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– Por lo que he visto de ella, no me entusiasma.

– A mí tampoco. Tiene algo que pone la carne de gallina.

Capítulo 17

Solana

Solana abrió los ojos y lanzó una mirada al reloj. Eran las 2:02 de la madrugada. Oyó el susurro del intercomunicador para bebés que había puesto en la habitación del viejo, junto a la cama. Su respiración era tan rítmica como el sonido de las olas. Apartó las sábanas y, descalza, recorrió el pasillo. La casa estaba a oscuras, pero ella tenía una visión nocturna excelente, y entraba suficiente luz de las farolas para revestir las paredes de un resplandor gris. Drogaba al viejo con regularidad triturando los somníferos dispensados sin receta y mezclándolos con la cena. Meals on Wheels entregaba una selección de platos calientes para el almuerzo y una bolsa de papel con la cena, pero él prefería la comida caliente a las cinco de la tarde, que era la hora a la que siempre había cenado. Con una manzana, una galleta y un sándwich, Solana podía hacer bien poco, pero un guiso era excelente para sus propósitos. El viejo, además, tenía por costumbre comerse un helado antes de irse a la cama. Había perdido el sentido del gusto, y si los somníferos tenían un sabor amargo, él nunca se quejó.

Ahora que lo tenía bien encarrilado era más fácil llevarse bien con él. A veces parecía confuso, pero no más que muchos de los ancianos que ella había cuidado. Pronto dependería por entero de ella. Le gustaba que sus pacientes fueran dóciles. Por lo común, los iracundos y conflictivos eran los primeros en aplacarse, como si llevaran toda la vida esperando el régimen apaciguador que ella les imponía. Era una madre y un ángel de bondad, que les prestaba la atención que les habían escatimado en la juventud.

Creía que los viejos problemáticos habían sido problemáticos de pequeños, y que así habían cosechado ira, frustración y rechazo de los padres, que deberían haberles dado amor y aprobación. Criados a base de una hostilidad paterna permanente, estos pobres, estas almas extraviadas, evitaban casi toda interacción social. Despreciados y a la vez llenos de desprecio hacia los demás sentían, oculto bajo la rabia y la soledad, un anhelo que se manifestaba en forma de mal carácter. Gus Vronsky no era ni más ni menos cascarrabias que la señora Sparrow, la vieja bruja de lengua viperina a quien Solana había atendido durante dos años. Cuando por fin envió a la señora Sparrow al otro mundo, se apagó tan silenciosa como un garito, maullando una sola vez mientras los fármacos ejercían su efecto. Según la necrológica, había muerto plácidamente mientras dormía, lo que era más o menos verdad. Solana era una mujer de buen corazón. Se enorgullecía de eso. Acababa con el sufrimiento de los viejos y los liberaba.

Ahora, mientras Gus yacía inmovilizado, registró los cajones de su cómoda valiéndose de una pequeña linterna cuyo haz ocultaba con la palma de la mano. Durante semanas había incrementado de forma gradual la dosis hasta tener una justificación para quedarse a dormir allí. Su médico lo visitaba a menudo y no quería despertar sospechas. Fue él mismo quien comentó que Gus necesitaba supervisión. Solana explicó al médico que a veces se despertaba en plena noche, desorientado, e intentaba levantarse de la cama. Le contó que en dos ocasiones lo había encontrado deambulando por la casa sin saber dónde estaba.

Al ampliarse su horario, había sido necesario vaciar uno de los dormitorios para disponer de un sitio donde instalarse. Ya puestos, había limpiado las dos habitaciones libres, apartando los objetos de posible valor y desechando el resto. Con el contenedor junto a la acera, pudo eliminar la mayor parte de los cachivaches que Gus había guardado durante tantos años. Al principio, él armó tal alboroto que Solana optó por hacerlo mientras dormía. De todos modos, Gus rara vez entraba en esas habitaciones y no pareció darse cuenta de lo que había desaparecido.

