– Eve -dijo Whitey con suavidad cuando pararon de llorar- Necesito saber más cosas de Roman Fallow.
Eve asintió con la cabeza, como si hubiera estado esperando que le hicieran esa pregunta, pero en aquel momento no dijo nada. Se mordía la piel del dedo pulgar y miraba con atención las migas que había sobre la mesa.
– ¿El memo ése que va haraganeando por ahí con Bobby O'DoneII?- le preguntó su padre.
Whitey le hizo un gesto con el brazo y miró a Sean.
– Eve -dijo Sean, a sabiendas que era ella a la que tenían que hacer hablar.
Seguro que les costaría más convencerla que a Diane, pero les contaría detalles más pertinentes.
Ella lo miró.
No va a haber represalias, si es eso lo que te preocupa. Cualquier cosa que nos cuentes de Roman Fallow o de Bobby quedará entre nosotros. Nunca se enterarán de que nos lo has contado tú.
– ¿Qué pasará cuando esto llegue a los tribunales? ¿Eh? – preguntó Diane- ¿Qué pasara entonces?
Whitey le lanzó una mirada a Sean que decía: «Ahí te las apañes». Sean se centró en Eve y le dijo:
– A no ser que vieras cómo Roman o Bobby sacaban a Katie del coche…
– No.
– Entonces el fiscal del distrito no puede obligarte a declarar en un juicio público, Eve. Sin lugar a dudas, te lo pediría con insistencia, pero no podría obligarte.
– No los conoce -remarcó Eve.
– ¿A Bobby y a Roman? ¡Y tanto que les conozco! Encarcelé a Bobby nueve meses cuando estuve en el Departamento de Narcóticos. -Sean alargó la mano y la dejó en la mesa, a unos pocos centímetros de la de elIa-. Y me amenazó. Pero eso es todo lo que él y Roman son: unos simples charlatanes.
Eve, observando la mano de Sean con una media sonrisa amarga y con los labios fruncidos, respondió poco a poco:
– ¡Y… una mierda!
– ¡Haz el favor de no hablar así en esta casa! -le ordenó su padre.
– Señor Pigeon -dijo Whitey.
– ¡Ni hablar! -exclamó Drew-. Es mi casa y las normas las dicto yo. No permitiré que mi hija hable como si…
– Era Bobby – declaró Eve.
Diane soltó un pequeño grito de asombro y se la quedó mirando como si hubiera perdido el juicio.
Sean vio cómo Whitey arqueaba las cejas.
– ¿Qué era Bobby? -le preguntó Sean.
– Con quien salía. Katie salía con Bobby, y no con Roman.
– ¿Jimmy lo sabe? -le preguntó Drew a su hija.
Eve se encogió de hombros de esa forma tan hosca, típica de la gente de su edad, con un lento movimiento del cuerpo que indicaba que le importaba tan poco que ni se molestaba en esforzarse.
– ¡Eve! -exclamó Drew-. ¿Lo sabía o no lo sabía?
– Sí y no -respondió Eve. Suspiró, inclinó la cabeza hacia atrás y se quedó mirando el techo con sus ojos oscuros-. Sus padres se creían que habían reñido porque, durante un tiempo, así lo creía ella. El único que no pensaba que su relación se había terminado era Bobby. No quería aceptarlo e insistía en volver. Una noche estuvo a punto de lanzarla desde el rellano de un tercer piso.
– ¿Lo viste con tus propios ojos? -le preguntó Whitey.
Negó con la cabeza y contestó:
– Katie me lo contó. Se lo encontró en una fiesta hará un mes o unas seis semanas. La convenció para que saliera al vestíbulo a hablar con él, pero el piso se encontraba en la tercera planta, ¿entiende lo que le quiero decir?- Eve se secó el rostro con la palma de la mano, aunque daba la impresión de que, por el momento, ya no iba a llorar más-. Katie me contó que no hacía más que repetir a Bobby que lo suyo ya había terminado, pero Bobby no quería hablar de eso y, al final, se enfadó tanto que la cogió por los hombros y la levantó sobre la barandilla. La sostuvo un buen rato así, por encima de la escalera. ¡A tres pisos de altura, el psicótico! Y le dijo que si no seguía saliendo con él, la haría pedazos. Y que ella sería su chica hasta que a él le diera la gana, y que si no lo aceptaba la dejaría caer en aquel preciso instante.
