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– Por lo visto, Mike no quería hablar del tema. ¿Le comentó Andy algo sobre el asunto?

Fallon meditó unos instantes como si intentara recordar.

– Me parece que me dijo algo una de las últimas veces que nos vimos. Mencionó que Mike no quería que abriera viejas heridas. La verdad es que no le presté demasiada atención. ¿Qué sentido tenía desenterrar aquel asunto? -Observó a Kovac con detenimiento-. ¿Y a usted qué le importa todo esto?

Kovac procesó la información que acababa de escuchar y la mezcló con lo que ya sabía, intentando recordar algo que le parecía haber oído decir a Mike poco antes de morir.

– Estoy pensando -dijo para eludir la respuesta-. Andy estaba deprimido. Si significaba mucho para él reconciliarse con el viejo, y Mike se negó a cooperar, puede que de verdad tocara fondo y se matara. Y puede que Mike se sintiera culpable…

– Eso sí que sería una novedad -exclamó Fallon antes de fumar la última calada y aplastar la colilla con la suela de su zapato-. Nunca te culpes a ti mismo cuando puedes culpar a otro. Ese era el lema de Mike.

Kovac miró el reloj.

– Bueno, ahora que vuelve a concentrarse en la teoría del suicidio, ¿cuánto tardaré en salir de aquí?

– No depende de mí -replicó Kovac al tiempo que se levantaba, iba a la puerta y llamaba al timbre para avisar al guardia-. No es culpa mía, sino de esos putos abogados. Le ayudaría si pudiera. En fin, quédese los cigarrillos; es lo menos que puedo hacer.

Capítulo 31

Cada jueves, la sección de espectáculos del Minneapolis Star Tribune publicaba el calendario de rodaje de Ace Wyatt para La hora del crimen. Parte del atractivo del programa residía en la interacción de Wyatt con el público. Parecía un puto infocomercial, había pensado Kovac las pocas veces que lo había visto, o algo sacado del canal gastronómico. Ace Wyatt, el Emeril Lagasse de la ley y el orden.

El crimen de la semana se reconstruiría en una pista de hockey situada en el suburbio de St. Louis Park. Asesinato con piedra de curling, muestra alarmante de falta de deportividad. Kovac mostró la placa ante el gorila de seguridad que montaba guardia junto a la zona acordonada de la gradería y se sumergió en el universo de la acemanía.

Habían extendido una alfombra roja de cuatro por cuatro metros en una parte de la pista. En un rincón de ella se veía la cámara, custodiada por un operario de expresión aburrida que se parecía a Ghandi, pero con plumón. Otro cámara, este con videocámara portátil y sobre patines, estaba apoyado contra la portería. Cuatro fans afortunados habían sido escogidos para sentarse en el banquillo. Tras ellos se acomodaban otros cien, montones de mujeres obesas y viejos esmirriados que lucían suéteres rojos con el lema ¡PROActivo! en la pechera.

– ¡Silencio, por favor! -gritó una mujer delgada y huesuda con gafas de pasta negra y un abrigo que parecía confeccionado a base de fragmentos deshilachados de moqueta verde oliva.

Dio tres palmadas, y la multitud enmudeció obediente.

– ¡A vuestros puestos! ¡A ver si esta vez lo hacéis bien! -vociferó el director, un tipo gordo que mordisqueaba una barrita dietética.

Uno de los actores, un hombre de cincuenta y tantos años, ataviado con un jersey de estampado nórdico y lo que parecían ser mallas azules, resbaló sobre el hielo y empezó a agitar los brazos como aspas de molino.

– ¡Es que me molesta, Donald! -se quejó-. ¿Cómo voy a meterme en la piel de un jugador de curling con la portería de hockey delante de las narices?

– Planos cerrados, Keith. Nadie verá la portería. Piensa en planos cerrados… si es que tienes que pensar en algo.

El actor fue en busca de su marca mientras el director sacudía la cabeza, exasperado.

