– Nadie preguntará nada.
– Y yo nunca les contaré la verdad -replicó Quincy con una sombría sonrisa-. ¿Y ahora qué más?
Levine señaló las diversas bolsas.
– La verdad es que no lo sé. La luz no es demasiado buena y no llevo ninguna lupa encima. Teniendo en cuenta el estado de esas hojas, yo diría que se le quedaron pegadas mientras se abría paso entre la maleza. Sin embargo, si no dispongo de más tiempo para analizar…
– El asesino suele dejar tres o cuatro pistas -dijo Mac.
– De modo que estamos pasando algo por alto.
– O lo está haciendo más difícil -sugirió Rainie.
Mac se encogió de hombros.
– Yo diría que el montón de falsos positivos que tenemos ya complican bastante el juego.
Quincy consultó su reloj.
– Disponen de cinco minutos. Examinen las pruebas y váyanse. Y Rainie, cariño, creo que será mejor que desconectes el teléfono móvil.
Mac terminó de analizar el pie y se acercó a la cabeza de la joven. La echó hacia atrás, le abrió la boca e introdujo un dedo enguantado en la cavidad.
– En dos ocasiones escondió pruebas en la garganta de la víctima -dijo, a modo de explicación. Giró la mano a la izquierda, después a la derecha y, dejando escapar un suspiro, movió la cabeza hacia los lados.
– Creo que tengo algo -anunció entonces Rainie-. ¿Podéis darme más luz? La verdad es que podría tratarse simplemente de caspa.
Quincy acercó la linterna y Rainie examinó el cabello de la joven. Los mechones parecían estar cubiertos por una fina capa de polvo. Mientras Rainie sacudía la cabeza de la víctima, nuevos restos cayeron sobre la bolsa de plástico que había colocado debajo.
Levine se acercó un poco más, cogió un poco de polvo entre sus dedos y lo olisqueó.
– No sé. No es caspa, pues la textura es demasiado arenosa. Casi… no sé.
– Guarden una muestra -ordenó Quincy, dirigiendo una vez más la mirada hacia el camino. Lo oyó de nuevo. Ya no estaban demasiado lejos. Podía oír pasos descendiendo por el sendero.
– Rainie… -murmuró, con voz tensa.
Ella se apresuró a guardar un poco de polvo en un frasco de cristal, lo tapó y lo guardó en el bolsillo trasero de su pantalón. Kathy ya tenía parte del arroz y Mac había escondido la mitad del fluido.
Ya se había puesto en pie cuando Quincy se dirigió a Levine.
– Si le preguntan, empezaron a trabajar en la escena bajo mis órdenes. Esto es lo que han encontrado y lo han catalogado según los procedimientos. Y en cuanto a mí, lo último que saben es que me vieron alejarme de la escena. Confíe en mí; no dirá ninguna mentira.
Los pasos se acercaban. Quincy le tendió la mano a la botánica.
– Gracias -le dijo.
– Buena suerte.
Quincy empezó a descender por la ladera y Rainie y Mac se apresuraron a seguirle. Levine les observó mientras la oscuridad les engullía. Enseguida se quedó completamente a solas.
– Por última vez, ¿cómo supieron que tenían que venir al parque? ¿Qué fue lo que les condujo a usted y al agente especial McCormack a Big Meadows y al cadáver de otra joven?
– Tendrá que preguntar al agente especial McCormack sobre sus razonamientos. A mí, personalmente, me apetecía venir de excursión.
– ¿De modo que descubrió el cadáver por arte de magia? ¿Su segundo cadáver en veinticuatro horas?
– Supongo que tengo un don.
– ¿Va a pedir otra baja por depresión? ¿Va a necesitar más tiempo para lamentarse, señorita Quincy, mientras encuentra los cadáveres que faltan?
Kimberly apretó los labios El «agente mezquino» -que se había presentado con su verdadero nombre, aunque hacía rato que había olvidado cual era- ya llevaba dos horas con esto. Él se había dedicado a atacar y ella a regatear Ninguno de ellos se lo estaba pasando demasiado bien y, de hecho, teniendo en cuenta lo avanzado de la hora y la falta de sueño, ambos estaban algo más que un poco hartos.
– Quiero agua -dijo Kimberly.
