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El inmenso tamaño de los árboles la engullía a mayor profundidad que cualquier océano. Se ahogaba en su verdor y no estaba segura de cómo mantener la cabeza sobre la superficie o qué dirección seguir para llegar a la orilla. Era una chica de ciudad en un lugar que le resultaba completamente desconocido. En un lugar como este podían ocurrirte muchas cosas malas y era posible que nunca nadie encontrara tu cadáver.

Intentó centrarse en la mujer desaparecida para distraerse. Si la joven había comenzado la velada en un bar, seguramente llevaba sandalias. ¿Habría sido lista y se habría deshecho de ellas desde un principio? Kimberly ya había resbalado varias veces con sus botas de montaña y sabía que sería imposible moverse por este terreno con sandalias. Ir descalzo no era agradable, pero al menos podías caminar.

¿Hacia dónde se habría dirigido primero? Kathy Levine había dicho que hacia abajo, que los excursionistas que se perdían buscaban el camino más fácil. En opinión de Kimberly, avanzar por este lugar no era sencillo. Tener que mirar y decidir dónde poner el pie antes de pisar era un trabajo lento y laborioso. Quizá no era tan aeróbico como caminar montaña arriba, pero los músculos de sus piernas y glúteos ya estaban gritando, y su corazón palpitaba con furia.

¿La joven habría intentado buscar refugio? ¿Se habría detenido en algún lugar fresco a descansar? Mac le había dicho que la clave consistía en quedarse quieto. Estar tranquilo. Mantener el control. No caminar sin rumbo.

Kimberly miró a su alrededor. Los árboles se arqueaban, las sombras se alzaban amenazadoras y las profundas grietas estaban repletas de habitantes desconocidos.

Estaba segura de que la joven había echado a correr. Estaba segura de que los arbustos y las ramas la habían lastimado mientras buscaba desesperada alguna señal de civilización. Seguramente había gritado durante horas, hasta quedar afónica y necesitada de contacto humano. Y cuando había caído la noche, cuando en los bosques habían resonado los gruñidos de las grandes bestias y el zumbido de los insectos…

Probablemente, la joven había echado a correr de nuevo. Tropezando. Resbalando. Y quizá cayendo de bruces entre la hiedra venenosa o sobre algún avispero. ¿Y entonces qué le habría ocurrido? Herida, aterrorizada y perdida en la oscuridad…

Habría buscado agua para calmar sus heridas, pensando que lo que fuera que se deslizara por la corriente tenía que ser menos peligroso que las criaturas que acechaban en el bosque.

Kimberly se detuvo en seco y levantó una mano.

– ¿Oyes eso? -le preguntó a Mac.

– Agua -replicó este. Sacó el mapa de la mochila-. Hay una corriente al oeste.

– Debemos seguirla. Eso es lo que dijo Levine, ¿verdad? Que los excursionistas se sienten atraídos hacia el agua.

– Me parece buena idea.

Kimberly dio un paso a la izquierda…

Y su pie dejó de sostener su peso. Hacía un segundo había estado pisando suelo sólido, pero ahora su pierna salió disparada y ella cayó de espaldas y resbaló pendiente abajo, golpeándose la cadera contra una roca y arañándose el muslo con un tronco caído. Desesperada, intentó colocar las manos bajo su cuerpo para detenerse. Apenas era consciente de que Mac gritaba su nombre a sus espaldas.

– ¡Kimberly!

– Ahhhhhh. -¡Pum! Otro tronco apareció en su camino y se estrelló contra él con la gracia de un rinoceronte. Las estrellas brillaban ante sus ojos y un zumbido pitaba en sus oídos. Era muy consciente del sabor a sangre de su boca, pues se había mordido la lengua. Y entonces, de repente, todo su cuerpo empezó a arder.

– Mierda. Maldita sea. ¿Qué diablos ocurre? -Estaba de pie, pegándose palmetazos en los brazos y las piernas. Cómo dolía, cómo dolía, cómo dolía. Era como si un millón de termitas le mordieran la piel una y otra vez. Abandonó de un salto los hierbajos y empezó a trepar por la pendiente, sujetándose a las ramas con las manos mientras sus pies removían la hierba.

