Tina se encaramó con rapidez a la roca en la que había estado recostada. Los mosquitos se apiñaban a su alrededor, hambrientos. Ahora también podía ver a otros cazadores: moscas amarillas, mosquitos zancudos y otras criaturas zumbantes de todo tipo y tamaño. Rodeaban su cabeza y sus hombros, buscando la piel desprotegida de su cuello, las comisuras de su boca y el blanco de sus ojos. Los puntos rojos inflamaban sus orejas, párpados y mejillas, y tenía las piernas cubiertas de manchas coloradas. De algunas de ellas escapaba sangre fresca, cuyo aroma atraía a nuevos mosquitos. Empezó a batir palmas… y al instante empezó a darse palmadas por todo el cuerpo.
– Morid, morid, morid -jadeaba. Y lo hacían. Sus cuerpos regordetes y sobrealimentados reventaban entre sus dedos y las palmas de sus manos se manchaban con su propia sangre. Los mataba por docenas, pero cientos de ellos se apresuraban a ocupar sus puestos y a morder dolorosamente su tierna piel.
Se dio cuenta de que estaba llorando y respiró hondo, intentando llenar de oxígeno sus pulmones. Entonces, en medio de aquel frenesí, ocurrió lo inevitable: su estómago se retorció. Apoyándose sobre manos y rodillas, la joven vomitó por el borde de la roca en el barro que tenía debajo y que olía tan raro.
Agua. Bilis verdosa. El preciado alimento que tanto necesita. Su estómago se contrajo de nuevo y su cabeza desapareció entre sus hombros mientras vomitaba. Los mosquitos aprovecharon aquella oportunidad para enjambrarse sobre sus hombros, codos y pantorrillas. La estaban devorando viva y no podía hacer nada por evitarlo.
Los minutos pasaron. El nudo de su estómago se relajó; las náuseas remitieron y dejaron de constreñir sus entrañas. Temblando, se enderezó de nuevo, echó hacia atrás su larga y sudada melena y sintió nuevos aguijonazos en sus orejas.
Los mosquitos danzaban ante sus ojos, buscando piel que morder. Los apartó zarandeando los brazos, pero sus movimientos eran los de una mujer que es consciente de que no puede vencer al enemigo. Aunque matara a mil insectos, mil más ocuparían su lugar. Oh, Dios…
Le ardía la garganta y la piel le abrasaba. Acercó sus manos temblorosas a su rostro y descubrió que también estaban cubiertas de picaduras coloradas y airadas. Entonces contempló el cielo candente, donde el sol había empezado a brillar con todas sus fuerzas. La jaula del perro había desaparecido y, al parecer, ella había sido arrojada a algún tipo de foso cenagoso, donde se convertiría en alimento para los insectos, las serpientes y Dios sabía qué más.
– La buena noticia -susurró Tina para sus adentros-, es que no parece haber cerca ningún pervertido sexual desquiciado.
Se echó a reír y al instante empezó a llorar. Entonces susurró, con una voz que solo oyeron los mosquitos y las serpientes:
– ¡Lo siento tanto, mamá! ¡Oh, Dios, que alguien me saque pronto de aquí!
Capítulo 20
Quántico, Virginia
10:08
Temperatura: 32 grados
A las ocho en punto de la mañana, el agente especial Kaplan había escoltado a Rainie y a Quincy hasta la escena del crimen acordonada, donde había aparecido el cadáver el día anterior. A las ocho y diez, Kaplan se había marchado para ocuparse de las tareas que tenía que realizar durante el día, dejando a la pareja a solas. Quincy no había tenido nada que objetar, pues le gustaba pasearse por la escena sin que nada distrajera su atención, ya fueran voces que murmuraban, el incesante chasquido de las cámaras o los arañazos de los bolígrafos sobre el papel. La muerte se había llevado una vida, y Quincy prefería la calma que seguía a la tormenta, cuando todos los investigadores se habían marchado y podía quedarse a solas con sus divagaciones.
