– Sí, jefe.
Gil escuchó cómo Lenox descolgaba un teléfono y marcaba un número. Él mismo preguntó por el tal Eloy. Luego le pasó el auricular al otro.
– Soy Froilán -tras una leve pausa, continuó-: Oye, mira, tengo malas vibraciones, veo fantasmas por todas partes y…, no me gusta, ¿entiendes? No me gusta nada -la siguiente pausa fue igual de corta-. Me da lo mismo. Vamos a terminar con esto por la vía rápida, así que será mejor que te cargues a la chica -otra pausa más larga-. ¡Cono, vale, pero como la relacionen con la muerte de esa imbécil…! -hubo una cuarta pausa, más breve que la anterior-. ¡Sí, nos descuidamos, se metió aquí y descubrió el pastel, de acuerdo! -gritó el llamado Froilán-. ¡Y también sé que Lenox metió la pata, porque ese cadáver no tenía que haber aparecido nunca!
– Yo no metí la pata -intervino Lenox-. Fue mala suerte…
– ¡Cállate! -gritó Froilán Palacios. Y volvió a hablar con Eloy-: Escucha, no pasa nada, ¡será por crías! ¡El mundo está lleno de crías más perdidas y solas que la una! Tú ocúpate de esa, yo llamaré a los demás. Vamos a esperar a que pase la tormenta y ya está -otra pausa más dramática-. ¡Que se jodan esos babosos! ¡Hazlo, Eloy! ¡Yo me ocuparé de limpiar esto, pero no quiero cabos sueltos! ¡Si la tienes comprometida esta noche, hazlo mañana, pero hazlo y que no encuentren más cadáveres!
Colgó el auricular.
Gil seguía inmóvil, detrás del sofá.
– ¿Y qué hacemos con la otra, Úrsula? -preguntó Lenox.
– ¿Sabe algo?
– No, pero no es tonta.
– Me dijiste que no era como la Martita esa de los cojones.
– Y no lo es. Además, la tengo contenta.
– Podrías darle algo fuerte y…
– Podría.
– O que escriba una carta diciendo que se larga a ver mundo.
– No sé.
Froilán Palacios debió de dar un puñetazo sobre la mesa. Gil tuvo una sacudida.
– Dime una cosa, y no la cagues, ¿vale? ¿Es de fiar?
– Está asustada.
– Pero no es más que una cría, y ya sabes el dicho: quien con niños se acuesta…
– Si la matamos, será peor. Ella tiene familia, y era amiga de la otra. Puede que sumen dos y dos.
– ¿Y qué quieres que haga? -volvió a gritar el hombre.
Su voz murió al nacer otra muy cerca, en el pasillo. Alguien llamó a la puerta. Gil ya había reconocido a su amiga, la caribeña.
– ¿Y ahora qué coño pasa? -rezongó Froilán Palacios.
Fue Lenox el que abrió la puerta. Desde su escondite, Gil vio la parte inferior de las piernas de la mujer.
– ¡S'ha ío!
– ¿Qué?
– ¡Mi chico! ¡No et'tá! ¡S'ha ío!
Gil apretó los puños.
– ¡Maldita sea! ¡La madre que me…! -empezó a gruñir el dueño del Aurora-. ¿Es que aquí nadie puede hacer bien su trabajo? ¿Dónde coño…?
Fue el primero en salir por la puerta, empujando a la caribeña. Lenox le siguió. Ella iba repitiendo las mismas frases, y que no tenía la culpa. Por un momento, Gil apenas pudo creerse su suerte.
No se lo pensó dos veces.
Se puso en pie, se acercó a la ventana, solo para comprobar que también tenía barrotes al otro lado, y luego echó a correr hacia la puerta. No tenía más que decir que había ido al coche a buscar…
Ni siquiera llegó a meterse del todo en el pasillo.
La mano de Lenox le cayó encima desde la parte de la derecha. Le empujó hacia el interior del despacho y, antes de que Gil pudiera abrir la boca, el musculitos se la cerró de un puñetazo.
Froilán Palacios apareció entre las estrellitas que de pronto empezaron a danzar por el interior de su cabeza.
– ¿Y este quién coño es? -se preguntó, alucinado.
– Estaba aquí, jefe -fue explícito Lenox-, así que lo habrá oído todo.
El dueño del Aurora se arrodilló a su lado. Le cogió por el pelo.
