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—¿A pie?

—Sí. Hacia abajo, hacia el río. No por la carretera. —Miró a Diane, que respiraba laboriosamente—. ¿Están bien ustedes dos?

—No. Pero ya no tenemos que ir muy lejos. Gracias por preguntar. ¿Dijo algo más?

—Sí. Dijo que Dios los bendiga y que él ya encontraría su camino desde aquí.

Atendí las necesidades de Diane. Eché un último vistazo al aparcamiento bajo la lluvia. Luego volví a la carretera.

Tuve que detener el coche varias veces para ajustarle el goteo a Diane o darle unas cuantas inhalaciones de oxígeno. Ya no abría los ojos; no estaba simplemente dormida, estaba inconsciente. No quería pensar en lo que eso significaba.

Avanzábamos lentamente y la lluvia caía sin tregua, había evidencias por todas partes del caos de los últimos días. Pasé junto a docenas de coches estrellados o quemados, algunos todavía humeantes. Ciertas rutas estaban cerradas al tráfico civil, reservadas para los vehículos militares o de los servicios de emergencia. Tuve que dar media vuelta para evitar bloqueos de carreteras un par de veces. El calor del día hacía que el aire húmedo fuera casi intolerable en el bochorno, y aunque sopló un viento feroz por la tarde, no trajo ningún alivio.

Pero al menos Simon nos había abandonado cerca de nuestro destino, y conseguí llegar a la Gran Casa mientras aún había luz en el cielo.

El viento había empeorado, era casi un vendaval, y la carretera particular de los Lawton estaba cubierta de ramas arrancadas de los pinos cercanos. La casa en sí estaba a oscuras, o eso parecía en el crepúsculo ambarino.

Dejé a Diane en el coche al pie de los escalones de la entrada y aporreé la puerta. Y esperé. Y volví a aporrearla. Al final la puerta se abrió una rendija y Carol Lawton miró desde detrás de ella.

Apenas podía distinguir sus rasgos a través de ese resquicio, un ojo azul pálido, una cuña de mejilla arrugada. Pero ella me reconoció a mí:

—¡Tyler Dupree! —dijo—. ¿Estás solo?

La puerta se abrió más.

—No —dije—. Diane está conmigo. Y voy a necesitar ayuda para traerla dentro.

Carol salió al gran porche y entrecerró los ojos para examinar el coche. Cuando vio a Diane, su pequeño cuerpo se tensó rígidamente.

—Dios santo —susurró—. ¿Es que mis dos hijos han vuelto a casa para morir?

El abismo en llamas

El viento azotó la Gran Casa durante toda la noche, un viento caliente y salino extraído a la fuerza del Atlántico por tres días de luz solar antinatural. Era consciente de ello incluso mientras estaba dormido: era lo que me rodeaba en los momentos en que casi me despertaba y la inquietante banda sonora de una docena de sueños inquietos seguía llamando a las ventanas después de amanecer, cuando me vestí y fui a buscar a Carol Lawton.

La casa llevaba días sin electricidad. El pasillo del piso de arriba estaba tenuemente iluminado por el resplandor lluvioso de una ventana al final del corredor. La escalera de roble descendía al recibidor, donde dos ventanales panorámicos dejaban entrar una luz del color de rosas pálidas. Encontré a Carol en la sala de estar, ajustando un antiguo reloj de repisa de chimenea.

—¿Cómo está Diane? —pregunté.

Carol me miró fugazmente.

—Sin cambios. —Y volvió su atención al reloj al que daba cuerda con una llave de latón—. Estaba con ella hace un momento. No la estoy descuidando, Tyler.

—Ni lo he pensado. ¿Qué tal está Jason?

—Le ayudé a vestirse. Está mejor durante el día. No sé por qué. Las noches son difíciles para él. La pasada noche fue… difícil.

—Iré a verlos a los dos. —Sin preocuparme por preguntar si el FEMA[24] o la Casa Blanca habían dado alguna nueva directiva. No tendría sentido, el universo de Carol se acababa en las fronteras de la propiedad—. Deberías dormir algo.

