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Advirtió que volvía a pensar en su madre. Su rostro pálido, sus hombros delgados y encorvados. También pensaba en su padre, en su forma de moverse por la pequeña cabaña del bosque.

«Un hombre tiene que ser duro, muchachos, un hombre tiene que ser fuerte. No escuchéis nunca a nadie que trabaje para el gobierno, pues ellos solo desean convertirnos en personas dependientes e incapaces de opinar, que no saben vivir sin ayudas federales. Nosotros no somos así, muchachos. Nosotros tenemos tierras. Y mientras conservemos nuestras tierras, siempre seremos fuertes».

Y él era lo bastante fuerte para golpear a su esposa, maltratar a sus hijos y retorcerle el pescuezo al gato. Era lo bastante fuerte y vivía en un lugar lo bastante aislado para hacer lo que le diera la gana sin que ningún vecino oyera los gritos.

Las oscuras nubes de tormenta se estaban congregando, rugían. Ahora estaba sentado, atado a la silla, mientras su padre ataba a su hermano, su madre lavaba los platos y su padre les decía que enseguida les tocaría a ellos Ahora, su hermano y él estaban escondidos debajo del porche delantero, planeando su gran huida; sobre sus cabezas, su madre lloraba y su padre le decía que entrara a limpiarse la maldita sangre que ensuciaba su rostro Y ahora era medianoche y su hermano y él se estaban escabullendo por la puerta principal, en el último momento se habían girado y habían visto a su madre, pálida y silenciosa a la luz de la luna Marchaos, decían sus ojos Escapad mientras podáis. Lágrimas silenciosas surcaban sus magulladas mejillas Ellos habían regresado al interior y ella los había abrazado con fuerza, como si fueran la única esperanza que le quedaba.

Y en aquel momento había sabido que odiaba a su madre tanto como la amaba. Y había sabido que ella compartía ese mismo sentimiento con su hermano y con él. Eran cangrejos apiñados en el fondo de un cubo, subiéndose los unos sobre los otros de forma que, nunca, ninguno de ellos lograra quedar en libertad.

El hombre osciló sobre sus piernas. Sentía que la oscuridad se aproximaba y que su cuerpo se tambaleaba al borde del abismo. El tiempo se deslizaba entre sus dedos.

El hombre se giró, golpeó la pared con el puño y dejó que el dolor le obligara a regresar a la realidad. La sala volvió a enfocarse. Los oscuros puntos abandonaron sus ojos. Bien.

El hombre se dirigió a su vestidor y cogió la pistola.

Y se preparó para lo que ocurriría a continuación.

Capítulo 30

Parque Nacional Shenandoah, Virginia

02:43

Temperatura: 31 grados

Rainie y Mac seguían trabajando en el cuerpo de la víctima cuando Quincy apareció junto a ellos Los miró unos instantes antes de posar sus ojos en Kathy Levine y, entonces, les dedicó una mirada inquisidora.

– Es de los nuestros -explicó Rainie.

– ¿De verdad?

– Bueno, se arriesgó a organizar un equipo de búsqueda basándose simplemente en la corazonada de Mac y, en estos momentos, está recogiendo arroz del bolsillo de un cadáver Tú dirás.

Quincy arqueó una ceja y miró de nuevo a Levine.

– ¿Arroz?

– Blanco y crudo -dijo ella-. De grano largo Pero yo no soy cocinera, sino botánica, así que es posible que quiera una segunda opinión.

Quincy centró su atención en Mac, que estaba examinando con cautela el pie izquierdo de la joven.

– ¿Por qué arroz?

– Ojalá lo supiera.

– ¿Algo más?

