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– Rainie, en estos momentos estoy un poco cansado. ¿Podría apiadarse de un extenuado agente del servicio de investigación de Georgia y empezar a contarme la historia desde el principio?

– Me encantaría. Resulta que la casera ha sido una verdadera fuente de información. Hace un par de noches, estaba sentada a la fresca cuando Vivienne y Karen bajaron las escaleras a esperar a que las pasaran a recoger. Según dice, Viv y Karen se montaron en un coche con otras dos compañeras de universidad y las cuatro se dirigieron a un bar de Stafford.

– ¿Las cuatro?

– Con Betsy Radison y Tina Krahn, que también viven en Fredericksburg y asisten a los cursos de verano. Las cuatro muchachas salieron el martes por la noche en el Saab descapotable de Betsy. Desde entonces, nadie las ha vuelto a ver. Esta misma noche, la policía de Fredericksburg ha entrado en el apartamento de Betsy y Tina, pero lo único que han encontrado ha sido una docena de mensajes de la madre de Tina Krahn en el contestador. Al parecer, no le gustó la última conversación que mantuvo con su hija y, desde entonces, la ha llamado un montón de veces para hablar con ella.

– Tengo que sentarme -dijo Mac. Se separó del cadáver de Vivienne Benson, encontró un tronco cortado y se dejó caer sobre su tosca forma como si de repente sus piernas ya no pudieran sostenerle. Entonces deslizó una mano por su empapado cabello repetidas veces-. Tendió una emboscada a cuatro jóvenes al mismo tiempo -dijo por fin, intentando asimilar aquella espantosa idea-. Se deshizo de Betsy Radison en Quantico y abandonó aquí a Vivienne Benson. Eso significa que todavía tenemos que buscar a Karen Clarence y Tina Krahn, a quienes podría haber llevado… ¡Maldita sea! ¡La hoja de abedul gris! Me pareció que era una pista demasiado fácil viniendo de él, pero por supuesto… No era ningún final, sino un extraño principio.

– Como dijo Quincy, los asesinos en serie tienden a incrementar el grado de violencia de sus crímenes.

– ¿Ha publicado alguna carta al director? -preguntó.

– Bueno, más que una carta, un anuncio en el Quantico Sentry.

– ¿El periódico de los marines? -Mac frunció el ceño-. ¿El que se distribuye por toda la base?

– Sí. Tenemos el original que envió, pero no revela demasiado en lo que respecta a pruebas forenses. Quincy se lo ha enviado al doctor Ennunzio para que analice el texto.

– ¿Se han reunido con el lingüista forense? Diablos, han estado muy ocupados.

– Lo intentamos -replicó Rainie, con modestia-. Usted no tardará demasiado en verle, pues Quincy ha solicitado que Ennunzio se una al equipo de investigación. Ambos sostienen la teoría de que la persona que le llamaba no era un informante anónimo, sino el propio asesino. Sin embargo, todavía no han conseguido averiguar por qué lo hace.

– La persona que me llama no lo hace para regodearse. Si realmente me estuviera llamando el Ecoasesino, ¿no cree que habría intentado acreditarse la autoría de esas muertes?

– Bueno, puede que sí y puede que no. Existen diversas teorías. La primera es que se siente culpable por lo que hace y solo intenta conseguir que usted le detenga. La segunda es que está mentalmente incapacitado y por eso repite su mensaje una y otra vez. La tercera es que usted también forma parte de este juego e intenta atraerle hacia el bosque, como hace con sus víctimas. Observe el cadáver, Mac. ¿Está completamente seguro de que usted no podría haber acabado así?

– Kimberly ha estado a punto de conocer el mismo destino -replicó él, en voz baja.

La expresión de Rainie se volvió muy gentil.

– Lo sé… Y entonces él también habría ganado, ¿verdad? Pase lo que pase, él ganará.

– Hijo de puta.

– Sí.

– Creo que ya soy demasiado viejo para esta mierda, Rainie -dijo. Y en el mismo instante en que finalizó la frase, su teléfono empezó a sonar.

Capítulo 29

Parque Nacional Shenandoah, Virginia

01:22

Temperatura: 31 grados

– Agente especial McCormack.