Rainie, que se encontraba a unos nueve metros de distancia, caminaba sin hacer ningún ruido por los límites del bosque. A estas alturas, ya estaba acostumbrada al modo de trabajar de Quincy y lo hacía con el mismo sigilo que él. Pasaron dos horas recorriendo la cuadrícula y diseccionando lenta y metódicamente cada centímetro de la zona acordonada. Después, conscientes de que incluso los mejores policías podían pasar por alto algún detalle, abandonaron el perímetro para buscar aquello que otros podían no haber visto, aquella pista que por arte de magia haría que el resto de piezas encajaran. Si realmente existía…
Bajo la sombra relativa de los gruesos robles, el calor les martilleaba de forma despiadada. Compartieron una botella de agua, después otra y ahora estaban a punto de terminar el caldeado líquido de la tercera. La camisa blanca de vestir de Quincy, que había planchado por la mañana, se pegaba a su pecho y delgadas perlas de sudor adornaban su rostro. Sus dedos dejaban manchas de humedad en su pequeña libreta y la pluma resbalaba entre el sudor de sus dedos.
Era una mañana brutal, el comienzo brutal de lo que sin duda sería un día brutal. ¿Era esto lo que deseaba el asesino? ¿Agentes de la ley acalorados, trabajando en un entorno húmedo e insoportable que les dejaba sin aliento y hacía que los uniformes se les pegaran al cuerpo? Algunos asesinos se deshacían de sus víctimas en lugares extremadamente duros o desagradables porque les encantaba que los detectives de homicidios tuvieran que vadear por ciénagas o rebuscar en contenedores de basura. Primero humillaban a sus víctimas y después se regocijaban pensando en lo que tendría que hacer la policía.
Quincy se detuvo y se giró una vez más, frunciendo el ceño muy a su pesar. Deseaba conocer este lugar. Deseaba sentir este lugar. Deseaba entender por qué, de todos los lugares posibles que había en esta base que ocupaba ciento sesenta hectáreas, el asesino había decidido deshacerse del cadáver justo en este punto.
Era una zona resguardada y el espeso dosel de árboles hacía que el sendero fuera invisible durante la noche. El camino en sí era lo bastante amplio para que pasara un coche por él, pero las cuatro ruedas tendrían que haber dejado al menos una débil impresión en él y no había ninguna marca. El sujeto no identificado había elegido un punto situado a ochocientos metros de la carretera y había recorrido a pie esta distancia en la más absoluta oscuridad, tambaleándose bajo el peso muerto de un cuerpo de cincuenta kilos. Seguramente había docenas de lugares más accesibles y con menos exigencias físicas.
Así que una vez más: ¿por qué el sujeto no identificado había elegido este lugar?
Quincy empezaba a tener algunas ideas. Y estaba seguro de que Rainie también tendría alguna opinión sobre el tema.
– ¿Qué tal les va? -preguntó Kaplan, que se estaba acercando por el camino de tierra. Parecía más fresco que ellos, sin duda porque había estado en un lugar provisto de aire acondicionado. Quincy se sintió resentido de inmediato.
– Les he traído repelente de insectos -anunció el agente, con voz alegre.
– Es usted el rey de los hombres -le aseguró Quincy-. Ahora mire a sus espaldas.
Kaplan, obediente, se detuvo y miró atrás.
– No veo nada.
– Exacto.
– ¿Eh?
– Baje la mirada -dijo Rainie, impaciente, a seis metros de distancia-. Compruebe sus pisadas.
A primera hora de la mañana, Rainie había recogido su tupido cabello moreno en una coleta, pero esta había empezado a soltarse hacía aproximadamente una hora y ahora los mechones se pegaban a su nuca en sudorosos zarcillos. Parecía enloquecida, pues el cabello se le había rizado por la humedad y sus ojos grises estaban prácticamente negros por el calor. Al haberse criado en la costa de Oregón, con su clima relativamente moderado, Rainie odiaba la temperatura y humedad elevadas. De hecho, Quincy sospechaba que solo tardaría una hora más en empezar a mostrarse violenta.
– No hay ninguna huella -dijo Kaplan.
– Exacto. -Quincy suspiró y desvió su atención de la escena-. Según el Canal Meteorológico, en esta zona cayeron tres centímetros de agua de lluvia hace cinco días. Si abandona el camino para adentrarse en el bosque, verá que hay áreas en las que el terreno todavía está embarrado y es suave al tacto. El espeso dosel de los densos árboles impide que la tierra se cueza al sol y, teniendo en cuenta la humedad, no creo que pueda secarse demasiado.