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En una de esas ocasiones encontré a Wun Ngo Wen sentado en su silla de mimbre (alguien le había traído un reposapiés a juego para que los pies no quedaran colgando) contemplando pensativamente los contenidos de un vial de cristal del tamaño de una probeta. Le pregunté qué contenía.

—Replicadores —dijo él.

Estaba vestido de traje y corbata, que parecían pensadas para un niño de doce años bastante robusto: había estado haciendo una exposición para una delegación del Congreso. Aunque la existencia de Wun no se había anunciado formalmente, había habido un constante tráfico de visitantes aprobados, tanto extranjeros como nacionales, durante las últimas semanas. El anuncio oficial sería hecho por la Casa Blanca poco después de las elecciones, tras lo cual Wun sí que estaría ocupado de verdad.

Miré el tubo de cristal desde un punto seguro al otro lado de la habitación. Replicadores. Semillas de una biología inorgánica.

Wun sonrió.

—¿ Les tienes miedo? Por favor, no tengas miedo. Te aseguro que los contenidos están completamente inactivos. Pensé que Jason te lo había explicado.

Lo había hecho. Un poco.

—Son artefactos microscópicos. Semiorgánicos. Se reproducen en condiciones de frío extremo y vacío.

—Sí, bien, correcto en esencia. ¿Y te explicó Jason su propósito?

—Salir y extenderse por la galaxia. Para enviarnos información.

Wun asintió lentamente, como si esa respuesta también fuera correcta en esencia pero menos que satisfactoria.

—Éste es el tipo de artefacto tecnológico más sofisticado que las Cinco Repúblicas han producido, Tyler. Jamás hubiéramos podido sostener el tipo de actividad industrial que tu gente practica a escala tan alarmante: cruceros oceánicos, hombres en la luna, vastas ciudades…

—Por lo que he visto, vuestras ciudades también son bastante impresionantes.

—Sólo porque las construimos en un gradiente gravitacional más suave. En la Tierra esas torres se derrumbarían por su propio peso. Pero lo que quiero decir es que esto, los contenidos de este tubo, son nuestro equivalente de un triunfo de la ingeniería, algo tan complejo y difícil de crear que nos enorgullecemos, quizá justificadamente, de haberlo creado.

—Estoy seguro de que sí.

—Entonces acércate y aprécialo. No tengas miedo.

Me hizo un gesto para que me acercara y crucé la habitación para sentarme en una silla frente a él. Supongo que desde lejos pareceríamos dos amigos discutiendo de cualquier cosa. Pero mis ojos no se apartaban del vial.

—Vamos. Cógelo —me dijo.

Tomé el tubo entre el pulgar y el índice y lo sostuve para que la luz del techo pasara a su través. El contenido parecía agua normal con un ligero brillo aceitoso. Eso era todo.

—Para poder apreciarlo de verdad —dijo Wun—, tienes que entender lo que sostienes en la mano. En ese tubo, Tyler, hay treinta o cuarenta mil células individuales hechas por el hombre en una suspensión de glicerol. Cada célula es una bellota.

¿ Conoces las bellotas?

—He estado leyendo cosas. Es una metáfora común. Robles y bellotas, ¿no es así? Cuando sostienes una bellota en la mano lo que sostienes es la posibilidad de un roble, y no de un solo roble, sino de toda la progenie de ese roble durante siglos y siglos. Roble suficiente para construir ciudades enteras… ¿las ciudades están hechas de roble?

—No, pero no importa.

—Lo que sostienes es una bellota. Completamente durmiente, como he dicho, y de hecho esa muerta en particular probablemente esté muerta del todo, considerando el tiempo que ha pasado a temperatura ambiente terrestre. Si la analizas, lo más raro que encontrarás será algunos oligoelementos.

—¿Pero?

—Pero… ponlo en un entorno helado, sin aire y frío, un entorno como la Nube de Oort, ¡y entonces, Tyler, cobra vida! Comienza, muy lentamente, pero con muchísima paciencia, a crecer y reproducirse.

