Cogió en brazos a la muchacha, la acostó sobre un saliente apartado del oscuro cieno y retiró el sobretodo que protegía su cuerpo. Dejó el bolso junto a su cuerpo. Y también la garrafa de agua.
A doce metros de altura, un conducto de veinte centímetros de diámetro formaba un improvisado tragaluz en el techo. Cuando llegara la luz del día, la joven sería recibida por una estrecha lanza de luz. Suponía que eso le proporcionaría una deportiva oportunidad de sobrevivir.
Volvió a atar la tabla a su cintura y, disponiéndose a abandonar aquel lugar, dedicó una última mirada a la morena.
Estaba tumbada cerca de un pequeño charco de agua. Esa agua no estaba contaminada como la de la corriente. Todavía no. Era agua de lluvia y le permitiría resistir unos días más.
Esa agua se agitaba y ondeaba con la promesa de la vida. Había criaturas que se movían bajo su superficie, negra como el carbón. Criaturas que vivían y respiraban y luchaban. Criaturas que mordían. Criaturas que reptaban. Criaturas a las que no les gustaban los intrusos.
La muchacha empezó a gemir y el hombre se inclinó sobre ella.
– Shhh -le susurró al oído-. Todavía no quieres despertar.
Cuando el agua volvió a agitarse, el hombre dio la espalda a la joven y se marchó.
Capítulo 15
Quántico, Virginia
21:28
Temperatura: 32 grados
– No tiene buen aspecto -dijo Rainie.
– Lo sé.
– ¿Y qué diablos le ha pasado en el ojo? Parece que haya librado diez asaltos contra Tyson.
– Supongo que la práctica de tiro ha tenido algo que ver.
– Ha perdido peso.
– No se supone que esto tenga que ser fácil.
– Pero estás preocupado por ella. Vamos, Quincy. Suelta ya a esos fantasmas. Sé que te encantaría darle una paliza a Watson y yo estaré encantada de sujetarlo para que puedas hacerlo.
Quincy suspiró y apartó la mirada del expediente que estaba leyendo, las notas del caso del Ecoasesino de Georgia. Solo eran documentos sumariales pues, probablemente, los informes de investigación, las hojas de evidencia y los registros de actividad llenaban una habitación entera. A ninguno de los dos les gustaba trabajar con informes sumariales pues, por lo general, estaban repletos de conjeturas y conclusiones erróneas. Sin embargo, de momento era lo único que tenían.
El documento que Quincy estaba leyendo llevaba por título: «Perfil. Caso de Atlanta número 832». A Rainie le hormigueaban las manos. Sin duda, se trataba del perfil que había realizado el GBI sobre el Ecoasesino. Le gustaría leerlo, sobre todo después de haber oído el relato de aquel policía de Georgia, pero Quincy lo había cogido primero y probablemente lo leería hasta bien entrada la noche, pellizcándose el puente de la nariz en aquel gesto que significaba que estaba pensando con demasiada intensidad y provocándose un intenso dolor de cabeza.
– Si le digo algo se enfadará -dijo entonces.
– Porque es tu hija.
– Exacto. Y mi hija odia que me involucre en su vida. De hecho, está segura de que los cerdos volarán antes de que acepte mi ayuda.
Rainie le miró con el ceño fruncido. Estaba sentada con las piernas cruzadas sobre la colcha naranja que cubría la cama. Aunque era la cuarta vez que estaba en Quántico, este lugar seguía intimidándola. Parecía que aquellos terrenos gritaban que solo querían ser pisados por agentes de la ley acreditados. Y a pesar de que Quincy y ella llevaban juntos seis años, les seguían dando habitaciones separadas. No estaban casados y la Academia tenía su sentido del decoro.
Rainie sabía cómo funcionaba este mundo. Sabía que si Quincy no fuera su socio, jamás le habrían permitido cruzar aquellas puertas sagradas y, por lo tanto, podía entender las dificultades con las que tropezaba Kimberly, que había decidido seguir el largo camino hacia la élite de los cuerpos encargados del cumplimento de la ley.
