Todos los presentes empezaron a asentir. Watson, Quincy y Rainie. Kimberly fue la única que no lo hizo y Mac se sintió orgulloso de ella.
– Tengo una teoría -dijo de repente. Todos le miraron y él lo consideró una invitación a seguir hablando.
– Cuando ese hombre empezó a matar en 1998, las primeras pistas que dejó fueron evidentes y sencillas. A partir de entonces empezó a incrementar la dificultad: las pistas cada vez eran más complejas, los lugares que escogía cada vez eran más peligrosos y cada vez atacaba con más frecuencia. Siempre lograba anticiparse a nuestra curva de aprendizaje e iba complicando las reglas del juego. Siempre se mantuvo un paso por delante de nosotros. Pero todo terminó en el año 2000 cuando, siete cadáveres después, logramos hacerlo bien y salvamos a una de esas muchachas. Entonces se retiró porque por fin habíamos ganado el juego.
Mac miró a Quincy.
– Los asesinos en serie nunca se retiran -dijo el perfilador psicológico.
– Cierto, pero no siempre lo saben, ¿verdad?
Quincy asintió, pensativo.
– En ocasiones lo intentan. Bundy salió de la cárcel en dos ocasiones y las dos veces juró que no volvería a atacar a ninguna mujer. Se retiró e inició una vida tranquila, pero no duró demasiado. Había infravalorado su necesidad fisiológica y emocional de matar. De hecho, cuanto más se esforzaba en reprimir sus impulsos, más intensos se volvían estos. Finalmente atacó a cinco jóvenes en una noche.
– Creo que este tipo ha intentado parar -dijo Mac, mientras Rainie y Kaplan cerraban los ojos-. Pero sus impulsos asesinos no han hecho más que intensificarse y, al final, se ha visto obligado a empezar de nuevo. Pero no ha regresado con el mismo juego -prosiguió, adoptando un tono sombrío-. Nosotros ganamos la partida anterior, de modo que ahora ha creado uno distinto. Uno en el que las extremidades de la víctima ya no son las agujas de una brújula. Uno en el que el mapa contiene una serpiente de cascabel viva y letal. Uno en el que el cadáver es abandonado en los terrenos de la Academia del FBI porque, ¿de qué sirve inventar un juego si no consigues que los mejores salgan a jugar contigo? En el año 2000, ese tipo mató a tres muchachas en doce semanas. Si se trata del mismo hombre, si se trata de un juego nuevo, no sé qué se le habrá ocurrido, pero les prometo que será mucho peor. Por eso, y disculpen si les ofendo, no puedo permanecer aquí encerrado ni un minuto más. No hay tiempo para hablar de este caso. No hay tiempo para redactar informes de investigación ni para establecer la cronología de los acontecimientos. Desde el mismo instante en que se encuentra el primer cadáver, el reloj empieza a hacer tictac. Si quieren tener alguna posibilidad de encontrar a la segunda víctima con vida, levanten el culo de sus asientos y pónganse a trabajar, porque les aseguro que allí fuera hay otra joven y lo único que deseo es que no sea ya demasiado tarde.
Capítulo 14
Virginia
19:52
Temperatura: 33 grados
Empezaba a estar cansado. Llevaba casi cuarenta y ocho horas despierto y había conducido durante más de dieciséis. El sol, que había brillado con intensidad durante la mayor parte del día, le había ayudado a seguir adelante, pero su luz empezaba a desvanecerse. A sus espaldas, el horizonte estaba veteado por las tonalidades rosas y anaranjadas de un sol agonizante. Ante él, en la densa zona boscosa por la que conducía, hacía tiempo que el astro rey había perdido la batalla.
La oscuridad se apiñaba bajo el espeso dosel que formaban las copas de los árboles. Las sombras crecían y se alargaban, formando profundos pozos de oscuridad que engullían el mundo que se extendía a dieciocho metros de él. Los árboles adoptaban formas retorcidas y antinaturales y las pocas hojas que quedaban en sus ramas estaban demasiado separadas. Pronto, este paisaje fue interrumpido por caravanas de anchura doble que se agazapaban en medio de los prados, rodeadas por los armazones de vehículos quemados y viejos aparatos eléctricos.
