embargo, aquella perfecta cohesión se derrumbó como un castillo de naipes cuando los nahual cargaron contra ellos. Cada hombre-jaguar era una bola de metal caliente arrojada contra un ejército de cera. Abrieron una amplia y sangrienta franja a través del centro de la columna enemiga, dejando detrás de sí un rastro de guerreros heridos que eran rápidamente apresados por sus pajes. La confusión era total, luchaban todos en medio de una aglomeración de gritos y polvo, mientras las jabalinas cocom destellaban sobre los combatientes, clavándose en el perímetro de la zona de batalla, para impedir que se dispersaran.
Todo se produjo tan rápidamente y con tanta confusión que los guerreros-águila necesitaron algún tiempo para comprender qué era exactamente lo que estaba sucediendo. Pero no había dudas sobre la intención de los nahual: buscaban decididamente entablar combate con ellos, en medio de aquel caos donde no tendrían espacio para maniobrar.
Pero los guerreros del Sol hicieron algo sorprendente. Koos Ich agitó su macana en círculos sobre su cabeza, dibujando la señal convenida. Entonces los hombres-águila flexionaron las piernas y brincaron, todos a la vez, sobre la cabeza de la escuadra enemiga. Los mexica contemplaron atónitos aquel espectacular e inhumano salto, que fue casi un vuelo, y cómo los doscientos guerreros aterrizaban con un estruendo en su retaguardia.
Koos Ich respiró hondo y miró a su alrededor. Sentía en toda su intensidad aquel instante de locura absoluta que siempre se producía cuando dos ejércitos enemigos entraban en contacto. Sus sentidos, acelerados al máximo, captaban hasta el último detalle de lo que los rodeaba. Con aquel fabuloso salto, los guerreros del Sol se habían alejado del centro del revoltijo de cuerpos y ahora podían triturar a sus enemigos entre dos frentes. Se estaban librando decenas de combates individuales, el choque de las macanas se había convertido en un único sonido continuo de fondo, pero también podía oír los chasquidos de los huesos al partirse, los desgarrones de la piel al ser cortada y el chapoteo viscoso de la sangre al saltar de los cuerpos para ir a caer al suelo. Podía oler la sangre como un aroma denso y dulzón que se le metía en las narices, y también el hedor de las heces de aquellos desdichados que habían sido alcanzados en el vientre. Sentía la empuñadura de cuero de su propia macana, apretada con fuerza entre sus dedos, resbalosa por la sangre que la empapaba. Acababa de derribar con ella a su último enemigo y buscaba a otro al que enfrentarse, cuando vio a varios nahual lanzarse hacia ellos saltando a través de los hombres que combatían, como felinos enloquecidos.
A una orden suya, los guerreros de Koos Ich volvieron a flexionar los músculos de las piernas y se proyectaron en un corto vuelo hacia los nahual. Águilas y jaguares chocaron a cierta altura sobre el campo de batalla. Los filos de piedra de sus macanas lanzaron chispazos al colisionar con una violencia estremecedora y el estrépito producido por aquellos impactos ensordeció por un momento los restantes ruidos de la contienda.
Cayeron juntos al suelo, aturdidos por el encontronazo. Los nahual se pusieron en pie y atacaron de inmediato con saña, enloquecidos, más pendientes de causarles daño a los guerreros-águila que de protegerse ellos mismos de las armas de sus enemigos.
Koos Ich oyó un rugido a su derecha y un hombre-jaguar se abalanzó sobre él. El nacom esquivó el golpe de su macana y contraatacó, lanzando un tajo horizontal hacia el pecho del nahual. Éste lo paró con su rodela pero dejó a descubierto su vientre, lo que el guerrero itzá aprovechó; giró como un trompo sobre sí mismo y lo alcanzó en el centro del abdomen. Lo dio por muerto, pues el enmascarado retrocedió sujetándose los intestinos, que asomaban por el profundo tajo, y cayó de espaldas. Koos Ich se volvió, buscando otro enemigo con el que combatir. Pero oyó de nuevo el aullido del nahual que acababa de derribar, y se volvió a tiempo de ver cómo aquel al que había considerado ya un cadáver cargaba de nuevo contra él. Su atuendo de piel de jaguar seguía desgarrado por el vientre, pero la sangre había dejado de manar y la herida se había cerrado. Hubo un nuevo intercambio de golpes y Koos Ich observó algo estremecedor: no importaba las heridas que recibieran, lo graves que parecieran éstas, los nahual se recuperaban de inmediato, milagrosamente. Finalmente alcanzó a su enemigo bajo la barbilla y la cabeza con la máscara de jaguar rodaron juntas por el suelo.
– ¡Golpeadles en el cuello! -gritó a sus hombres con toda la fuerza de sus pulmones.
Observó que algunos nahual peleaban con algún miembro cercenado. Un brazo cortado no volvía a crecer, pero la sangre dejaba de manar y aquellas criaturas podían servirse del otro para seguir combatiendo. Pero una cabeza cortada era más de lo que su magia podía remediar.
A pesar de todo, la fiereza en el combate de los guerreros-águila había conseguido frenar la carga nahual. Estaban acostumbrados a enemigos que ofrecían poca o ninguna resistencia a su poder, y la firmeza de aquellos combatientes los había desconcertado. Gracias a esto, Koos Ich había ganado unos preciosos instantes de calma para que la tropa itzá-xiu se recuperara de la conmoción del encontronazo con los hombres-jaguar. Y sus enemigos dejaron pasar otros instantes aún más preciosos mientras se reorganizaban para embestir en línea.