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Kovac lanzó una carcajada.

– Liska, siempre consigues poner las cosas en su justa perspectiva.

– Alguien tiene que evitar que te pongas taciturno.

– Nunca me pongo taciturno.

– Siempre te pones taciturno.

– No me pongo taciturno, es que soy un amargado -la corrigió Kovac.

En aquel momento pasaban delante del Rainforest Cafe, cuyos altavoces emitían sonidos de rayos y truenos, mientras uno de los loros vivos que tenían chillaba como un poseso en su jaula. La gente hacía cola para verlo.

– No es lo mismo -aseguró Kovac-. Las personas taciturnas son pasivas, mientras que los amargados somos muy activos. Es como tener un hobby.

– Todo el mundo necesita un hobby -convino Liska-. El mío es ser una mercenaria en busca del dinero fácil.

Giró hacia la entrada de Sam Goody, donde un Ace Wyatt de cartón de tamaño casi natural rodeaba con un brazo protector una caja llena de cintas de vídeo que llevaban por título Acción positiva: consejos profesionales de un policía para no convertirse en una víctima. Liska se puso las gafas de sol y posó junto a la imagen del capitán.

– ¿Qué te parece? ¿Quedamos bien juntos? -preguntó con una sonrisa de oreja a oreja-. ¿No crees que necesita una compañera más joven para ampliar su audiencia? Incluso me pondría biquini si hiciera falta.

Kovac contempló enfurruñado al capitán de cartón.

– ¿Por qué no te limitas a pedir trabajo en el topless de la tercera planta? O también podrías dedicarte a hacer la calle en Hennepin Avenue.

– Soy mercenaria, no prostituta. Hay una gran diferencia.

– No, señora.

– Sí, señor, porque los mercenarios no usan vagina.

– Joder, Tinks -masculló Kovac, sintiendo que se ruborizaba-. Lo tuyo no tiene nombre.

– ¿A qué te refieres? -preguntó Liska con una carcajada-. ¿A mi lengua o a mi batalla en apariencia infatigable por progresar?

– A mí me enseñaron a no hablar de… de estas…

Kovac se ruborizó aún más mientras echaban a andar de nuevo.

– ¿De vaginas?

Kovac la fulminó con la mirada cuando un grupo de personas se volvió para mirarlos.

– Eso explica por qué no tienes ninguna a tu disposición -continuó Liska-. Tienes que soltarte un poco, Sam, entrar en contacto con tu lado femenino.

– Si pudiera entrar en contacto con mi lado femenino, no necesitaría ninguna de esas… de esas… a mi disposición.

– Buena observación. Y además podrías tener tu propio programa de televisión, titulado El detective hermafrodita. Imagina los índices de audiencia. Podrías dejar de estar celoso de Ace Wyatt.

– No estoy celoso de Ace Wyatt.

– Ya, y yo soy Beethoven.

– A ti lo que te pasa es que te va el asistente -la pinchó Kovac.

– ¿Gaines? -exclamó Liska-. Por el amor de Dios, pero si es homosexual.

– ¿Es homosexual o es que no está interesado en ti?

– Es lo mismo.

Kovac se echó a reír.

– Tinks, eres demasiada mujer para él, en cualquier caso. Ese tipo es un capullo, y Ace Wyatt otro. Se merecen la mutua compañía.

– Claro, siempre prestando servicios sociales, ayudando a la gente, trabajando con las víctimas… Qué cabrón.

– Siempre rodeado de publicidad, siempre con promociones, todo ese dinero de Hollywood -replicó Kovac, ceñudo-. Ace Wyatt nunca ha hecho nada que no fuera en beneficio de Ace Wyatt.

– Salvó la vida a Mike Fallon.

– Y se convirtió en una leyenda.

– Claro, seguro que fue premeditado.

Kovac hizo una mueca de disgusto.

– Vale, hizo una cosa decente y desinteresada en su vida -concedió cuando salían al exterior helado e impregnado por el humo de los tubos de escape-, pero eso no significa que no sea un cabrón.

– Los seres humanos son muy complejos.