Pero el hombre no tenía que preocuparse de que nadie advirtiera su llegada.
No había niños que jugaran en estos campos. No había personas que se sentaran en estos porches delanteros. Aquí y allá podía ver sabuesos solitarios, perros flacos y huesudos con la cara hundida y las caderas prominentes, sentados en los desvencijados escalones de las caravanas. Por lo demás, solo la línea constante de zarigüeyas atropelladas marcaba su camino.
La vida todavía existía en este lugar, pero no todo el mundo podía moverse y pocas personas lograban acostumbrarse al olor que impregnaba el aire. Era un olor intenso y acre, como de huevos podridos y basura quemada, que hacía que los viejos vomitaran y que los ojos de los forasteros se llenaran de lágrimas. Era un olor que hacía que incluso los locales se preguntaran si la elevada tasa de cáncer que existía entre sus vecinos se debía realmente al azar.
Este lugar seguía perteneciendo a Virginia, aunque a la mayor parte del estado le gustaría olvidar que existía. Se suponía que Virginia era un estado hermoso, famoso por sus verdes montañas y sus idílicas playas. Virginia era para los amantes, como le gustaba decir al departamento de turismo. No se suponía que tuviera que tener este aspecto.
El hombre tomó la bifurcación de la derecha, dejó atrás el asfalto y empezó a avanzar sobre tierra. La furgoneta traqueteaba ruidosamente y el volante se sacudía bajo sus manos, aunque lo sujetaba sin demasiado esfuerzo. Sus músculos estaban cansados, pero transcurrirían varias horas antes de que pudiera descansar. Después prepararía un poco de café, se tomaría un par de minutos para estirar las piernas y los brazos y seguiría trabajando.
La vida se centraba en el esfuerzo. Debía aceptar su castigo como un hombre.
El espeso dosel de árboles quedó atrás y la furgoneta apareció en un claro, donde el oscuro cielo se hizo más brillante e iluminó una escena que parecía sacada de una pesadilla.
Las pilas de serrín que se alzaban hacia el cielo humeaban debido al calor que había quedado atrapado en su interior. Estaban cubiertas por una película blanca que algunos pensaban que era polvo, aunque en realidad era una fina capa de hongos. A su izquierda, cobertizos desvencijados con las ventanas destrozadas y las paredes vacilantes intentaban en vano cobijar cintas transportadoras largas y oxidadas que finalizaban bajo sierras gigantescas. A la luz mortecina, los dientes de aquellas sierras parecían ser de color negro. ¿Acaso estaban manchados de sangre? ¿Quizá aceite? Era imposible saberlo.
Habían cerrado este lugar hacía algunos años, pero solo cuando ya había sido demasiado tarde. El aserradero, que había permanecido escondido en este lugar remoto durante veinte años, había contaminado los ríos, había acabado con la vegetación de la superficie y había causado graves daños en el subsuelo.
Durante su juventud había estado en la serrería. Había visto a sus operarios talando los árboles con serruchos de cadena que funcionaban con gasolina. Ninguno de ellos llevaba protección en los ojos y pocos se molestaban en ponerse el casco. Los hombres se movían por aquel lugar vestidos con holgadas camisas de franela, mientras los troncos que talaban aguardan a quedar atrapados bajo las hambrientas hojas de aquellas sierras gigantescas.
Las tazas de café se diseminaban por el suelo y las latas de Coca-Cola estrujadas formaban una extensión de minas antipersona en miniatura. Las viejas hojas de las sierras habían sido arrancadas de la maquinaria y arrojadas despreocupadamente a un lado. Si te movías por este lugar sin prestar atención podías romperte las perneras del pantalón… Y si te movías sin prestar atención alguna, podías perder una pierna.