La caja fue puesta de nuevo en su lugar y cerrada. Todos los agentes en activo vivían «existencias» distintas en la mayor parte de las ciudades de su territorio. Bond disponía de cajas similares en París, Roma, Viena, Madrid, Berlín y Copenhague. Y sabía además cómo hacerse con material parecido con sólo una hora de tiempo en Washington, Nueva York, Miami y Los Angeles.
A todos los efectos, era ahora el señor James Boldman. Fuera, Pearlman paseaba, confundiéndose con el ambiente del lugar. El recién creado Boldman vio cómo un chofer de taxi hablaba con su pasajero al otro lado de la calle. Los conocía a ambos y se sintió tranquilo al saber que había un equipo de vigilancia allí cerca.
– A partir de ahora todo es cosa suya, Pearly -indicó a su compañero.
– De acuerdo. Iremos al aeropuerto de Heathrow. Como tenemos tiempo suficiente, no hay por qué darse prisa.
Llamaron a un taxi.
Una vez en Heathrow, Pearlman se dirigió al mostrador del puente aéreo de helicópteros Heathrow-Gatwick.
– Salimos en el vuelo de mediodía hacia Charlotte, Carolina del Norte. – Sonrió, a juicio de Bond, con un aire demasiado satisfecho. Pearlman tenía ya 1os billetes de la Piedmont Airlines PI 161-. Disponemos de asientos en el puente aéreo. Pero podemos pasar el control aquí. Hay que hacerlo con tiempo.
Eran exactamente las once. Si Pearlman quería zafarse de la vigilancia, obraba adecuadamente, aunque Bond sabía que el equipo formularía sus preguntas. Tendrían el tiempo justo antes de que una segunda unidad fuera tras ellos. Después se hallaría «fuera de límites» y sólo personal autorizado del Servicio Secreto de Inteligencia combinado con la CIA podría encargarse de vigilarlos.
Llegaron a Gatwick con tiempo de sobra, y conforme subían al PI 161, Bond se sintió bastante alarmado al ver allí nada menos que a David Wolkovsky, el miembro de la CIA en Londres, junto con otro agente, situados tras ellos en la cola de pasajeros para subir al aparato. Si los Humildes sabían lo que, según él, debían saber, Wolkovsky carecía por completo de protección. A menos que -aquella idea le vino a la cabeza con la violencia de un dardo envenenado- Wolkovsky fuese el agente de penetración de los Humildes encargado de comunicar a Scorpius o a sus ayudantes los movimientos que observara.
Cuanto más pensaba en aquello menos le gustaba a Bond tener a Wolkovsky a su espalda. El jefe de la CIA en Londres debía tener acceso a la mayor parte de los movimientos que efectuara su propia gente, el departamento, el M15, y el propio servicio de Bond. No había pensado antes en dicha posibilidad. Pero ahora el esquema empezaba a cobrar mucho significado.
Ya en el departamento de primera clase, luego de haber despegado, se inclinó hacia adelante para advertir a Pearlman:
– Es como tener a una tortuga pisándonos los talones.
– Habrá que actuar con rapidez, una vez en Charlotte. Nada de entretenerse. Deme el número de ese hombre en cuanto pueda.
– Me alegra decir que parece viajar en tercera, pero ya veremos.
Pearlman le dirigió una rápida sonrisa.
– Hay cosas que debe usted saber. Primero, descansaremos hasta llegar a Charlotte. -Continuó explicando todo lo demás. Una vez en Charlotte conectarían con el vuelo a Hilton Head, que era donde iba a empezar la diversión-. Scorpius tendrá allí a alguien durante todo el día para vigilar a quien llega. En cuanto nos detecten llamará a la isla. Y una vez en ésta terminará la libertad de usted. Saldrán a nuestro encuentro con una limusina. Yo no he estado nunca allí, desde luego, pero creo que ese hombre es dueño de una gran extensión en el sector del noroeste. Antes era una plantación y está protegida por árboles en tres de sus lados, mientras que en el cuarto tiene el Océano Atlántico. La isla está dotada de controles de seguridad, pero los residentes con fincas como la «Ten Pines», es decir, la de Scorpius, poseen además sus propios controles, con personal de servicio las veinticuatro horas del día para evitar a los muchos turistas que van a la isla. Me han dicho que el tiempo que hace allí es impresionante, fabuloso, y que todo se paga a muy alto precio. Pero es mucha la gente que vive en la isla y también acuden los que van de vacaciones y los que asisten a los torneos de golf y las convenciones. Todos afirman que es un paraíso.
