Pisé el embrague, puse la primera y apreté el acelerador. El Mustang salió disparado con un chirrido de neumáticos quemados. De reojo, veía aún el brazo y la mano de Tiny, como la rama de un árbol que atraviesa una pared por efecto de un viento huracanado. Di un frenazo, pensando que así me libraría de él. Fue entonces cuando me di cuenta de mi error de percepción. Entre su propio peso y mi velocidad, lo había dejado a media manzana. Sólo quedaba su brazo, apoyado ligeramente en mi hombro como el de un viejo amigo.
Capítulo 35
No entraré en detalles sobre lo que sucedió después de ese truculento incidente. En cualquier caso, he olvidado la mayor parte. Sí recuerdo que llegó el agente Anderson con su coche patrulla y poco después Cheney en su elegante Mercedes descapotable rojo. Mi coche estaba aparcado donde lo había dejado, y yo, sentada en el bordillo delante de la casa de Henry, temblaba como si padeciera un trastorno neurológico. Después de mi combate con Tiny, lucía contusiones y abrasiones suficientes para dar credibilidad a mi versión del ataque. Aún me resonaba la cabeza a causa del puñetazo. Como ya había órdenes de búsqueda contra él por agresiones parecidas, nadie insinuó que yo era la culpable.
Los hechos a mi favor eran los siguientes:
En el momento del accidente, me detuve y me acerqué al hombre herido con la intención de ofrecerle auxilio si era necesario, y no lo era porque había muerto.
Según la prueba de alcoholemia y el posterior análisis de sangre, yo no conducía bajo los efectos del alcohol ni de droga alguna.
Cuando el agente de tráfico llegó al lugar de los hechos, di mi nombre, dirección, matrícula y la póliza del seguro. Tenía un carnet de conducir vigente expedido en California. Él llamó a la central y dio mi nombre, número de carnet y matrícula, y comprobó que no tenía antecedentes. Temí que se enterara del pequeño detalle de la orden de alejamiento, pero como aún no habíamos comparecido ante el juez, probablemente todavía no estaba en la base de datos. Aparte, nunca le había hecho nada a Solana.
Alguien insinuó que tal vez yo me había excedido en el uso de la fuerza al defenderme, pero esa opinión enseguida se desestimó.
El Mustang pasó una semana en el taller. Hubo que cambiar la varilla del parabrisas y la ventanilla del conductor. La puerta estaba abollada y el asiento de vinilo blanco del conductor no tenía remedio. Por mucho que se limpiara la tapicería, siempre quedarían restos de sangre en las costuras. Si me quedaba o no con el Mustang era otra cuestión. Tener ese coche era como tener un purasangre: hermoso a la vista, pero caro de mantener. El coche me había salvado la vida, de eso no cabía duda, pero no sabía si cada vez que me subiera a él, vería a Tiny emprender aquella fatídica carrera con el puño en alto.
A Gus le dieron el alta dos días después. Melanie pasó por una agencia local donde contrató a una nueva acompañante para él. La mujer hacía un poco de limpieza, le preparaba las comidas, se ocupaba de los recados, y por la noche volvía a casa con su propia familia. Naturalmente, Gus la despidió al cabo de dos semanas. La posterior acompañante ha sobrevivido hasta la fecha, pese a que, según informes de Henry, se oyen muchas discusiones al otro lado del seto. Una semana después de la muerte de Tiny apareció el Buick Electra de Gus a seis manzanas de la frontera mexicana. Habían limpiado las huellas, pero había una pila de óleos en el maletero que después se valoraron en casi un millón de dólares. Solana debió de maldecir por tener que abandonar semejante botín, pero difícilmente podía desaparecer aferrándose a tal cargamento de arte robado.
Una feliz secuela de su desaparición fue que no compareció en el juzgado el día de la vista por la orden de alejamiento. El asunto se desestimó; aun así, necesitaría una orden del juez para recuperar mis armas. En el fondo, yo sabía que no había acabado con ella, ni ella conmigo. Era la responsable de la muerte de su único hijo, y pagaría por eso.
