– ¿Y qué vas a hacer?
– A primera hora de la mañana me reuniré con un botánico del Instituto de Cartografía Americano. Después improvisaré.
– ¿Por qué vas a hablar con un botánico? Ya no tienes la hoja…
– No tengo la original -respondió-. Pero podría haber escaneado una copia…
– Has copiado una prueba -dijo ella, con seriedad.
– Sí.
– ¿Y qué más?
– ¿Vas a ir corriendo a contárselo a papá?
– Creo que me conoces mejor que eso.
– La intento.
– Estás obsesionado con este caso, ¿sabes? Podrías estar equivocado. Este crimen podría no tener relación alguna con el Ecoasesino ni con esas chicas de Georgia. La primera vez no encontraste a tu hombre y ahora solo ves lo que quieres ver.
– Es posible -se encogió de hombros-. ¿Pero acaso importa? Una joven ha muerto porque alguien la asesinó. Se trate de mi hombre o de otro distinto, encontrar a ese hijo de puta hará de este mundo un lugar mejor. Y francamente, con eso me daré por satisfecho.
Kimberly le miró con el ceño fruncido. Resultaba difícil discutir contra semejante tipo de lógica.
– Quiero ir contigo -dijo de repente.
– Watson no te lo permitirá. -Mac se incorporó y se limpió los hierbajos de las manos-. De hecho, te pegará semejante patada en el culo que pasarán días antes de que puedas sentir el dolor del moratón.
– Puedo solicitar una baja personal. Hablaré con uno de los consejeros y alegaré angustia emocional por haber encontrado un cadáver.
– Ah, querida, si les dices que sufres angustia emocional por haber encontrado un cadáver seguro que te echan. Esto es la Academia del FBI. Si no puedes hacer frente a un cadáver, estás en el lugar incorrecto.
– La decisión no dependerá de Watson. Sí el consejero está de acuerdo conmigo, tendré que irme. Es así de simple.
– ¿Y cuándo descubra tus verdaderos motivos?
– Estaré de baja… y lo que haga en mi tiempo libre es cosa mía. Watson no tendrá ninguna autoridad sobre mí.
– No llevas demasiado tiempo en el FBI, ¿verdad?
Kimberly alzó la barbilla. Entendía su punto de vista y estaba de acuerdo con él. De hecho, esa era la razón por la que su corazón palpitaba con tanta fuerza en su pecho. Seguir este caso le haría ganarse su primer enemigo político, y eso sería un inicio menos que estelar para su carrera. Llevaba veintiséis años deseando convertirse en agente del FBI. Resultaba extraño que ahora estuviera tan dispuesta a echarlo todo por la borda.
– Kimberly -dijo Mac de repente, como si hubiera leído sus pensamientos-, sabes que esto no traerá de vuelta a tu madre ni a tu hermana, ¿verdad? ¿Sabes que por muchos asesinos a los que detengas, nada cambiará el hecho de que tu familia murió y que no pudiste hacer nada para salvarla?
– He visitado sus tumbas, Mac. Sé lo muertas que están.
– Además, eres una simple estudiante -prosiguió él-. No sabes nada de ese hombre y ni siquiera has completado tu formación. Es probable que tus esfuerzos no sirvan para nada. Reflexiona bien sobre ello antes de echar tu carrera por la borda.
– Quiero ir.
– ¿Por qué?
Ella esbozó una tensa sonrisa. Aquella era la pregunta del millón de dólares. Y, honestamente, podía dar varias respuestas. Que Watson había tenido razón esta mañana y, nueve semanas después de haber ingresado en la Academia, seguía sin tener amigos ni aliados entre sus compañeros. Que, de hecho, solo había sentido lealtad por un cadáver que había encontrado en el bosque. Que sentía la culpabilidad del superviviente y estaba harta de pasar las vacaciones en un campo repleto de cruces blancas. Que tenía una necesidad mórbida de perseguir a la muerte después de haber sentido en una ocasión sus dedos en la nuca. Que, al fin y al cabo, era la hija de su padre. Que los vivos no se le daban bien y que estaba desesperadamente unida a los muertos, sobre todo cuando el cadáver guardaba semejante parecido con Mandy.
