– …una inversión importante por nuestra parte,- decía Webb, -pero Mayfield siempre ha sido fiable.
La atención de Roanna se concentro de repente, atraída por el nombre que Webb acababa de mencionar, y recordó el chisme que había oído aquella misma tarde.
Lucinda asintió. -Suena interesante, aunque, por supuesto…
– No,- dijo Roanna.
El silencio se hizo en la habitación, roto tan solo por el apagado tic-tac del viejo reloj sobre la repisa de la chimenea.
Era difícil decir quién estaba más atónito, Lucinda, Webb, o la misma Roanna. Algunas veces creyó que Lucinda debería reconsiderar sus decisiones, y de forma mesurada le había expuesto su razonamiento, pero nunca había discrepado rotundamente con ella. No como acababa de hacer. No lo había dejado salir como “bueno-vamos-a-pensárnoslo”, sino que fue una declaración firme y tajante.
Lucinda se recostó en el sofá, parpadeando levemente por la sorpresa. Webb se había girado ligeramente en el asiento para poder mirarla de frente y se quedó contemplándola durante un rato tan largo que se le tensó hasta el último de sus nervios. Había un extraño destello en sus brillantes y ardientes ojos.
– ¿Por qué? – preguntó finalmente, en tono suave.
Roanna deseó desesperadamente haber mantenido la boca cerrada. Su impulsiva negación se basaba únicamente en un cotilleo que había oído esa tarde en la reunión para organizar el Festival musical. ¿Y si después de que Webb la escuchara, le dirigía una condescendiente sonrisa, como un adulto al escuchar el inverosímil pero divertido razonamiento de un niño, y volvía a su discusión con Lucinda? Su nuevo y preciado sentimiento de autoconfianza se marchitaría en su interior.
Lucinda se había acostumbrado a prestar atención a las observaciones de Roanna, pero esta las ofrecía simplemente como tales, y dejaba la decisión final a su abuela. Nunca antes había emitido un rotundo “no”.
– Vamos, Ro,- la engatusó Webb. -Tú observas a la gente, notas cosas que a los demás se nos escapan. ¿Qué sabes sobre Mayfield?
Ella inspiró profundamente y cuadró los hombros. -Es solo algo que oí hoy. Mayfield necesita dinero desesperadamente. Naomi lo abandonó ayer, y se comenta que le va a sacar una enorme pensión, porque lo pillo en el cuarto de la colada con una compañera del colegio de Amelia que había venido de visita durante un par de semanas. Es más, según lo que se comenta, el engaño dura desde Navidad, y al parecer la chica, que acaba de cumplir diecinueve años, está embarazada de cuatro meses.
Se hizo un silencio sepulcral y entonces Lucinda dijo, -Creo recordar que Amelia trajo una amiga para las vacaciones de Pascua.
Webb resopló y una sardónica sonrisa curvó su boca.- ¿Suena como si Mayfield hubiese celebrado su propio alzamiento personal?, ¿no? [3]
– ¡Webb! ¡No seas blasfemo!- Pero a pesar de su genuino sobresalto ante el comentario, el sentido del humor de Lucinda tenía una vena irreverente, y trató de contener la sonrisa mientras lanzaba una consternada mirada de reojo a Roanna.
– Lo lamento,- se disculpó rápidamente Webb, aunque sus ojos seguían teniendo un brillo malicioso. Había sorprendido la mirada que Lucinda dirigió a Roanna, como si la alarmara que esta oyera un comentario subido de tono. Era una actitud pasada de moda, proteger a una virgen, fuera cual fuera su edad, de cualquier insinuación sexual. Que Lucinda creyera que Roanna aún era virgen significaba que no había habido ninguna relación amorosa en la vida de esta, ni siguiera en la Universidad.
Lucinda había tenido toda la razón, pensó Webb, acelerándosele el corazón cuando una imagen de aquella noche en Nogales destelló en su mente. Roanna había sido virgen, hasta aproximadamente una hora después de que se hubiera acercado a él en aquella barra de bar. Ese era todo el tiempo que había necesitado para tenerla desnuda, tumbada de espaldas y penetrada.