La Nube de Oort. Conocía la Nube de Oort por conversaciones con Jason y por las novelas especulativas que leía ocasionalmente. La Nube de Oort era un nebuloso conjunto de cuerpos cometarios que ocupaban un espacio que empezaba más o menos en la órbita de Plutón y se extendía hasta llegar a medio camino de la estrella más próxima. Esos pequeños objetos distaban mucho de estar densamente empaquetados: ocupaban un volumen casi inimaginablemente grande de espacio, pero su masa total equivalía a unas veinte a treinta veces la masa de la Tierra, principalmente en la forma de hielo sucio.

Montones de comida, si lo que te gustaba comer era hielo y polvo.

Wun se inclinó hacia delante en su silla. Sus ojos, engastados en una piel como cuero arrugado, brillaban. Sonrió, lo que había aprendido a interpretar como una señal de seriedad: los marcianos sonríen cuando hablan con el corazón.

—No faltó la controversia entre mi gente. Lo que tienes en la mano tiene el poder de transformar sustancialmente no sólo nuestro sistema solar, sino muchos otros. Y por supuesto el resultado es incierto. Si bien los replicadores no son orgánicos en el sentido convencional, están vivos. Son bucles de retroalimentación catalítica viviente, sujetos a modificaciones por la presión ambiental. Como los seres humanos, o las bacterias, o, o…

—O los murkuds —dije.

Sonrió.

—O los murkuds.

—En otras palabras, puede que evolucionen.

—Evolucionarán, y de forma impredecible. Pero hemos emplazado algunas limitaciones. O creemos que lo hemos hecho. Como dije, abunda la controversia.

Cuando Wun hablaba de política marciana, me imaginaba hombres y mujeres arrugados en togas de colores pastel debatiendo abstracciones desde podios de acero inoxidable. De hecho, insistía Wun, los parlamentarios marcianos se comportaban más bien como granjeros pelados de dinero en una subasta de grano; y los ropajes… bueno, ni siquiera intenté imaginarme los ropajes: en las ocasiones formales los marcianos de ambos sexos tendían a vestirse como la reina de corazones en una baraja de ilusionista.

Pero aunque los debates habían sido largos y sentidos, el plan en sí era relativamente simple. Los replicadores serían esparcidos en los confines más lejanos y fríos del sistema solar. Alguna fracción infinitesimal de esos replicadores se apearía en dos o tres de los núcleos cometarios que constituyen la Nube de Oort. Allí empezarían a reproducirse.

Su información genética, dijo Wun, estaba codificada en moléculas que eran térmicamente inestables en cualquier lado más cálido que las lunas de Neptuno. Pero en el entorno hiperfrío para el que habían sido diseñadas, filamentos submicroscópicos comenzarían un lento y laborioso metabolismo. Crecían a velocidades que harían parecer apresurado el crecimiento de un Pinus balfouriana,[17] pero crecerían, asimilando volátiles escasos y moléculas orgánicas, y transformando el hielo en paredes celulares, nervios y nexos.

Para cuando los replicadores hubieran consumido unos cuantos metros cúbicos de núcleos cometarios, sus interconexiones empezarían a hacerse más complejas y su comportamiento sería más determinado. Les crecerían apéndices altamente sofisticados, ojos de hielo y carbón para barrer la oscuridad estelar.

En una década o dos la colonia de replicadores se habría convertido en una entidad comunal capaz de registrar y transmitir información rudimentaria sobre su entorno. Miraría al cielo y preguntaría: «¿hay un cuerpo oscuro del tamaño de un planeta orbitando a la estrella más próxima?».

Plantear y responder a la pregunta consumiría más décadas de tiempo, y al menos inicialmente la respuesta estaba dada de antemano: sí, hay dos mundos que orbitan esa estrella y son cuerpos oscuros, la Tierra y Marte.

Sin embargo, pacientemente, con tesón, lentamente, los replicadores recopilarían esa información y la retransmitirían a su punto de origen: a nosotros, o al menos a nuestros satélites apostados a la escucha.

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17

«Bristlecone pine» en el original, una subespecie de pinos americanos de extrema longevidad y lento crecimiento entre los que se cuentan ejemplares como «Matusalén», que supuestamente es uno de los organismos vivientes más viejos del planeta. (N. del T.)