Se había levantado una brisa que arrastraba de nuevo el humo de chile hacia la colina.
Los sacerdotes de Uucil Abnal agitaban con fuerza unos braserillos de jade e invocaban a sus dioses silbando sus nombres. Era el último y desesperado esfuerzo para vencer la magia de sus enemigos, pero varios nahual saltaron sobre ellos, les arrancaron incensarios y amuletos, para luego derribarlos a puñetazos. Los mexica y sus aliados cocom dominaban ya el campamento, y sus esclavos corrían de un lado a otro arrastrando por el pelo a los guerreros itzá y tutul xiu maniatados como corderos.
Los tres turcos y un puñado de itzá corrieron hacia Lisán y Sac Nicte perseguidos por una tropel de enemigos. La expresión de la mujer era de fría determinación mientras colocaba un nuevo dardo en el propulsor. Realizó varios lanzamientos e hizo blanco en cada ocasión.
– Sabes manejar eso, mujer -dijo Piri con admiración.
Lisán contó a los guerreros que acompañaban a los turcos: nueve.
– ¿Sois todos? -preguntó.
– Todos los que quedamos en pie -le respondió uno de los itzá.
– ¿Qué va a pasar ahora? -preguntó Jabbar.
– Primero acabarán con nosotros -le respondió Sac Nicte-. Bueno, intentarán capturarnos con vida. Luego se dirigirán hacia Uucil Abnal para destruir nuestra ciudad.
– Te aseguro, mujer, que mí no me van a capturar vivo -dijo Dragut.
Jabbar miró a un lado y a otro buscando al siguiente enemigo con el que combatir. Mexicas y cocom formaban un gran círculo a su alrededor. Alguien se abrió paso entre aquellos guerreros cubiertos de sangre y penetró en el interior. Era un hombre grueso, vestido con el atuendo de un alto dignatario.
– Por fin volvemos a encontrarnos, dzul -dijo señalando a Lisán.
Lisán reconoció al Halach Uinich de Amanecer, el hombre que había ordenado asesinar a sus compañeros.
– Yo también te recuerdo -dijo el andalusí entre dientes.
– Tenemos órdenes de capturaros con vida, dzul. Se os tratará bien. Debes saber que…
El Halach Uinich enmudeció súbitamente y bajó la vista hacia su pecho. Miró con una expresión de incredulidad el dardo que se había clavado limpiamente en el centro de su esternón. Cayó de bruces, como un árbol cortado de raíz, y el sonido seco de su cuerpo estrellándose contra el polvo pareció ser la señal que esperaban sus guerreros para atacar. Sac Nicte ya había colocado una nueva flecha en el propulsor. Dragut saltó fuera del grupo y se adelantó hacia la aullante oleada que se les venía encima. Detuvo un golpe que a punto estuvo de arrancarle la macana de los dedos y lanzó uno que el guerrero mexica bloqueó con facilidad. Pero antes de darle tiempo a replicar desenvainó el cuchillo de acero que aún llevaba al cinto y, sin miramientos, lo clavó bajo la barbilla de su enemigo. Un movimiento rápido y preciso, un giro de derecha a izquierda, y un borbotón de sangre escapó por la boca y congeló en un rictus de sorpresa la mirada del mexica. Dragut escupió a un lado, asqueado. Dos cocom lo rodearon, rugiendo como fieras auténticas, pero manteniéndose a distancia. Se encogió de hombros y se limpió en el peto el filo ensangrentado de su cuchillo. Luego, agazapado como un león al acecho, esperó el ataque final.
– Olvidaos de atraparme vivo -siseó.
Dragut estaba agotado, pero se defendió con bravura de los cocom, y de tres guerreros mexica que acudieron para rodearlo. Fue una hazaña increíble que entre los cinco no pudieran capturarlo con vida. El turco se debatía y se escurría como una anguila entre ellos, su cuchillo era rápido y certero como la uña de un escorpión, y dejó a los dos cocom sangrando en el suelo antes de que uno de los mexica lo alcanzara en el vientre, con tanta fuerza que a punto estuvo de partirlo en dos.
Desde el suelo, boca arriba, Dragut aún intentó alzar su cuchillo para seguir defendiéndose. El mexica se puso sobre él y estudió la herida que le había infligido. Comprendió que no tenía ninguna posibilidad de recuperarse y le aplastó el cráneo con su maza.
Como había dicho Piri, la guerra no era un juego. No había reglas, no había alegrías. Sólo cansancio y muerte.
Lisán, Sac Nicte y los dos turcos supervivientes luchaban espalda contra espalda, junto a los últimos guerreros itzá, en el centro de un torbellino de confusión y sangre. Pero uno a uno iban cayendo. Los pajes sujetaban por los tobillos a los vencidos y los arrastraban rápidamente fuera del círculo. Los mexica y los cocom acosaban sin descanso al cada vez más reducido grupo de defensores. Proferían rugidos y aullidos salvajes, que los llenaban de espanto mientras tenían que parar un golpe tras otro.
Lisán vio cómo Jabbar se desplomaba mientras se llevaba las manos a la garganta víctima de un salvaje tajo, que le había abierto una segunda boca por donde la sangre, mezclada con aire, burbujeaba. Al menos, pensó, aquel desdichado no tendría que pasar por el horror del sacrificio.