Solana ya había registrado su dormitorio antes, pero obviamente había pasado algo por alto. ¿Cómo era posible que tuviera tan pocas cosas de valor? En tono de queja, Gus le contó que había trabajado para el ferrocarril toda su vida. Ella había visto sus cheques de la Seguridad Social y las mensualidades de su pensión, que juntos bastaban para cubrir sus gastos diarios. Pero ¿adónde había ido a parar el resto del dinero? Sabía que la casa estaba pagada, por espantosa que fuera, pero ahora tenía que abonarle el sueldo a ella, y eso no salía barato. Pronto empezaría a pasarle factura a Melanie por las horas extra, aunque dejaría que fuese el médico quien propusiera la cantidad de tiempo añadido.

La primera semana de trabajo encontró las libretas de dos cuentas de ahorro en una de las casillas de su buró. Una contenía unos miserables quince mil dólares y la otra veinte mil. Obviamente Gus quería hacerle creer que ahí acababa la cosa. Estaba burlándose de ella, a sabiendas de que le era imposible echar mano de sus fondos. En su trabajo anterior había ocurrido algo así. Si bien había convencido a la señora Feldcamp para que firmara innumerables cheques al portador, cuando ella murió aparecieron otras cuatro cuentas de ahorro con saldos considerables. Entre las cuatro sumaban unos quinientos mil dólares, cosa que hizo llorar de frustración a Solana. En una última intentona de embolsarse el dinero falsificó la firma de la anciana en cheques con fecha atrasada. Pensó que la maniobra era creíble, pero el banco no lo vio de la misma manera. Incluso se planteó la posibilidad de procesarla, y si ella no se hubiese despojado de esa identidad en particular, todo su esfuerzo podría haber quedado en nada. Por suerte actuó con rapidez y desapareció antes de que el banco descubriera el alcance de su argucia.

En casa de Gus, la semana anterior, después de un diligente registro de los cajones de una de las habitaciones libres, había encontrado unas joyas que debieron de pertenecer a su mujer. En su mayor parte eran baratijas, pero el anillo de compromiso de la señora Vronsky llevaba engastado un diamante de tamaño notable y el reloj era un Cartier. Solana los había trasladado a un escondrijo en su cuarto a la espera de poder llevarlos a un joyero para tasarlos. No quería ir a una casa de empeños, porque sabía que sólo recibiría una pequeña proporción del valor real. Además, era fácil seguir el rastro a los objetos de las casas de empeño, y eso no le convenía. Empezaba a perder la esperanza de descubrir bienes, aparte de los que ya tenía.

Se acercó sigilosamente al armario y, levantando el picaporte, abrió la puerta. Había descubierto por el camino difícil que las bisagras chirriaban con un ruido semejante al gañido de un perro cuando le pisan el rabo. Eso había ocurrido en su segunda noche en la casa. Gus, incorporándose en la cama, le había preguntado qué hacía en su habitación. Ella le había contestado lo primero que le vino a la cabeza: «Lo he oído gritar y he pensado que le ocurría algo. Debe de haber tenido una pesadilla. ¿Quiere que le traiga un poco de leche caliente?».

Mezcló la leche con jarabe para la tos con sabor a cereza y le dijo que era un preparado especial para niños, lleno de vitaminas y minerales. Él se lo bebió de un trago, y ella se planteó seriamente engrasar las bisagras antes de volver a intentarlo. Ahora registró una vez más los bolsillos de su cazadora, probó en su gabardina, su única americana y la bata que había dejado colgada en la puerta del armario. Nada de nada, pensó con irritación. Si el viejo no tenía un centavo, no estaba dispuesta a aguantarlo. Podía seguir renqueando durante años, ¿y qué sentido tenía ayudarlo si a ella no le reportaba ningún beneficio? Era una profesional titulada, no una voluntaria.