Subió cuatro metros y medio, pero no sirvió de nada. Su piel seguía ardiendo. Su sangre rugía. Observó impotente su cuerpo, que de repente se iluminó con un sarpullido de color rojo brillante.

Mac por fin llegó junto a ella.

– No te rasques. No te rasques. No te rasques.

– ¿Qué diablos es esto? -chilló, frenética.

– Felicidades, preciosa. Creo que acabas de encontrar las ortigas.

Capítulo 26

Quantico, Virginia

20:05

Temperatura: 36 grados

– Entonces, ¿qué tenemos? -preguntó Quincy.

Eran las ocho de la tarde y Rainie, el agente especial Kaplan, el supervisor Watson y él se habían reunido en un aula que casi nunca se utilizaba. Nadie parecía demasiado contento, en parte porque la mitad estaban agotados después de haber analizado la escena del crimen bajo aquel calor abrasador y, en parte, porque no tenían ninguna información que aportar a pesar de que ya llevaban catorce horas trabajando.

– Creo que tendríamos que seguir investigando a McCormack -insistió Kaplan-. Ya saben que en este trabajo no existen las coincidencias y el hecho de que estuviera aquí en el mismo momento en que uno de sus viejos casos se reavivara… En mi opinión, es demasiada coincidencia.

– No ha sido ninguna coincidencia; estaba planeado -replicó Rainie, irritada. Su opinión al respecto era muy clara-. Ya ha hablado con su jefe y sabe que McCormack nos ha contado la verdad.

– Todo el mundo protege a los suyos.

– ¿Está insinuando que el Servicio de Investigación de Georgia al completo está implicado en este crimen? ¿Hemos pasado de una simple coincidencia a una teoría de conspiración?

Quincy levantó la mano, deseoso de interrumpir aquella discusión antes de que empezara… una vez más.

– ¿Y qué hay del anuncio? -le preguntó a Kaplan.

– Según el director del Departamento de Asuntos Públicos, el anuncio llegó ayer con instrucciones de que fuera publicado hoy, pero el Quantico Sentry es una publicación semanal y su próxima edición no verá la luz hasta este viernes. Al director no le gustó el anuncio, pues consideraba que ocultaba un mensaje codificado, quizá relacionado con drogas, así que me lo envió.

Kaplan le pasó una copia del anuncio en cuestión, deslizándola sobre la mesa. Era un recuadro pequeño, de cinco por cinco centímetros, perfilado por un borde negro en cuyo interior había un bloque de texto. El texto rezaba: «Querido director, el reloj hace tictac… El planeta agoniza… Los animales lloran… Los ríos gritan. ¿Pueden oírlo? El calor mata…»

– ¿Por qué un anuncio? -preguntó Watson.

– El Quantico Sentry no publica cartas al director.

– ¿Cuáles son sus normas para la publicación de anuncios? -preguntó Quincy.

Kaplan se encogió de hombros.

– Se trata de un periódico civil que se publica con la colaboración del Departamento de Asuntos Públicos de esta base, de modo que cubre cualquier tema de actualidad local. Hay montones de anuncios de comerciantes locales, obras benéficas, servicios para el personal militar y demás. En realidad, no difiere demasiado de cualquier otro pequeño periódico regional. Para que el anuncio sea aceptado, tiene que estar impreso y se tiene que efectuar el pago de antemano.

– ¿De modo que nuestro hombre se tomó el tiempo necesario para conocer los requisitos de publicación y, sin embargo, no se dio cuenta de que no podría ser publicado hoy? -preguntó Watson, escéptico-. En mí opinión, ese tipo no es tan inteligente.

– Consiguió lo que quería -respondió Quincy-. Estamos leyendo el mensaje el día deseado.

– Por simple casualidad -replicó Watson.

– En absoluto. Ese hombre lo hace todo con un propósito. El Quantico Sentry es el periódico más antiguo del Cuerpo. Forma parte de su tradición y orgullo. Quería publicar en él su mensaje por la misma razón que se deshizo del cadáver en la base. Nos está acercando su crimen. Esta pidiendo a gritos nuestra atención.