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El portero señaló hacia la vuelta de la esquina del mostrador de recepción.

Aflojé la corbata al poli sólo por disimular e hice como si me dirigiese a los teléfonos, pero, nada más volver la esquina, me colé por una puerta de servicio, bajé por unas escaleras y salí del hotel por las cocinas. Me encontré en un callejón que daba a Saarland Strasse y me dirigí rápidamente a la estación de Anhalter. Se me pasó por la cabeza subirme a un tren, pero entonces vi el túnel que conectaba la estación con el Excelsior, el mejor hotel de Berlín, después del primero. A nadie se le ocurriría buscarme allí. No tan cerca del lugar más evidente por el que escabullirse. Por otra parte, el bar del Excelsior era en verdad excelso. No hay cosa que dé más sed que tumbar a un policía.

2

Fui derecho al bar, pedí un schnapps largo y lo apuré como si estuviésemos a mediados de enero.

Había muchos policías por allí, pero sólo reconocí a Rolf Kuhnast, el detective del hotel. Antes de la purga de 1933, Kuhnast estaba en Potsdam, en la policía política, y habría sido un buen candidato para ingresar en la Gestapo, salvo por dos detalles: primero, que había sido él quien, en abril de 1932 y cumpliendo órdenes de Hindenburg de prevenir un posible golpe nazi, había dirigido el destacamento que debía arrestar al conde Helldorf, jefe de las SA. Y segundo, que ahora el nuevo director de la policía de Potsdam era Helldorf.

– Hola -dije.

– ¡Bernie Gunther! ¿Qué trae al Excelsior al detective fijo del hotel Adlon? -preguntó.

– Siempre se me olvida que esto es un hotel. He venido a sacar un billete de tren.

– Qué gracioso eres, Bernie. Siempre lo has sido.

– Yo también me reiría si no hubiese tanta policía por aquí. ¿Pasa algo? Sé que el Excelsior es el abrevadero predilecto de la Gestapo, pero, por lo general, son más discretos. Hay algunos tipos por aquí que, a juzgar por la frente que lucen, parece que acaben de llegar del valle de Neander arrastrando los nudillos por el suelo.

– Nos ha tocado un VIP -se explicó Kuhnast-. Un miembro del Comité Olímpico de los Estados Unidos se aloja en el hotel.

– Creía que el hotel olímpico oficial era el Kaiserhof.

– Lo es, pero ha habido un cambio de última hora y no han podido darle habitación allí.

– En ese caso, supongo que también el Adlon estará completo.

– Venga, tócame las narices tú también -dijo Kuhnast-, no te prives. Esos zoquetes de la Gestapo llevan todo el día haciéndolo, conque sólo me faltaba que ahora viniese un graciosillo del Adlon a ponerme firmes.

– No he venido a tocarte las narices, Rolf. En serio. Oye, ¿por qué no me dejas que te invite a un trago?

– Me sorprende que te lo puedas permitir, Bernie.

– No me importa que me lo den gratis. Si el gorila de la casa no tiene por dónde agarrar al barman, es que no hace bien su trabajo. Déjate caer por el Adlon algún día para que veas qué gran filántropo es nuestro barman cuando lo han pillado con las manos en la caja.

– ¿Otto? No te creo.

– No hace falta, Rolf, pero Frau Adlon me creerá y no es tan comprensiva como yo. -Pedí otro trago-. Vamos, tómate uno. Después de lo que me ha pasado, necesitaba algo que me contuviese las tripas.

– ¿Qué te ha pasado?

– Eso es lo de menos. Digamos sencillamente que no se arregla con cerveza.

Me metí el segundo schnapps detrás del primero.

Kuhnast sacudió la cabeza.

– Me gustaría, Bernie, pero a Herr Elschner no le haría ninguna gracia que dejase de vigilar a esos cabrones nazis, por si le roban los ceniceros.

Esas palabras aparentemente indiscretas se debían a su conocimiento de mi pasado republicano, pero, aun así, Kuhnast sabía lo necesaria que era la prudencia y me llevó fuera del bar, cruzamos el vestíbulo y salimos al Patio Palm. Era más fácil hablar con libertad al amparo de la orquesta del hotel. La verdad es que últimamente de lo único que se puede hablar en Alemania sin comprometerse es del tiempo.