—Tengo sesenta y ocho años. Ya no duermo tanto como solía. Pero tienes razón. Estoy cansada… necesito tumbarme. Tan pronto como termine con esto. Este reloj se retrasa si no se le atiende. Tu madre solía ajustarlo todos los días, ¿lo sabías? Y después de que muriera tu madre, Marie le daba cuerda cuando limpiaba. Pero Marie dejó de venir hace seis meses. Durante seis meses el reloj se quedó parado en las cuatro y cuarto. Como dice el viejo chiste, daba la hora exacta dos veces al día.

—Deberíamos hablar de Jason —la noche pasada estaba demasiado agotado para hacer otra cosa que no fuera descubrir lo básico: Jason había llegado sin previo aviso una semana antes del fin del Spin y había enfermado la noche que las estrellas reaparecieron. Sus síntomas eran parálisis parcial intermitente y pérdida de visión, además de fiebre. Carol había intentado pedir ayuda médica, pero las circunstancias lo habían hecho imposible, así que cuidaba de él ella misma aunque no había sido capaz de diagnosticar el problema ni darle nada más que cuidados paliativos.

Tenía miedo de que se estuviera muriendo. Su preocupación no se extendía al resto del mundo, sin embargo. Jason le había dicho que no se preocupara. «Las cosas volverán a la normalidad dentro de poco», había dicho.

Y ella le había creído. El sol rojo no albergaba terrores para Carol. Las noches eran malas, sin embargo, decía. Las noches parecían una pesadilla.

Primero fui a ver a Diane.

Carol la había puesto en el dormitorio de arriba, su habitación de cuando era joven, ahora reconvertida en un cuarto de invitados genérico. La encontré físicamente estable y respirando sin ayuda, pero en eso no había nada esperanzados Era parte de la etiología de la enfermedad. La marea avanzaba y la marea retrocedía, pero cada ciclo se llevaba algo más de su resistencia y sus fuerzas.

Le besé la frente caliente y seca y le dije que descansara. No dio señales de que me hubiera oído.

Entonces fui a ver a Jason. Había una pregunta que tenía que hacer.

Según Carol, Jase había vuelto a la Gran Casa por algún conflicto en Perihelio. Carol no recordaba la explicación que le dio, pero tenía algo que ver con el padre de Jason («E. D. está volviendo a portarse mal», dijo ella) y también algo que ver con «ese hombrecillo pequeño y arrugado. El que se murió. El marciano».

El marciano que había proporcionado la droga de longevidad que había convertido a Jason en un Cuarto. La droga que debería haberle protegido de lo que fuera que ahora lo estaba matando.

Estaba despierto cuando toqué en su puerta y entré en la habitación, la misma habitación que había ocupado hacía treinta años, cuando éramos niños en el ordenado mundo de los niños y las estrellas estaban en sus posiciones correctas. Había un rectángulo sutilmente más brillante en la pared donde antaño un póster del sistema solar había cubierto la pared. Ahí estaba la alfombra, limpiada en seco y teñida químicamente, donde una vez tiró migas y derramó Coca-Colas en días lluviosos como éste.

Y ahí estaba Jason.

—Eso suena a Tyler —dijo.

Yacía en la cama, vestido (insistía en vestirse cada mañana, según había dicho Carol) con unos pantalones caqui limpios y una camisa azul de algodón. Tenía la espalda apoyada contra las almohadas y parecía completamente consciente.

—No hay mucha luz aquí dentro, Jase —dije.

—Abre las persianas si quieres.

Lo hice, pero sólo sirvió para que entrara más luz ambarina y hostil.

—¿Te importa si te examino?

—Por supuesto que no.

No me miraba. Miraba, si el ángulo de su cabeza quería decir algo, a un espacio de pared vacío.

—Carol dice que estás teniendo problemas con tu visión.

—Carol está experimentando lo que la mayoría de la gente de tu profesión llaman negación, De hecho, estoy ciego. No he sido capaz de ver nada desde ayer por la mañana.

Me senté en la cama a su lado. Cuando volvió la cabeza hacia mí el movimiento fue suave pero agónicamente lento. Saqué una linterna de bolsillo y la encendí sobre su ojo derecho para ver la contracción de su pupila.

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24

«Federal Emergency Management Agency», Agencia Federal de Respuesta a Emergencias. (N. del T.)