– ¿Tú de qué vas? -le escupió a la cara.
Gil le mostró todo su miedo.
Intentó hablar, mentir, decir la verdad, lo que fuera… Pero no pudo.
– ¡Joder! ¿Qué está pasando aquí? -volvió a levantarse Froilán Palacios-. ¿De dónde mierda están saliendo tantos críos?
Le tocó el turno a Lenox.
– Habla.
Gil tenía la garganta seca y los ojos vidriosos.
– ¡Habla!
Fue un golpe tonto. Un puñetazo fuerte, pero no destinado a dejarle inconsciente. Lo malo fue que la cabeza le salió rebotada contra el canto más duro del sofá.
Gil se alegró de marcharse de allí, aunque fuera para adentrarse en aquella fría y oscura noche interior.
Capítulo 3
Julia se preguntaba cuánta adrenalina era capaz de soportar el cuerpo antes de dispararse y pasar a la fase de ataque de nervios incontrolado y total.
A la media hora ya estaba impaciente; a los cuarenta y cinco minutos, tan asustada que por dos veces tuvo el móvil en la mano para llamar a Gil, o a su padrino. Al cumplirse la hora, no podía más. O su compañero se lo estaba pasando de muerte, y daba por descontado que no era así, o… ¿O qué?
No tenía respuesta.
Solo aquella sensación de agobio en la que le costaba incluso respirar.
Le dolían el pecho, la cabeza y cada uno de sus músculos.
Salió de entre los árboles que la protegían a ella y a la moto, y caminó primero a lo largo de la carretera, por la que apenas había tráfico. En aquella hora, cuatro coches se habían parado en el Aurora, y dos clientes se habían marchado con los suyos. Cuando se cansó de aquella inutilidad, cruzó la calzada y contempló más de cerca el club, sin saber qué hacer.
Si esperar o… De nuevo la misma pregunta: ¿O qué?
Rodeó el edificio por la parte de la derecha, con cuidado, intentando pasar inadvertida, aunque si alguien salía y la sorprendía, no tenía la menor forma de justificar su presencia allí, salvo, quizá, decir que había seguido a su novio porque sospechaba de él.
Paso a paso, fue rodeando el local, que por la parte de atrás era más bien feo e insulso.
Llegaba a la parte izquierda, para salir de nuevo a la carretera, cuando se abrió una puerta por ese lado y lo único que pudo hacer fue ocultarse detrás de dos bidones vacíos y herrumbrosos. Casi no le extrañó ver a Lenox, iluminado por una luz cenital, al que reconoció sin esfuerzo por su pinta de generosa musculatura. El hombre se acercó hasta una camioneta aparcada en solitario, se subió a ella y la puso en marcha, maniobrando hasta situar la parte trasera de cara a la puerta por la que él había salido. Bajó, volvió a entrar en la casa y no tardó en reaparecer.
Cargando un bulto.
Una persona.
Inconsciente o muerta.
– ¡Gil…!
Ahogó el grito en su garganta y, asustada hasta el límite, contempló el final de la escena, cómo Lenox dejaba a su amigo en la parte de atrás, sin miramiento alguno, y después, cómo entraba de nuevo en la casa, dejando la puerta abierta con la clara intención de volver a salir.
Iba a llevárselo. Iba a…
Reaccionó. Se jugó el todo por el todo. Salió de su escondite y echó a correr hacia la carretera. La cruzó sin mirar, alcanzó la moto y se puso el casco. Su bolso estaba en el compartimento de debajo del sillín. Aún no había arrancado cuando la camioneta salió del aparcamiento del club Aurora y enfiló hacia su izquierda.
Julia puso en marcha la moto.
Y cuando la camioneta se encontraba a unos treinta metros de distancia, salió de su escondite y fue tras ella.
– ¡Mierda! -tuvo ganas de llorar.
¿Por qué le había dejado hacerlo? ¿Por qué no habían llamado a su padrino? ¿Por qué, al ver que no salía, no hizo algo antes? ¿Por qué…?
– Gil, no… No, por Dios.
No podía parar la moto para llamar. Si lo hacía, adiós contacto visual. Ni conducirla y telefonear al mismo tiempo, porque a duras penas lograba mantener una velocidad de crucero para no perder a la camioneta. Y menos mal que Gil le había dejado llevar su precioso vehículo un par de veces. De no haber sido por eso…