Kovac divisó a Wyatt algo apartado del público; le estaban retocando el maquillaje. Abrazándose el cuerpo para protegerse del frío, dos tipos con pinta de machacas de Hollywood estaban de pie tras él, sonriendo valientemente mientras Gaines sacaba una foto Polaroid. Eran una joven anoréxica de reluciente cabello rojo recogido en una especie de seto en lo alto de la cabeza, y un chaval de veintitantos años con un abrigo de cuero negro y diminutas gafas rectangulares.

– Una más para el álbum de recortes -sugirió Gaines.

El flash centelleó, y la máquina escupió su producto.

– Al público no parece molestarle el frío -comentó el joven.

Gaines le dedicó una sonrisa encantadora.

– Adoran a Ace Wyatt. En cada rodaje se nos queda fuera un montón de gente; todo el mundo quiere venir. ¿Qué importa un poco de frío de nada?

La chica daba saltitos y se frotaba los brazos.

– ¡En mi vida había pasado tanto frío! ¡No he entrado en calor ni un segundo desde que bajé del avión! ¿Cómo aguanta la gente vivir aquí?

– Pues si cree que ahora hace frío -espetó Kovac con un bufido desdeñoso-, debería volver en enero. Entonces sí que esto parece Siberia. Hace más frío que en el culo de un sepulturero.

La chica se lo quedó mirando como si se tratara de un animal exótico del zoo. La sonrisa se borró del rostro de Gaines.

– Vaya, sargento Kovac, qué inesperado placer -masculló.

– Lo mismo digo -replicó Kovac mientras paseaba otra mirada desdeñosa a su alrededor-. No todos los días tengo ocasión de ir al circo. Es que tengo un trabajo de verdad, ¿sabe?

– Yvette Halston -se presentó la pelirroja-. Vicepresidenta de desarrollo creativo de Warner Brothers Televisión.

– Kelsey Vroman -se sumó a la presentación el joven-. Vicepresidente de programación de divulgativos.

Programación de divulgativos.

– Kovac, sargento de Homicidios.

– ¡Sam! -exclamó Wyatt al tiempo que se levantaba de la silla, empujaba a un lado a la maquilladora y se quitaba la toalla babero que le protegía el traje italiano cruzado de color azul marino-. ¿Qué te trae por aquí? ¿Ya tienes los resultados de las pruebas de Fallon?

Los vicepresidentes de la WB aguzaron el oído al escuchar una conversación policial seria.

– Aún no.

– He hecho un par de llamadas, y se están procesando hoy mismo.

– Ya… Gracias, Ace -agradeció Kovac sin entusiasmo-. A decir verdad, he venido para preguntarte algo muy distinto. ¿Tienes un momento?

Gaines acudió junto a Wyatt carpeta en ristre e intentó mostrarle el horario.

– Capitán, Donald quiere que repase esta sección antes de la una. Ha convocado a los demás jugadores de curling a la una y media para las entrevistas. Escamotearemos media hora del almuerzo; el sindicato se nos echará encima.

– Pues que se vayan a almorzar ahora -ordenó Wyatt.

– Pero es que están preparados para rodar.

– En tal caso, también lo estarán después de comer, ¿no?

– Sí, pero…

– ¿Cuál es el problema, Gavin?

– Eso, Gavin -azuzó Kovac-. ¿Cuál es el problema?

Gaines le lanzó una mirada gélida.

– Si no recuerdo mal, usted mismo señaló que el capitán Wyatt está jubilado -indicó-. Tiene otras obligaciones aparte de resolverle el caso, pero es un hombre demasiado educado para decirle que se vaya.

– Gavin, no tengo obligaciones más importantes que una investigación de asesinato.

Los vicepresidentes abrieron los ojos de par en par.

– Ace -ronroneó la pelirroja-. ¿Estás colaborando en un caso? ¡No nos lo habías dicho! ¡Qué apasionante! ¿Qué te parece, Kelsey?

– Podríamos organizar algo con distintos organismos para un segmento semanal. La policía, la DEA, el FBI… Poner una sección de consultoría al final del programa, un mano a mano de cinco minutos, de detective a detective. Ace hace partícipe al público de su sabiduría… Me encanta. Añade una sensación de inmediatez y vitalidad, ¿no te parece, Gavin?

– Podría funcionar -repuso Gavin con diplomacia-, pero hoy andamos un poco escasos de tiempo…