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Seguía sin verse el coche de Solana, aunque había un hermoso espacio vacío donde antes lo tenía aparcado. Di la vuelta a la manzana y encontré un hueco en la calle, cuidándome de mantener los treinta metros requeridos entre mi persona y la suya, siempre y cuando ella se quedase donde le correspondía. Aunque si alguien ocupaba su sitio y ella aparcaba detrás de mí, iría a la cárcel sin duda.

Desplegué el parasol y lo coloqué ante el parabrisas; luego me instalé, cámara en mano, y enfoqué la puerta de la casa de Gus. Desplacé el objetivo hacia la plaza de aparcamiento vacía junto al bordillo y ajusté la lente. Me arrellané y esperé, observando la fachada de la casa por una estrecha abertura entre el salpicadero y la base del parasol. Al cabo de veintiséis minutos, Solana dobló la esquina y tomó por Albanil, a media manzana calle abajo. La vi recuperar su plaza, sintiéndose probablemente muy satisfecha de sí misma al colocar el coche de morro en el hueco. Me incorporé y apoyé los brazos en el volante mientras Solana salía. El chasquido y el ronroneo de la cámara me resultaron relajantes mientras tomaba una instantánea tras otra. De pronto ella paró en seco e irguió la cabeza.

Uy, uy, uy.

La vi observar la calle, y en su lenguaje corporal se adivinaba un estado de hipervigilancia. Recorrió con la mirada toda la manzana hasta la esquina y luego, tras volver al punto de partida, la fijó en el coche de Henry. Inmóvil, clavó los ojos en el parasol como si pudiera ver a través. Aprovechando la circunstancia, hice seis fotografías más, y después contuve la respiración, esperando a ver si cruzaba la calle. No podía arrancar el coche y marcharme sin quitar primero el parasol, en cuyo caso quedaría a la vista. Incluso si lo conseguía, tendría que pasar por delante de ella y se habría acabado el juego.

Capítulo 31

Solana

Sentada en la cocina del viejo, Solana fumaba un cigarrillo de Tiny, un placer culpable que se concedía en raras ocasiones cuando necesitaba concentrarse. Se sirvió un vaso de vodka para tomárselo mientras contaba y agrupaba en fajos el dinero que había amasado. Parte procedía de una cuenta de ahorros suya, acumulada a lo largo de los años en otros trabajos. Tenía treinta mil dólares que le habían reportado intereses cómodamente mientras desempeñaba su actual empleo. La semana previa se había dedicado a vender las joyas obtenidas de Gus y los anteriores clientes. Algunas de las piezas las conservaba desde hacía años, por miedo a que hubiesen denunciado el robo. Había puesto un anuncio en el periódico local para hacer pública la venta de «joyas heredadas», lo cual quedaba muy postinero y refinado. Había recibido muchas llamadas de los sabuesos que peinaban esa sección de forma sistemática en busca de gangas surgidas de la desesperación de alguien. Había hecho tasar las joyas y calculado meticulosamente los precios de venta que serían tentadores sin generar dudas sobre la procedencia de anillos de diamantes eduardianos y Art Decó y pulseras de Cartier. Aunque no era asunto de nadie, había inventado varias historias: un marido rico que había muerto y sólo le había dejado las joyas regaladas a lo largo de los años; una madre que había sacado las pulseras y los anillos a escondidas de Alemania en 1939; una abuela que, a causa de las estrecheces, no había tenido más remedio que vender los preciados collares y pendientes heredados de su madre. A la gente le gustaban las historias lacrimógenas. Pagaban más por un objeto con una tragedia detrás. Estos relatos personales de apuros y anhelos daban a los anillos y pulseras, pendientes y broches, un valor que superaba el del contenido en oro y piedras.

Había telefoneado cada día a la galerista durante una semana para preguntarle si había encontrado comprador para los cuadros. Sospechaba que la mujer se limitaba a darle largas, pero no estaba del todo segura. En cualquier caso, Solana no podía permitirse perder ese contacto. Quería el dinero. Los muebles antiguos de Gus los había vendido uno por uno a distintos anticuarios de alto copete de la ciudad. Gus se pasaba el día en el salón o el dormitorio y no pareció darse cuenta de que le estaban vaciando la casa poco a poco. Por estas ventas se había embolsado poco más de 12.000 dólares, que no era tanto como esperaba. Si añadía esa suma a los 26.000 dólares que el viejo aún tenía guardados en distintas cuentas de ahorro, además de los 250.000 que había pedido prestados al banco hipotecando la casa, la suma ascendería a 288.000 dólares, más los 30.000 de su cuenta personal. Aún no tenía en su haber los 250.000, pero el señor Larkin, del banco, le había dicho que el préstamo estaba concedido y ya era sólo cuestión de pasar a recoger el cheque. Ese día quería hacer compras para sí misma y dejaría a Gus al cuidado de Tiny.

Tiny y el viejo se llevaban bien. Les gustaban los mismos programas de televisión. Compartían las mismas pizzas gruesas, repletas de los más repugnantes ingredientes, y las galletas baratas en envoltorios de plástico que ella compraba en Trader Joe's. Últimamente los dejaba fumar en el salón, pese a que le molestaba sobremanera el humo. Los dos eran duros de oído, y cuando el volumen del televisor empezaba a crisparle los nervios, Solana los desterraba a la habitación de Tiny, donde podían ver el televisor viejo que se había llevado de su apartamento. Por desgracia, vivir con los dos había echado a perder los placeres de la casa, que ahora se le antojaba pequeña y claustrofóbica. El señor Vronsky insistía en mantener el termostato a veintitrés grados, y a ella esa temperatura le resultaba sofocante. Había llegado el momento de desaparecer, pero aún no había decidido qué hacer con él.

Metió el dinero en una bolsa de lona que guardaba en el fondo de su armario. Después de vestirse, se miró en el espejo de cuerpo entero de la puerta del baño. Se vio bien. Vestía un austero traje pantalón azul marino, con una sencilla blusa debajo. Era una mujer respetable, interesada en resolver sus asuntos. Fue por el bolso y se detuvo en el salón, camino de la puerta.

– Tiny.

Tuvo que llamarlo dos veces porque él y el viejo estaban absortos en un programa de televisión. Tomó el mando a distancia y quitó el volumen. Su hijo alzó la vista, sorprendido y molesto por la interrupción.

– Me voy -anunció Solana-. Tú quédate aquí. ¿Entendido? No salgas. Cuento con que cuides del señor Vronsky. Y no abras la puerta a menos que haya un incendio.

– Vale -contestó él.

– No abras a nadie. Quiero que estés aquí cuando vuelva.

– ¡Vale!

– ¡Y no me contestes!

Fue por la autovía hasta La Cuesta, su centro comercial preferido. Sentía especial debilidad por los grandes almacenes Robinson, donde compraba el maquillaje, la ropa y algún que otro artículo doméstico. Ese día tenía previsto comprar maletas para su inminente marcha. Quería un juego nuevo, bonito y caro, como símbolo de la nueva vida que iniciaba. Era casi como un ajuar, cosa a la que hoy día las jóvenes no daban mucho valor. El ajuar debía ser nuevo, cuidadosamente reunido y empaquetado antes de la luna de miel.