– Entonces, ¿la Gestapo ha venido a proteger a un Ami? -Sacudí la cabeza-. Creía que a Hitler no le gustaban.

– Éste en particular ha venido a dar una vuelta por Berlín, a comprobar si estamos preparados o no para albergar las Olimpiadas de dentro de dos años.

– Al oeste de Charlottenburg hay dos mil obreros que tienen la firme impresión de que ya lo estamos celebrando.

– Al parecer, muchos Amis quieren boicotearlas debido al antisemitismo de nuestro gobierno. Éste en particular ha venido a buscar pruebas, a ver con sus propios ojos si Alemania discrimina a los judíos.

– Me extraña que, para una misión tan cegadoramente evidente, se haya tomado la molestia de buscar hotel.

Rolf Kuhnast me devolvió la sonrisa.

– Por lo que he oído, es una mera formalidad. En estos momentos se encuentra en una de las salas de actos del hotel recibiendo una lista de medidas que el ministro de Propaganda ha elaborado ex profeso.

– ¡Ah, ya! Medidas de esa clase. Claro, por supuesto; no queremos que nadie se lleve una falsa impresión de la Alemania de Hitler, ¿verdad? Es decir, no es que tengamos nada en contra de los judíos, pero, ¡ojo! En esta ciudad hay un nuevo pueblo elegido.

Era difícil comprender por qué podía un americano estar dispuesto a pasar por alto las medidas antisemitas del nuevo régimen, sobre todo cuando la ciudad estaba sembrada de ejemplos notorios. Sólo un ciego podría dejar de ver las barbaridades ofensivas de las tiras cómicas -en primera plana de los periódicos nazis más fanáticos-, las estrellas de David pintadas en los escaparates de los establecimientos judíos y las señales de paso exclusivo para alemanes de los parques públicos… por no mencionar el miedo puro que llevaba en la mirada hasta el último judío de la patria.

– Brundage, el Ami se llama Brundage.

– Suena alemán.

– Ni siquiera lo habla -dijo Kuhnast-, conque, mientras no se encuentre con judíos que hablen inglés, todo debería ir como la seda.

Eché una ojeada al Patio Palm.

– ¿Hay peligro de que pueda suceder?

– Teniendo en cuenta la visita que va a recibir, me extrañaría que hubiese un judío en cien metros a la redonda.

– No será el Guía.

– No, su sombra oculta.

– ¿El representante del Guía viene al Excelsior? Más vale que hayáis limpiado los lavabos.

La orquesta cortó en seco la pieza que estaba tocando, atacó el himno nacional alemán y los clientes del hotel se pusieron en pie y levantaron el brazo derecho en dirección a la entrada del patio. No me quedó más remedio que hacer lo mismo.

Rudolf Hess, con uniforme de las SA, entró en el hotel rodeado de guardias de asalto y hombres de la Gestapo. Tenía la cara más cuadrada que un felpudo, pero menos acogedora. Era de estatura media, delgado y con el pelo oscuro y ondulado, frente transilvana, ojos de hombre lobo y la boca más fina que una cuchilla de afeitar. Nos devolvió el saludo mecánicamente y subió las escaleras del hotel de dos en dos. Su actitud entusiasta me recordó la de un perro alsaciano cuando su amo austriaco lo suelta para que vaya a lamer la mano al representante del Comité Olímpico de los Estados Unidos.

Tal como iban las cosas, yo también tenía que ir a lamer una mano: la de un hombre de la Gestapo.

3

Oficialmente, como detective fijo del Adlon, mi función consistía en mantener el hotel limpio de matones y homicidas, pero no era una tarea fácil cuando los matones y homicidas eran oficiales del Partido Nazi. Algunos, como Wilhelm Frick, el ministro de Interior, incluso habían cumplido condena en prisión. El ministerio se encontraba en el Unter den Linden, a la vuelta de la esquina del Adlon, y, como ese auténtico zopenco bávaro con una verruga en la cara tenía una amiga que casualmente era la mujer de un prominente arquitecto nazi, entraba y salía del hotel a todas horas. Es probable que la amiga también.