Los recuerdos pasaron a través de él como suaves destellos, estimulando cada terminación nerviosa, hasta el punto del dolor. La sensación de su suave y esbelto cuerpo bajo él había sido… perfecta. Sus pechos, plenos y deliciosos y tan delicadamente formados… perfectos. Su cálido y apretado canal alrededor de su verga… perfecto. Y la manera en que sus brazos se habían curvado tan confiadamente alrededor de su cuello, el modo en que su espalda se había arqueado, la deslumbrante y apasionada expresión en su cara mientras se corría…Dios, había sido tan perfecto que lo dejó sin aliento.
Tenia la polla dura como el acero. Se removió incómodamente en la silla, alegrándose de estar tras el escritorio. Eso era lo que conseguía por permitirse pensar en aquella noche, en el absoluto éxtasis de correrse dentro de ella. Lo que había hecho, reconoció. Varias veces, de hecho. Y ni una sola vez habían usado condón.
Nunca antes en su vida había sido tan descuidado, sin importar cuánto hubiera bebido. Se le erizó todo el vello del cuerpo, como si hubiera sufrido una descarga eléctrica. El control de natalidad no había pasado por su mente, esa noche, ni una sola vez; con el instinto primitivo de un macho la había tomado una y otra vez, imprimiéndose sobre su carne, y, reclamándola de la forma más primitiva, había vertido su semen en ella. Durante aquellas horas largas, su cuerpo había tomado el control sobre su mente, aunque tampoco es que esta hubiera estado en plena forma de todos modos. El cuerpo no tenía conciencia; con un instinto forjado por miles de años, la había reclamado como suya y ambicionó forjar un lazo irrompible dejándola embarazada, de modo que su dos identidades se mezclaran en una sola.
Le costó un gran esfuerzo mantener el rostro impasible, no saltar y agarrarla, exigiéndole saber si llevaba a su hijo en sus entrañas. Infiernos, si no habían pasado ni dos semanas; ¿cómo iba ella a saberlo?
– ¿Webb?
La voz de Lucinda se introdujo en su conciencia, y arrancó a sus pensamientos de la frustrante dirección que habían tomado. Tanto Lucinda como Roanna lo estaban mirando. La expresión de Roanna era tan remota y calmada como de costumbre, pero en aquel momento estaba tan intensamente en sintonía con ella que creyó poder ver un atisbo de ansiedad en sus ojos. ¿Estaba esperando que descartara lo que había dicho como un mero cotilleo? ¿Esperaba impasible un nuevo golpe a su amor propio?
Se frotó la barbilla mientras la contemplaba. -Lo que estás diciendo es que la vida personal de Mayfield es un lío, y crees que está tan desesperado por conseguir dinero que no actúa juiciosamente.
Ella le sostuvo la mirada. -Así es.
– ¿Y te has enterado de todo esto hoy en tu reunión?
Ella asintió solemnemente.
Él sonrió ampliamente. -Entonces, gracias a Dios por los cotilleos. Probablemente nos has salvado de un gran desastre…y a Mayfield también, porque necesita nuestro apoyo para cerrar el trato.
Lucinda bufó. -Dudo que Burt Mayfield se sienta muy agradecido, pero sus problemas personales son culpa suya.
Roanna se recostó en su asiento, un poco mareada por la facilidad con la que ambos habían aceptado su análisis. Sus emociones eran tan confusas que no sabía cómo actuar, qué hacer, así que se quedó sentada, en silencio y no hizo nada. De vez en cuando sentía que Webb la miraba, pero no se permitió buscar sus ojos. Ahora mismo, sus sentimientos estaban demasiado a flor de piel, su autocontrol era demasiado tenue; no quiso molestarlo y avergonzarse a si misma contemplándolo con lealtad perruna. La tensión de las últimas horas le estaba pasando factura; la adrenalina estaba empezando a desaparecer de su sistema, y se sentía terriblemente cansada. No sabía si podría dormir; de hecho estaba tan cansada que tenía miedo de dormirse, porque era precisamente cuando más agotada estaba y caía en un sueño profundo al que le sucedían los episodios de sonambulismo. Pero se durmiera o no, deseaba muchísimo tumbarse, aunque solamente fuera un ratito.