– Lleva un collar una especie de frasco con un fluido de color claro Podría ser una pista También hemos encontrado nueve fragmentos de hoja diferentes, cuatro o cinco muestras de tierra, media docena de tipos de hierba, algunos pétalos de flores aplastados y montones de sangre -Mac señaló la pila de recipientes en los que habían guardado las pruebas-. Sírvase usted mismo Y le deseo buena suerte a la hora de determinar si proceden de la excursión de la muchacha por estos bosques o si fue él quien las dejó. Definitivamente, esta nueva estrategia está cambiando las cosas. ¿Qué ha ocurrido con Kimberly?

– La tienen los federales.

Al oír estas palabras, los tres levantaron la cabeza.

– Creo que ha habido un cambio de planes -explicó Quincy, esbozando una triste sonrisa.

– Quincy -dijo Mac-. Dígame de qué diablos está hablando.

Quincy miró a Rainie.

– Llegó el equipo del FBI, sin Kaplan y sin Watson. De hecho, no reconocí a ninguno de los agentes. Entraron y, al ver a Kimberly, se la llevaron para interrogarla. Me ordenaron que esperara delante del albergue.

– ¡Serán gilipollas! -explotó Rainie-. Primero no querían tener nada que ver con todo esto y ahora han montado su propio equipo y nadie más está autorizado a jugar. ¿Qué van a hacer? ¿Empezar desde el principio, a pesar de lo avanzado de la partida?

– Supongo que eso es exactamente lo que pretenden. De todos modos, recuerda que el FBI puede organizar una búsqueda bastante buena. Traerán operadores informáticos, escenógrafos, manipuladores de perros, equipos de búsqueda y rescate, expertos en topografía y pilotos de reconocimiento. En veinticuatro horas habrán instalado un centro de operaciones, los aviones analizarán la zona con fotografías infrarrojas y los voluntarios estarán ahí para ayudar. Tampoco es tan mala idea.

– Las fotografías infrarrojas son una verdadera estupidez en esta época del año -replicó Mac-. Nosotros ya lo intentamos y les aseguro que creíamos que cada maldita roca y cada maldito oso eran nuestro objetivo. De hecho, los ciervos también parecen humanos en esas fotografías. Al final teníamos cientos de objetivos distintos y ni uno solo de ellos era la muchacha desaparecida. Además, buscar en esta zona significa asumir que la siguiente víctima se encuentra en algún lugar de estos bosques, pero sé que no es así. Ese hombre nunca repite un lugar y, además, el objetivo principal de su juego consiste en ir incrementando su dificultad. Esa muchacha se encuentra en algún lugar distante y, lo crean o no, mucho más peligroso.

– A juzgar por lo que he visto de momento, es muy probable que tenga razón. -Quincy dio media vuelta y contempló el oscuro camino-. Supongo que los agentes federales tardarán unos diez minutos en llegar, y esa demora se debe a que Kimberly me ha prometido que no será sincera en sus respuestas. Sé que eso se le da bien. -Hizo una mueca y los miró-. Eso significa que durante los próximos diez minutos seguiré formando parte del caso y tendré cierta autoridad sobre las pruebas. Señora Levine, como botánica, ¿podría decirme si alguna de estas muestras está fuera de lugar?

– El arroz -respondió al instante.

– Me llevaré la mitad.

– Y el frasco con el fluido, quizá. Aunque podría tratarse de un objeto personal.

– ¿Tenemos un listado con las prendas que llevaban las jóvenes la última vez que fueron vistas?

– No -respondió Rainie.

– Me llevaré la mitad del fluido -musitó Quincy.

Mac asintió y al instante sacó un frasco de cristal del equipo de procesamiento de pruebas. Quincy advirtió que le temblaban un poco las manos. Quizá se debía a la fatiga o, quizá, a la rabia. Sabía por propia experiencia que no importaba, siempre y cuando siguieras cumpliendo con tu trabajo.

– ¿Por qué se lleva solo la mitad de las muestras? -preguntó Levine.

– Porque si me las llevara enteras, los agentes se darían cuenta de que faltaba algo, me harían preguntas y me vería obligado a devolvérselas. En cambio, si es evidente que no falta nada…