Después fue abatido Piri, de un golpe en la cabeza; de inmediato, los pajes lo sacaron de aquel hervidero.
El andalusí se volvió hacia Sac Nicte y le dijo:
– ¿Es esto el fin?
– Recuerda: búscame en la siguiente vida -dijo ella, mirándolo intensamente. Y, acto seguido, intentó clavarse uno de sus propios dardos en el vientre.
Pero una mano cubierta de piel de jaguar se lo arrebató, luego la sujetó por el pelo y la lanzó contra el suelo empapado de sangre.
Lisán golpeó al hombre-jaguar que había atacado a Sac Nicte en el hombro, con todas sus fuerzas, de tal modo que le desgarró el brazo hasta el codo, dejando el hueso al descubierto. El nahual se volvió hacia él con una sonrisa maligna asomando entre sus dientes afilados, indiferente ante la herida que acababa de recibir, y unos ojos tan inhumanos que hicieron que el andalusí se estremeciera de pies a cabeza. Los pelos de la nuca se le erizaron dolorosamente.
Entonces alguien descargó una macana contra su espalda, y Lisán notó claramente cómo su columna vertebral se partía en dos.
7
Uucil Abnal despertó iluminada por las llamas y poco a poco el silencio de la noche se fue poblando de gritos desgarrados, mientras el fuego devoraba las chozas y saltaba nervioso de un tejado de paja a otro.
Unas sombras se abalanzaron hacia el poblado, envueltas en un resplandor fantasmagórico. Eran espectros de depredadores cubiertos con pieles manchadas de negro y amarillo. Corrían en medio de todo aquel caos, blandiendo las antorchas que estaban transformando la ciudad y su bosque sagrado en una inmensa pira funeraria.
Toda la selva alrededor de Uucil Abnal se había encendido como un anillo de luz brillante, enmarcando aquel escenario de destrucción. Quienes no se atrevían a enfrentarse a aquellos seres temibles corrían a la desesperada, incapaces de comprender lo que sucedía.
Ahuítzotl caminó con arrogancia entre las chozas en llamas, liderando la destrucción, embriagado del olor a humo y a sangre. Iba escoltado por el Mujer Serpiente, varios sacerdotes de Amanecer y un puñado de sus más fíeles nobles. Todos se detuvieron frente a la Gran Ceiba. El fabuloso árbol Yaxcheelcab había empezado a arder, las llamas lamían las antiquísimas piedras del templo incrustado en su tronco. Algunos sacerdotes saltaron desde lo alto para escapar de ellas y fueron a caer a los pies de los nahual, que los remataron sin miramientos, y lo mismo hicieron con los ancianos que no eran apropiados para el sacrificio.
Ahuítzotl aspiró el humo que desprendía aquella leña sagrada. El símbolo mexica de la victoria era un templo en llamas, pero nada podía compararse a la magnificencia de aquel gigantesco árbol ardiendo por los cuatro costados. Era la propia imagen de su victoria, del nuevo poder que los mexica estaban instaurando en el mundo.
Varios guerreros llegaron entonces, comandados por el Ahuacán de Amanecer. Llevaban con ellos a dos prisioneros: un hombre viejo, arropado con los símbolos de la nobleza itzá, y una mujer joven y bella. Los dos fueron obligados a arrodillarse frente al tlatoani.
– Ellos son el Ahau Canek y su hija -dijo el Ahuacán.
Uno de los nobles que acompañaban a Ahuítzotl dio un paso al frente y dijo:
– Espera, sé quiénes sois. -Señaló al hombre-. Recibí a tus embajadores en mi calpulli. [33] Tu nombre es Na Itzá, ¿no es cierto?
El itzá miró desafiante al mexica, sin tomarse la molestia de responderle.
– Y ella es tu hija, ¿verdad? -siguió diciendo este último-. Utz Colel, creo que se llama, ¿verdad? Pretendías que me casara con ella. Es gracioso.
Ahuítzotl golpeó al noble en el hombro con su abanico, para que se apartara, y se acercó a los dos cautivos.
– ¿Por qué, Topiltz? -dijo-. ¿Qué tiene de gracioso? Es una muchacha muy bella, por lo que veo. No debiste dejar pasar esa oportunidad.
Se inclinó hacia Utz Colel y, sujetándola por la barbilla, le hizo alzar el rostro.
– Muy bella, sin duda -repitió-. ¿Qué opinas, Mujer Serpiente?
– Es muy hermosa, tlatoani -dijo el sacerdote.
– ¿La aceptarías tú como esposa?
– Sin duda. Me hacéis un gran honor.
Ahuítzotl se volvió hacia la chica y le sonrió.
– Ya ves -dijo-. Finalmente vas a contraer matrimonio con un mexica, tal y como deseaba tu padre.
Dicho esto, el tlatoani alzó la vista hacia lo alto del gran árbol en llamas. El humo estaba volviendo la atmósfera casi irrespirable. Ahuítzotl se llevó a la nariz una gran flor blanca para mitigar el olor. En lo alto de la Ceiba, desde la plataforma de piedra que sustentaba la choza ocupada por el Uija-tao, un puñado de sacerdotes resistía impasible las llamas y el humo que se alzaban hacia ellos. El tlatoani preguntó: