– No siempre es tan ceremonioso -puntualizó Quinn-, pero tampoco es infrecuente. Claro que nada de esto es frecuente que digamos. Grosso modo se producen unas mil muertes confirmadas por actividades autoeróticas al año, y tal vez dos o tres veces más llamadas no atendidas que acaban por declararse suicidio u otra cosa.
– Pero esas solo son las personas que calculan mal y no logran escapar del artilugio que diseñan -añadió Kate-. ¿Quién sabe cuántas personas practican la parafilia sin cagarla? ¿No has encontrado a ningún familiar ni amigo que sugiriera que tal vez le iban esas cosas?
– Su hermano dice que cuando eran pequeños jugaban al ahorcado, pero ya sabéis, eran juegos de vaqueros o bélicos, cosas así. Nada raro. Pero ¿qué me decís de eso? ¿Os habéis encontrado alguna vez a dos familiares metidos juntos en algo así?
– Lo he visto casi todo, Sam -repuso Quinn-. Eso en concreto no, pero podría suceder. Nunca digo nunca, porque cada vez que creo que nada puede escandalizarme, a alguien se le ocurre algo mucho peor que cualquier cosa que yo haya imaginado. ¿Qué opinión te merece el hermano?
– Es más bien un palurdo. No creo que le vaya el sexo raro, pero podría equivocarme. En cualquier caso, estaba muy resentido con su hermano menor.
– ¿Y los amigos? -preguntó Kate.
– Su mejor amigo dice que no, que a Fallon no le iban las cosas raras, pero estoy convencido de que oculta algo.
– Así que su mejor amigo es un hombre -dijo Kate.
– Hombre, según él mismo heterosexual y prometido a una mujer de familia importante. La víctima, como ya os he dicho, era homosexual y acababa de confesárselo a su familia.
– Y crees que quizá eran amantes -constató Quinn.
– Puede ser. Eso explicaría la nota del espejo. La cosa se salió de madre, el amigo fue presa del pánico…
Kate meneó la cabeza sin dejar de examinar las fotos.
– Esto no me parece un juego. Sigo diciendo que en tal caso se habría protegido el cuello. Más bien parece un suicidio.
– Entonces, ¿por qué delante del espejo? -la desafió Quinn.
– Para humillarse.
Mientras discutían pormenores a los que él ya había dado mil vueltas, Kovac hojeó los libros que había traído Quinn. Eran DSM-IV, Psicología anómala y vida moderna, Manual de sexología forense y Muertes autoeroticas. Un poco de lectura ligera. Ya había estudiado las fotografías del capítulo «Formas de morir» de Investigación práctica de homicidios, en las que se veía a un desgraciado tras otro muerto por causa de algún complicado invento confeccionado a base de sogas, poleas, tubos de aspiradora o bolsas de basura, artilugios diseñados para alcanzar orgasmos mejores y más intensos. Personas de escasas neuronas, rodeadas de estrafalarios juguetes sexuales y pornografía repugnante. Personas que vivían en sótanos carentes de ventanas. Perdedores, en suma.
– No parece encajar en este tipo de perfil -comentó.
– En estos libros nunca salen los Rockefeller ni los Kennedy -replicó Kate-, pero eso no significa que no puedan estar tan enfermos como cualquiera; solo significa que son ricos.
Quinn asintió.
– Los estudios muestran que este comportamiento se da en todas las clases sociales. Pero por otro lado, tienes razón, Sam. La escena no parece propia de un acto de asfixia autoerótica. Es demasiado pulcra, y además, la ausencia de parafernalia… No encaja. ¿Tienes algún motivo para creer que no fue un suicidio?
– Montones de motivos y montones de sospechosos.
– El asesinato por ahorcamiento es muy infrecuente -le recordó Quinn-. Y muy difícil de perpetrar sin dejar pistas. ¿Alguna señal de lucha en manos o brazos?
– No.
– ¿Contusiones en la cabeza?
– No. Aún no tengo el informe definitivo de la autopsia, pero la forense no ha mencionado nada a Liska de heridas en la cabeza -explicó Kovac-. Lo que sí tenemos es el informe de toxicología. Había tomado una copa y un par de somníferos, pero ni mucho menos suficientes para una sobredosis.