– ¡Santo cielo! -exclamó Drew Pigeon, después de unos momenlos de silencio-. ¿ Conocéis realmente a gente así?
– Bien, Eve -dijo Whitey-, ¿qué le dijo Roman cuando la vio en el bar el sábado por la noche?
Eve no dijo nada durante un rato.
– ¿Por qué no nos lo cuentas, Diane? -sugirió Whitey.
Diane, que parecía necesitar un trago, respondió:
– Se lo hemos contado a Val. Ya debería ser suficiente.
– ¿A Val? -preguntó Whitey-. ¿A Val Savage?
– Esta misma tarde ha venido a vernos -apuntó Diane.
– ¿Le habéis contado lo que os dijo Roman y no nos lo queréis contar a nosotros?
– Él es de la familia -contestó Diane; después cruzó los brazos sobre el pecho y les dedicó su mejor mirada de «que os jodan, polis».
– Ya se lo contaré yo -declaró Eve-. ¡Santo Dios! Le dijo que no le había hecho ninguna gracia enterarse de que estábamos borrachas y haciendo el tonto por ahí, y que con toda probabilidad, a Bobby tampoco le gustaría nada, y que lo mejor que podíamos hacer era volver a casa.
– Así pues, os marchasteis.
– ¿Ha hablado con Roman alguna vez? -le preguntó-. Tiene una forma de decir las cosas que parece que te esté amenazando.
– ¿Eso es todo?- preguntó Whitey-. ¿No visteis que os siguiera hasta fuera del bar o algo así?
Negó con la cabeza.
Miraron a Diane.
Diane se encogió de hombros y contestó:
– La verdad es que estábamos bastante borrachas.
– ¿Volvisteis a verlo esa misma noche? ¿Alguna de las dos?
– Katie nos trajo hasta aquí con su coche -respondió Eve-. Nos dejó delante de la puerta. Fue la última vez que la vimos -tartamudeó un poco y apretó el rostro como si fuera un puño, al tiempo que volvía a inclinar la cabeza hacia atrás, miraba hacia arriba e inspiraba aire.
– ¿Con quién tenía intención de marcharse a Las Vegas? -le preguntó Sean- ¿Con Bobby?
Eve se quedó mirando el techo durante un buen rato; la respiración se le había vuelto líquida.
– Con Bobby, no -respondió al cabo de un rato.
– ¿Con quién, Eve? -insistió Sean-. ¿Con quién pensaba marcharse a Las Vegas?
– Con Brendan.
– ¿Con Brendan Harris? -preguntó Whitey.
– Sí -confirmó ella-. Con Brendan Harris.
Whitey y Sean se miraron uno al otro.
– ¿Con el hijo de Ray? -preguntó Drew Pigeon-. ¿Ese que tiene un hermano mudo?
Eve asintió con la cabeza y Drew se volvió hacia Sean y Whitey.
– Es un chico majo. Inofensivo.
Sean hizo un gesto de asentimiento y espetó:
– Sí, claro. Inofensivo.
– ¿Tienes su dirección? -preguntó Whitey.
Cuando llegaron a casa de Brendan Harris, no había nadie; por lo tanto, Sean pidió ayuda y ordenó a dos policías que vigilaran la casa y que les avisaran cuando regresaran los Harris.
A continuación, se dirigieron a casa de la señorita Prior, y tuvieron que quedarse allí tomando té, comiendo pasteles de café pasados y mirando Touched by an Angel [8] con el volumen tan alto que a Sean aún le retumbaba DelIa Reese en la cabeza una hora después de que gritara «Amén» y hablara de la redención.
La señorita Prior les contó que la noche anterior se había asomado por la ventana a eso de la una y media de la madrugada, y que había visto a dos niños jugando en la calle, niños pequeños, en la calle a aquellas horas, lanzándose latas uno al otro, haciendo esgrima con palos de hockey y diciendo palabrotas. Había pensado en decirles aIgo, pero las mujeres mayores debían andarse con cuidado. En los tiempos que corrían los niños estaban locos, disparaban en las escuelas, llevaban aquella ropa ancha y no paraban de decir tacos. Además, aI cabo de un rato los niños empezaron a perseguirse uno al otro calle abajo y, por lo tanto, ya había dejado de ser problema suyo; sin embargo, la forma en la que se comportaban los chicos actualmente…¿Era ésa la forma correcta de vivir?