– El calor mata.

– Cierre el pico. ¿De verdad cree que esto es un juego? Hemos encontrado el cadáver de su última víctima con dos docenas de mordeduras de serpiente de cascabel. ¿Eso le hace sentir bien? ¿Se siente mejor al saber que ha convertido a una muchacha en alimento para víboras? No es más que un hijo de puta enfermo y no pienso volver a hablar con usted.

Mac cerró de golpe el teléfono móvil. Estaba furioso. Más furioso que nunca. Su corazón palpitaba con fuerza en su pecho y podía oír el rugido de su sangre en los oídos. Deseaba hacer algo más que gritar a un diminuto teléfono. Deseaba encontrar a aquel tipo y molerlo a palos.

Rainie le miraba sorprendida.

– Debo decirle que estoy impresionada, ¿pero de verdad cree que ha sido buena idea?

– Solo hay que esperar. -Instantes después, el teléfono volvió a sonar-. Se pone en contacto con las autoridades para ejercer el control, ¿no? No está dispuesto a permitir que sea yo quien asuma el mando de la situación, pero eso no significa que no pueda hacerle sudar-. Abrió el teléfono-. ¿Y ahora qué quiere? -Era evidente que, aquella noche, el buen policía había dejado de existir.

– Solo intento ayudar -replicó una voz malhumorada y distorsionada.

– Es usted un mentiroso y un asesino. ¿Y sabe qué? Sabemos con certeza que eso le convierte también en una persona que se hace pis en la cama. Deje de hacerme perder el tiempo, gilipollas.

– ¡No soy ningún asesino!

– Los dos cadáveres que he visto sugieren lo contrario.

– ¿Ha vuelto a hacerlo? Pensaba… Pensaba que ustedes tendrían más tiempo.

– Basta de mentiras. Sé que es usted el asesino. ¿Le apetece regodearse? ¿De eso se trata? Ha drogado a dos jóvenes y después las ha matado. Sí, es usted el tipo más miserable de la ciudad.

Rainie abrió los ojos de par en par y movió la cabeza hacia los lados, furiosa. Tenía razón, por supuesto. Si aquel tipo deseaba estimular su ego, no era buena idea animarle.

– ¡No soy el asesino! -protestó la voz, adoptando un tono agudo. Al instante, recuperó en parte el control-. Solo intento ayudar. Tiene dos opciones: o me escucha y aprende, o continúa con este juego usted sólito.

– ¿Quién es usted?

– Él se está enfadando.

– Basta de tonterías. ¿Desde dónde me llama?

– Va a atacar de nuevo. Pronto. Puede que ya lo haya hecho.

Mac decidió arriesgarse.

– Ya ha atacado de nuevo. Esta vez no se llevó a dos jóvenes, sino a cuatro. ¿Qué me dice de eso?

Una pausa. Era evidente que su interlocutor estaba sorprendido.

– Yo no sabía…, no pensaba…

– ¿Por qué está ahora en Virginia?

– Porque creció aquí.

– ¿Es de Virginia? -Mac alzó la voz mientras intercambiaba miradas de preocupación con Rainie.

– Sus primeros dieciséis años -replicó el hombre.

– ¿Cuándo se trasladó a Georgia?

– No lo sé. Han pasado… años. Tiene que entenderlo. No creo que quiera hacer ningún daño a esas muchachas. Solo pretende ponerlas a prueba. Si permanecieran tranquilas, si fueran astutas y si mostraran un poco de fuerza…

– Por el amor de Dios, son solo niñas.

– También lo fue él.

Mac movió la cabeza hacia los lados. ¡Estaba tachando al asesino de víctima! No estaba dispuesto a escuchar esa mierda.

– Escuche, tengo dos muchachas muertas y otras dos en peligro. Dígame su nombre y acabe con todo esto. Usted tiene la capacidad de hacerlo. Podría convertirse en el héroe. Simplemente dígame su maldito nombre.

– No puedo.

– Entonces, envíemelo por correo.

– ¿El primer cuerpo le condujo al segundo?

– Dígame su jodido nombre.

– Entonces, el segundo le conducirá al tercero. Muévase deprisa. No sé… no estoy seguro de qué hará a continuación.