Había tantas respuestas posibles… Pero se sorprendió a sí misma cuando optó por responder con la que más se aproximaba a la verdad.
– Porque quiero.
Mac la miró durante un prolongado momento, antes de asentir en la oscuridad.
– De acuerdo. Alas seis en punto de la mañana. Reúnete conmigo delante del Jefferson. Trae ropa para caminar.
– Y Kimberly -añadió, mientras ambos se levantaban-, no olvides tu Glock.
Capítulo 17
Albany, Georgia
01:36
Temperatura: 29 grados
La madre de Nora Ray seguía delante del televisor. Se había desplomado sobre el viejo sofá marrón, enfundada en la misma bata rosa descolorida que había llevado puesta durante los tres últimos años. Su corto cabello oscuro se encrespaba alrededor de su rostro y el gris asomaba en las raíces, donde permanecería hasta que la abuela de Nora Ray la visitara de nuevo y la obligara a cuidarse. Por lo demás, Abigail Watts pocas veces se movía del sofá. Estaba sentada con los hombros perfectamente arqueados, la boca ligeramente abierta y los ojos fijos al frente. Nora Ray pensaba que, del mismo modo que algunas personas caían en la bebida, su madre tenía el canal Nick amp;Nite.
Nora Ray todavía recordaba los días en que su madre había sido hermosa. Antaño, Abigail se levantaba a las seis de la mañana, se ponía rulos calientes en el pelo y se maquillaba. Para cuando Nora Ray y Mary Lynn bajaban a desayunar, su madre ya se movía por la cocina ataviada con un bonito vestido de flores, preparando café para su padre y cereales para ellas. Todos charlaban alegremente hasta las siete y cinco en punto, momento en que recogía su bolso y se iba a trabajar. En aquel entonces era secretaria en un bufete de abogados. No ganaba demasiado dinero, pero le gustaban su trabajo y los dos socios que dirigían la empresa. Además, le proporcionaba un aura de prestigio en el diminuto barrio obrero en el que vivían. Trabajar en un bufete de abogados… Eso sí que era un trabajo respetable.
Pero hacía años que la madre de Nora Ray no iba a trabajar. Nora Ray ni siquiera sabía si había dejado el trabajo de un modo oficial. Posiblemente, se había marchado el mismo día que recibió la llamada de la policía y nunca más había regresado.
Los abogados habían sido amables con ella. Le habían ofrecido sus servicios para un juicio que nunca había tenido lugar en un caso donde el autor nunca había sido detenido. Habían mantenido a Abigail en nómina durante un tiempo y después le habían concedido una excedencia. ¿Y ahora? Nora Ray no podía creer que su madre siguiera conservando su empleo después de tres años. Nadie era tan bueno. Nadie permitía que su vida permaneciera congelada durante un período de tiempo tan largo.
Excepto la familia de Nora Ray, por supuesto. Ellos vivían en una distorsión temporal. La habitación de Mary Lynn, pintada de amarillo brillante y decorada con medallas y trofeos de hípica, seguía estando exactamente igual que el día que desapareció. Los vaqueros sucios que había arrojado a una esquina seguían esperando a que la joven de dieciocho años regresara a casa y los pusiera a lavar. Su cepillo, repleto de largos cabellos marrones, descansaba sobre el tocador. Junto a él había un bote de brillo de labios rosa mal cerrado y otro de rimel.
Y enganchada al espejo que se alzaba sobre la cómoda, todavía podía verse la carta que le había enviado la Universidad Estatal de Albany. Nos enorgullece anunciarles que Mary Lynn Watts ha sido aceptada formalmente como estudiante de primer año del curso 2000…
Mary Lynn deseaba ser veterinaria. Algún día trabajaría a jornada completa salvando a los caballos que tanto amaba y Nora Ray se convertiría en abogada. Entonces, ambas comprarían granjas vecinas en el campo y cada mañana podrían montar juntas a caballo, antes de acudir a sus respectivos trabajos, que sin duda estarían muy bien remunerados y serían sumamente gratificantes. Eso era lo que habían decidido aquel verano. Habían estado haciendo castillos en el aire, sobre todo aquella última noche, tan calurosa que habían decidido salir a tomar un helado.