– En un minuto.
– He estado caminando cinco horas a casi cuarenta grados Deme agua o, cuando sea víctima de la deshidratación, le demandaré, acabaré con su carrera y le impediré conseguir la generosa pensión gubernamental con la que pretende costearse su jubilación ¿Está claro'?
– Su actitud no es demasiado buena para una persona que aspira a convertirse en agente -replicó Mezquino.
– Ya Tampoco les gustaba demasiado en la Academia Quiero mi agua.
Mezquino mantuvo el ceño fruncido Era evidente que intentaba decidir si debía ceder o no, cuando la puerta se abrió y entró en la sala el padre de Kimberly Resultaba extraño que, por primera vez en años, ella se alegrara realmente de verle., a pesar de que se habían separado hacía tan solo unas horas.
– El equipo médico te atenderá ahora -anunció Quincy.
Kimberly parpadeó vanas veces seguidas y entonces lo entendió.
– Oh, gracias a Dios Me duele todo.
– Espere un minuto -empezó Mezquino.
– Mi hija ha tenido un día muy duro No solo ha ofrecido su ayuda para encontrar a una mujer perdida sino que, como podrá ver si le mira los brazos y las piernas, lo ha hecho a expensas de un gran coste personal.
Kimberly sonrió a Mezquino Era cierto Tenía un aspecto terrible.
– Me metí de cabeza en una zona de ortigas -explicó alegre-. Y entre hiedra venenosa Y me estrellé contra una docena de árboles Por no hablar de lo que les hice a mis tobillos Oh sí, necesito atención médica.
– Tengo más preguntas -espetó Mezquino, con voz tensa.
– En cuanto haya sido atendida, estoy seguro de que mi hija estará encantada de cooperar.
– ¡Ahora no está cooperando!
– Kimberly -dijo su padre, reprendiéndola.
Ella se encogió de hombros.
– Estoy cansada, tengo calor y me duele todo el cuerpo ¿Cómo se supone que puedo pensar con claridad cuando me han sido negadas el agua y la atención médica adecuada?
– Tienes razón. -Quincy, que ya estaba cruzando la sala, la ayudó a levantarse de su silla metálica plegable-. De verdad, agente, sé que mi hija es una mujer muy fuerte, pero incluso usted debería saber que no se debe interrogar a nadie sin proporcionarle antes el tratamiento adecuado. Me la llevo con los médicos. Después podrá hacerle todas las preguntas que quiera.
– No sé…
Quincy ya había pasado el brazo derecho alrededor de la cintura de Kimberly y su mano izquierda sostenía el brazo que ella le había pasado por los hombros, como si necesitara apoyo con desesperación-. Vaya al puesto médico en media hora. Estoy seguro de que, para entonces, Kimberly estará lista y dispuesta a cooperar.
Quincy y Kimberly abandonaron la sala, él cargando en parte su peso y ella fingiendo una impresionante cojera.
Por si Mezquino les seguía, Quincy la llevó directamente al puesto de primeros auxilios. Mientras estuvo allí, Kimberly bebió agua, comió cuatro gajos de naranja y fue atendida por un médico… durante aproximadamente treinta segundos. Este le dio un bálsamo para las piernas y los brazos y, entonces, Quincy y su hija abandonaron el puesto médico y se internaron en una remota sección del aparcamiento.
Rainie les estaba esperando. Y también Mac. Cada uno en un vehículo.
– Sube al coche -le dijo Quincy-. Hablaremos durante el camino.
Capítulo 31
Parque Nacional Shenandoah, Virginia
03:16
Temperatura: 31 grados
Mac siguió las luces traseras del coche de Quincy, que les alejaron del frenético caos de Big Meadows y les internaron en la oscuridad de una carretera serpenteante iluminada tan solo por la luna y las estrellas.
Kimberly guardó silencio largo rato, al igual que Mac. Volvía a estar cansada, pero ahora de un modo distinto. Era el tipo de fatiga física que sentías tras un día largo y extenuante y pocas horas de sueño. El tipo de cansancio que más le gustaba. Le resultaba familiar. Y casi reconfortante. Siempre había forzado su cuerpo y siempre se había recuperado con rapidez. En cambio, sus destrozadas emociones…