La limusina los llevaría directamente a «Ten Pines», y una vez allí contarían la historia de que Bond había accedido a acompañar a Pearly cuando éste le contó que retenían cautiva a Harriett.
– Supongo que la chica estará allí, ¿verdad?
– Eso es lo que me han asegurado. Usted adquiere ahora la reputación de un caballero vestido de brillante armadura -comentó Pearlman mirándolo de soslayo-. Se me han dado instrucciones para decirle que todo esto no sólo será bueno para usted, sino también para Harriett. A ella no se le hará ningún daño. Afirmaron que usted no lo resistiría. ¿Es así?
– Depende. Estoy haciendo esto por usted y por su hija, Pearly. Si vengo es también porque no parece existir otro medio de acercarse a ese diablo, y yo siempre he dicho que si uno se acerca al diablo tiene más posibilidades de poder vencerlo…, como es propio de mi oficio. Sigo interesado en saber por qué me eligieron a mí en particular.
– Han estado pendientes de usted, desde que salió de Hereford. -Frunció el ceño como si intentara deducir por pura lógica por qué tenía que ser precisamente Bond.
Un poco más tarde, después de haber comido, manifestó que a lo mejor Bond sería retenido como prisionero.
– Pero no se preocupe. En cuanto haya averiguado dónde se encuentra Ruth, ya encontraré la manera de soltarle… y también a esa Horner.
– No sabe cuánto se lo agradecería, Pearly. No me alegra la perspectiva de verme encarcelado por Scorpius, aunque sea por breve tiempo. Porque incluso los invitados de ese hombre pueden sufrir un lamentable accidente cuando menos lo piensen. -Luego, como si hablara consigo mismo, añadió-: Me pregunto si también tendrán ahí a la joven Shrivenham.
– No me sorprendería -respondió Pearlman acomodándose mejor para ver la película que estaban proyectando. Aunque Bond ya la conocía, la vio de nuevo de cabo a rabo. Tratábase de El Intocable [3], en el que uno de sus actores favoritos interpretaba el papel de un policía de Chicago.
Aterrizaron en Charlotte poco después de las cuatro y cuarto, hora local. Pearly se mantenía muy cerca de Bond, yendo detrás de él con su hombro izquierdo casi tocándole la espalda. Tuvieron el tiempo justo para el control del vuelo hasta Hilton Head y pasar luego brevemente por la sala de espera antes de ser trasladados al cómodo y silencioso Dash-7, que pareció remontarse por el aire casi antes de haber empezado a correr por la pista. En cuanto a Wolkovsky, no vieron ni rastro de él.
Ahora estaban aproximándose al pequeño aeropuerto, mientras el sol se transformaba lentamente en una bola roja que dentro de una hora quedaría oculta para dar paso a la noche. Abajo, el aeropuerto aparecía ordenado y limpio con sus pulcras hileras de aviones privados amarrados y protegidos para pasar la noche.
Los pasajeros que esperaban para trasladarse a Charlotte permanecían sentados en el jardín, fuera del cobertizo que servia como sala de espera para las llegadas y partidas. Conforme bajaban la escalerilla del avión, Bond distinguió enseguida al comité de recepción. Había un chófer de uniforme junto a una larga limusina que parecía capaz de albergar a todo un equipo de fútbol, y más cerca, tres jóvenes con trajes ligeros de color gris, camisa blanca y corbatas idénticas. Conforme se aproximaron a ellos, Bond pudo ver que sus corbatas eran de seda azul marino y que cada una llevaba un dibujo idéntico: La Α y la Ω entrelazadas, es decir, el mismo que figuraba en las tarjetas de crédito Avante Carte.
[3] En realidad se trata de "Los Intocables" ("The intouchables", Brian de Plama, 1986), que recrea la persecución del gangster Al Capone (Robert de Niro) por parte del agente del tesoro Elliot Ness (Kevin Costner). En la película, Ness es ayudado por un policía de Chicago interpretado por Sean Connery, quien se hizo famoso con las películas de James Bond.