– No creo que lo consiga -dijo Rainie con voz monótona-. Está demasiado ojerosa. Parece un perro que ha sido derrotado demasiadas veces.
– Este programa te obliga a forzar los límites. Está diseñado para poner a prueba tu nivel de resistencia.
– ¡No digas tonterías! ¿Acaso crees que Kimberly carece de resistencia? Dios mío, siguió adelante incluso después de que un loco matara a Bethie. Se mantuvo alerta y supo reaccionar cuando ese mismo loco fue a por ella. Yo estaba a su lado, ¿recuerdas? A Kimberly le sobra resistencia. No necesita que un puñado de estúpidos trajeados intente demostrar lo contrario.
– No creo que a Watson le guste que le llamen estúpido.
– Oh, vas a conseguir que me enfade.
– No es mi intención. -Quincy levantó las manos en un gesto conciliador. Después de la reunión mantenida con Watson y Kaplan, se había quitado la americana del traje y ahora que estaba recluido en su habitación, incluso había cometido la osadía de arremangarse la camisa blanca de vestir y aflojarse la corbata. A pesar de todo, seguía pareciendo un agente del FBI y Rainie sintió el irresistible impulso de pelear con él, aunque solo fuera para arruinar un poco su aspecto.
– ¿Qué quieres que haga? -preguntó Quincy.
– Deja de ser agente.
– ¡Yo no soy agente!
– ¡Oh, por el amor de Dios! No hay ningún agente más agente que tú. Estoy segura de que las cadenas de tu ADN están encriptadas. Cuando mueras, en el ataúd pondrá: «Propiedad del FBI».
– ¿Eso se te ha ocurrido a ti solita?
– Sí, estoy en racha. Pero no cambies de tema. Kimberly tiene problemas. Ya la has visto. Y ya has visto cómo la trata Watson. Solo es cuestión de tiempo que las cosas lleguen a un punto crítico.
– Rainie… Supongo que no te gustará oír esto, pero Watson es un supervisor de la Academia que cuenta con una gran experiencia. Puede que tenga razón.
– ¿Qué? ¿Te has vuelto loco?
Quincy dejó escapar un profundo suspiro.
– Kimberly desobedeció las órdenes. Aunque tuviera buenas razones para hacerlo, desobedeció las órdenes. Kimberly es una nueva agente. Esta es la vida que ha escogido y toda su carrera quedará definida por el hecho de que haga lo que le ordenen. Si es incapaz de hacerlo, es posible que el FBI no sea la organización más adecuada para ella.
– Encontró un cadáver. Cuando tú ingresaste en esta Academia, ¿cuántos cadáveres encontraste? Exacto. Kimberly tiene todo el derecho del mundo a hablar un poco sobre su descubrimiento.
– Rainie, mira estas fotografías de la escena del crimen y dime a quién se parece esta chica.
De mala gana, Rainie centró su mirada en las fotografías que se diseminaban a los pies de la cama.
– A Mandy -respondió sin vacilar.
Quincy asintió sombrío.
– Por supuesto que se parece a Mandy. Es lo primero que he advertido y tú no has tardado nada en darte cuenta. Sin embargo, Kimberly no ha mencionado nada al respecto.
– Si se le ocurriera decir, aunque fuera en un susurro, que la víctima le recuerda a su hermana fallecida, sin duda se la llevarían de aquí envuelta en una camisa de fuerza.
– Pero es evidente que la víctima le recuerda a su hermana. Y estoy seguro de que ese es el punto principal de todo este asunto.
Rainie le miró con el ceño fruncido. Quincy estaba recurriendo a la psicología barata. Podía sentir cómo se aproximaba la trampa.
– Tú también estás trabajando en este caso -rebatió ella.
– He trabajado en más de trescientos homicidios, así que he tenido más tiempo que ella para desarrollar cierta objetividad.
– Pero también te has dado cuenta del parecido.
– Sí.
– ¿Y no te preocupa, Quincy?