Entretanto, me dije que no tenía sentido preocuparme. Solana se había ido y, si volvía, ya me encargaría de ella. Aparqué el problema. Lo hecho, hecho está. Yo no podía cambiar lo sucedido ni podía rendirme a las emociones que discurrían como una corriente bajo la plácida superficie que yo mostraba al mundo. Henry me conocía mejor. Con sumo tacto me sondeó, preguntándose en voz alta cómo sobrellevaba yo la muerte de Tiny, e insinuando que acaso me iría bien «hablar con alguien».
– No quiero hablar con nadie -contesté-. Hice lo que tenía que hacer. Él no debería haberme atacado. No debería haber traspasado el cristal de un puñetazo. Él eligió eso. Yo hice mis propias elecciones. No hay para tanto. Tampoco es la primera persona a la que mato.
– Bueno, ésa es otra manera de ver las cosas.
– Henry, agradezco tu preocupación, pero no tiene razón de ser.
Me di cuenta de que manifestaba cierta irritación, pero, por lo demás, me sentía bien. Al menos eso le dije a él y a cualquier otra persona que preguntara. Pese a que ponía buena cara, me pasaba los días con un pavor de fondo que apenas reconocía. Quería poner fin a aquello de alguna manera. Necesitaba atar todos los cabos sueltos. Mientras Solana siguiera libre, no me sentiría segura. Estaba asustada. Más bien, aterrorizada. Después me di cuenta de que padecía una forma de trastorno por estrés postraumático, pero en su momento sólo sabía lo mucho que me costaba contener la ansiedad. No tenía apetito. No tenía problemas para conciliar el sueño, pero me despertaba a las cuatro y ya no podía volver a dormir. Me costaba concentrarme. Me daban miedo las multitudes y me sobresaltaban los ruidos fuertes. Acababa el día agotada de tanto contenerme. El miedo, como cualquier emoción intensa, no es fácil de esconder. Dedicaba gran parte de mi energía a negar su existencia.
Lo único que me aliviaba era correr a primera hora de la mañana. Ansiaba el movimiento. Me encantaba la sensación de volar por encima del suelo. Necesitaba sudar y quedarme sin aliento. Si me dolían las piernas y me ardían los pulmones, tanto mejor. La calma que me invadía después era algo tangible. Empecé a forzarme, añadiendo un par de kilómetros a los cinco que ya corría normalmente. Cuando eso no me bastó, aumenté la velocidad.
El paréntesis no duró mucho. El domingo 14 de febrero fue el último día que pude disfrutar de tranquilidad, por artificial que fuera. La siguiente semana, aunque yo no lo sabía aún, Solana haría su jugada. El día de San Valentín, Henry cumplía ochenta y ocho años, y Rosie nos invitó a cenar para celebrarlo. Como el restaurante cerraba los domingos, lo teníamos todo para nosotros solos. Rosie preparó un festín y William la ayudó a servir. Sólo estábamos nosotros cuatro: Rosie, William, Henry y yo. Tuvimos que prescindir de Lewis, Charlie y Nell porque, debido a un temporal de nieve en el Medio Oeste, los hermanos se habían quedado aislados hasta que volviera a abrirse el aeropuerto. Henry y Charlotte habían hecho las paces. Pensé que él la invitaría, pero era reacio a permitirse la menor insinuación de que hubiera una relación sentimental entre ellos. Ella siempre sería demasiado impetuosa y resuelta para el estilo de vida relajado de él. Henry dijo que sólo quería estar con las personas más cercanas y queridas cuando soplara las velas, con una gran sonrisa ante nuestra briosa interpretación de Cumpleaños feliz. Rosie, William y yo le regalamos tres cacerolas con la base de cobre, que le encantaron.