– Suena a suicidio.
– Pero no hemos encontrado rastro del frasco de somníferos en su casa. Si tenía una receta, no compraba el medicamento en su farmacia habitual, y desde luego no la había emitido su terapeuta.
– ¿Iba al psiquiatra?
– Sufría una depresión leve. Encontré un frasco de Zoloft en su botiquín, y esta tarde he hablado con el médico.
– ¿Lo consideraba el médico proclive al suicidio? -quiso saber Kate.
– No, pero tampoco le sorprendió del todo.
– O sea que te enfrentas a un auténtico rompecabezas -comentó Quinn.
– Por desgracia, nadie quiere saber nada. El caso está cerrado, así que me estoy rompiendo los cuernos por una víctima a la que todo el mundo quiere enterrar. De hecho, ya estaría bajo tierra si no hiciera tanto frío.
Recogió las fotografías, se las guardó de nuevo en el bolsillo y dedicó una sonrisa tristona a la pareja que tenía frente a él.
– Pero en fin, como no tengo nada mejor que hacer… No tengo vida privada ni nada.
– Pues te la recomiendo -repuso Quinn, guiñando el ojo a Kate, quien le respondió con una mirada cálida y llena de amor.
Kovac se levantó.
– Bueno, me largo antes de que os pongáis en una situación incómoda -exclamó.
– Me parece que el que está incómodo eres tú, Sam -señaló Kate, incorporándose.
– Eso también.
Quinn y Kate lo acompañaron a la puerta. La última imagen que vio antes de que la puerta se cerrara tras él fue la de ambos entrando de nuevo en su hermosa casa abrazados, y aquello dolía, maldita sea, pensó mientras ponía en marcha el coche.
Odiaba reconocerlo y habría deseado poder mentirse a sí mismo, pero lo cierto era que había estado medio enamorado de Kate Conlan durante casi cinco años, y nunca había hecho nada al respecto, porque nunca se había permitido intentarlo. Quien nada arriesga, nada pierde. ¿Qué habría visto una mujer como ella en un tipo como él?
Nunca lo sabría, y esa realidad era como un puñal clavado en lo más hondo de su alma. No había forma de rehuirla ahí sentado en la oscuridad. Nunca se había sentido tan solo.
Sin previo aviso acudió a su mente el rostro de Amanda Savard. Hermosa, magullada, atormentada por algo que no podía ni empezar a imaginar… Quería convencerse de que no era más que una pieza del rompecabezas, que solo era eso lo que le interesaba de ella, pero aquella noche no le quedaban mentiras. La verdad estaba expuesta ante éclass="underline" la deseaba.
En las afueras, la noche parecía más próxima a la tierra que en la ciudad. En teoría, la casa de Kate y Quinn pertenecía al municipio de Plymouth, pero estaba más en el campo que en el suburbio. Se accedía a ella por una ignota carretera secundaria, y un pequeño lago rozaba su propiedad. Poca luz, aún menos tráfico… No había distracción alguna que le permitiera escapar de los sentimientos que experimentaba aquella noche, sentado a oscuras en su coche.
A fin de cuentas, quizá tenía alguna ventaja que su vecino iluminara su jardín como un hotel barato de Las Vegas.
Capítulo 21
Ken Ibsen no lograba desterrar la sensación de que alguien lo observaba, aunque por otro lado, eso no sería ninguna novedad. Desde que se metiera en aquel lío percibía constantemente una especie de gigantesco ojo malévolo que seguía cada uno de sus movimientos. Y lo peor de todo era que le parecía absurdo. Había hecho cuanto estaba en su mano para portarse como un ciudadano concienzudo y un buen amigo, pero todo lo que había conseguido era que lo acosaran y lo pusieran en ridículo. Eric seguía igual de muerto que antes, habían encerrado al hombre equivocado por su asesinato, y a nadie le importaba quién era el culpable, incluyendo, por lo visto, al convicto. El mundo se había vuelto loco de remate.