– Sí -asintió Kovac-, por eso los detesto tanto. Al menos con los psicópatas sabes a qué atenerte.

Capítulo 19

El cambio de turno había pasado, y Leonard ya se había ido cuando llegaron a la oficina, lo cual les evitó tener que dar parte del escaso éxito obtenido con Chamiqua Jones. Liska contempló y de inmediato descartó la idea de hacer unas llamadas desde su mesa. No podía desterrar de su mente la sensación de que todo el mundo a su alrededor la observaba e intentaba escuchar lo que decía, solo porque las preguntas que debía hacer se referían a otros policías.

Siempre se había considerado una mujer dura, capaz de manejar cualquier misión que le asignaran, pero habría preferido cualquier otro caso a aquel, con la excepción del asesinato de un niño. No había nada peor que llevar un caso de esas características. Mientras recogía sus cosas y salía del despacho, se preguntó qué haría si el camino del ascenso la llevaba a través de Asuntos Internos. Elegir otro camino.

Pasó mucho frío andando al aparcamiento Haaff, pues el viento le aguijoneaba las mejillas y las orejas. El trayecto en coche tampoco sería mucho mejor, porque no había podido pedir hora en el taller. Lástima que la ventana rota redujera las posibilidades de que le robaran el trasto, ya que en tal caso, la compañía de seguros le prestaría uno.

Vigilaba el aparcamiento el mismo empleado gordo de la última vez. El hombre la reconoció y agachó la cabeza, temeroso de atraer su atención. Liska puso los ojos en blanco y deslizó la mano en el bolsillo para sentir el tacto tranquilizador de la porra. Había contemplado la posibilidad de aparcar en otro lugar, pero por fin se había obligado a regresar al escenario del crimen. Era como volver a subir a caballo, pero manteniéndose alerta por si veía al agresor. Si tenía suerte, conseguiría superar el miedo y echarle el guante al mismo tiempo, aunque parecía improbable que el hombre misterioso aún merodeara por ahí, a menos que la hubiera elegido concretamente a ella.

No habían robado ni tocado nada, a excepción del correo comercial…

El departamento había dado instrucciones para que varios agentes patrullaran el aparcamiento por turnos. Con ese despliegue policial se pretendía ahuyentar a los indigentes, que con toda probabilidad se habían trasladado a la acera de enfrente para mear en los rincones del aparcamiento municipal de Gateway e intentar abrir las puertas de todos los coches en busca de alguna moneda.

El Saturn estaba estacionado de culo a medio camino de una fila casi desierta. La ventanilla de plástico seguía intacta, y nadie había roto ninguna de las otras. Liska lo rodeó mientras miraba a su alrededor. Aquella planta del aparcamiento estaba sumida en el silencio y casi vacía. Subió al coche, cerró las puertas, puso en marcha el motor y la calefacción, y sacó el móvil del bolso. Marcó el número del enlace de agentes gays y lesbianas mientras miraba la luz de advertencia encendida en el salpicadero.

Maldito coche. Tendría que plantearse cambiarlo. Tal vez en enero, siempre y cuando su economía sobreviviera a la Navidad. Podía tirar la casa por la ventana y comprarse un 4 x 4. Le iría bien el espacio para transportar a sus hijos, sus amigos y todos los trastos de hockey. Si lograba convencer a Speed para que le pagara lo que le debía…

– ¿Diga?

– ¿Es usted David Dungen?

– Sí.

– David, soy la sargento Liska, de Homicidios. Si tiene un momento, me gustaría hacerle un par de preguntas.

– ¿Sobre qué? -preguntó el hombre tras una pausa cautelosa.

– Eric Curtis.

– ¿Sobre el asesinato? Pero si el caso está cerrado.

– Lo sé, pero estoy investigando un asesinato relacionado.

– ¿Ha hablado con Asuntos Internos?

– Ya sabe cómo son. No quieren abrir el saco y además no les gusta compartir información.

– Tienen sus motivos -los defendió Dungen-. Se trata de asuntos muy delicados, y no puedo dar información a cualquier persona que me la pida.