En primer lugar, ató con firmeza su cuerda alrededor del grueso tronco de un árbol cercano. Después, separando los pies para conservar el equilibrio y utilizando la cuerda, hizo descender lentamente la tabla de surf por el agujero, hasta las entrañas de la tierra. Al cabo de diez minutos oyó el suave chapoteo de la tabla al posarse en el agua, así que se acercó al agujero y descendió haciendo rápel por aquella grieta hedionda. Cuando llegó al fondo, el agua le cubría hasta las rodillas, la luz se desvanecía a doce metros de altura y una oscuridad infinita le rodeaba.
Eran pocas las personas que se aventuraban más allá del aserradero. No sabían que allí existía un ecosistema completamente distinto.
Conectó su linterna, localizó el estrecho pasaje de la caverna que se abría a su derecha y se apoyó sobre manos y rodillas para avanzar a gatas. La muchacha flotaba tras él, pues había vuelto a atar la tabla a su cintura.
Minutos después, el pasaje empezó a estrecharse y el hombre tuvo que avanzar con mayor cautela por aquella aceitosa corriente de agua putrefacta. Aunque le protegían los monos sintéticos, tenía la certeza de que el agua daba lengüetadas a su piel, se abría paso por sus células y se filtraba en sus huesos. Pronto penetraría en su cerebro y entonces no habría esperanza. Cenizas a las cenizas. Polvo al polvo.
El hedor putrefacto de diversas capas de guano de murciélago se combinó ahora con el de la ciénaga rezumante que chapoteaba alrededor de sus manos y rodillas. Un intenso y punzante olor a aguas residuales y residuos inundaba sus fosas nasales. El olor amenazador de la muerte.
Avanzaba lentamente, tanteando su camino a pesar de la linterna. Los murciélagos se asustaban con facilidad y no deseaba que una criatura rabiosa y muerta de pánico revoloteara ante su rostro. Lo mismo sucedía con los mapaches, aunque le sorprendería que alguno de ellos hubiera sobrevivido en este lugar. Sin duda, la mayoría de las criaturas que antaño vivían aquí habían muerto años atrás.
Ahora solo quedaba esta agua putrefacta, que corrompía los muros de piedra caliza a medida que propagaba su lenta e insidiosa muerte.
La tabla se balanceaba a sus espaldas y chocaba de vez en cuando contra su cuerpo. Entonces, cuando el techo ya estaba tan cerca que le obligaba a acercar peligrosamente el rostro a aquella corriente putrefacta, el túnel finalizó, los muros se retiraron y una inmensa caverna se extendió ante él.
El hombre se puso en pie de inmediato, sintiéndose algo avergonzado por su necesidad de levantarse, y respiró hondo varias veces, pues su necesidad de oxígeno se imponía a la aprensión que le causaba aquel hedor. Bajó la mirada y le sorprendió descubrir lo mucho que le temblaban las manos.
Debería ser más fuerte. Debería ser más duro. Pero llevaba cuarenta y ocho horas sin dormir y empezaba a estar cansado.
Invirtió treinta segundos más en recuperar la compostura y, entonces, se centró en la cuerda que rodeaba su cintura. Ya estaba aquí. Lo peor había quedado atrás y volvía a ser consciente de lo deprisa que avanzaban las agujas del reloj.
Cogió en brazos a la muchacha, la acostó sobre un saliente apartado del oscuro cieno y retiró el sobretodo que protegía su cuerpo. Dejó el bolso junto a su cuerpo. Y también la garrafa de agua.
A doce metros de altura, un conducto de veinte centímetros de diámetro formaba un improvisado tragaluz en el techo. Cuando llegara la luz del día, la joven sería recibida por una estrecha lanza de luz. Suponía que eso le proporcionaría una deportiva oportunidad de sobrevivir.
Volvió a atar la tabla a su cintura y, disponiéndose a abandonar aquel lugar, dedicó una última mirada a la morena.
Estaba tumbada cerca de un pequeño charco de agua. Esa agua no estaba contaminada como la de la corriente. Todavía no. Era agua de lluvia y le permitiría resistir unos días más.
Esa agua se agitaba y ondeaba con la promesa de la vida. Había criaturas que se movían bajo su superficie, negra como el carbón. Criaturas que vivían y respiraban y luchaban. Criaturas que mordían. Criaturas que reptaban. Criaturas a las que no les gustaban los intrusos.
La muchacha empezó a gemir y el hombre se inclinó sobre ella.
– Shhh -le susurró al oído-. Todavía no quieres despertar.
Cuando el agua volvió a agitarse, el hombre dio la espalda a la joven y se marchó.
Capítulo 15
Quántico, Virginia
21:28
Temperatura: 32 grados
– No tiene buen aspecto -dijo Rainie.
– Lo sé.
– ¿Y qué diablos le ha pasado en el ojo? Parece que haya librado diez asaltos contra Tyson.
– Supongo que la práctica de tiro ha tenido algo que ver.
– Ha perdido peso.
– No se supone que esto tenga que ser fácil.
– Pero estás preocupado por ella. Vamos, Quincy. Suelta ya a esos fantasmas. Sé que te encantaría darle una paliza a Watson y yo estaré encantada de sujetarlo para que puedas hacerlo.
Quincy suspiró y apartó la mirada del expediente que estaba leyendo, las notas del caso del Ecoasesino de Georgia. Solo eran documentos sumariales pues, probablemente, los informes de investigación, las hojas de evidencia y los registros de actividad llenaban una habitación entera. A ninguno de los dos les gustaba trabajar con informes sumariales pues, por lo general, estaban repletos de conjeturas y conclusiones erróneas. Sin embargo, de momento era lo único que tenían.
El documento que Quincy estaba leyendo llevaba por título: «Perfil. Caso de Atlanta número 832». A Rainie le hormigueaban las manos. Sin duda, se trataba del perfil que había realizado el GBI sobre el Ecoasesino. Le gustaría leerlo, sobre todo después de haber oído el relato de aquel policía de Georgia, pero Quincy lo había cogido primero y probablemente lo leería hasta bien entrada la noche, pellizcándose el puente de la nariz en aquel gesto que significaba que estaba pensando con demasiada intensidad y provocándose un intenso dolor de cabeza.
– Si le digo algo se enfadará -dijo entonces.
– Porque es tu hija.
– Exacto. Y mi hija odia que me involucre en su vida. De hecho, está segura de que los cerdos volarán antes de que acepte mi ayuda.
Rainie le miró con el ceño fruncido. Estaba sentada con las piernas cruzadas sobre la colcha naranja que cubría la cama. Aunque era la cuarta vez que estaba en Quántico, este lugar seguía intimidándola. Parecía que aquellos terrenos gritaban que solo querían ser pisados por agentes de la ley acreditados. Y a pesar de que Quincy y ella llevaban juntos seis años, les seguían dando habitaciones separadas. No estaban casados y la Academia tenía su sentido del decoro.
Rainie sabía cómo funcionaba este mundo. Sabía que si Quincy no fuera su socio, jamás le habrían permitido cruzar aquellas puertas sagradas y, por lo tanto, podía entender las dificultades con las que tropezaba Kimberly, que había decidido seguir el largo camino hacia la élite de los cuerpos encargados del cumplimento de la ley.
– No creo que lo consiga -dijo Rainie con voz monótona-. Está demasiado ojerosa. Parece un perro que ha sido derrotado demasiadas veces.
– Este programa te obliga a forzar los límites. Está diseñado para poner a prueba tu nivel de resistencia.
– ¡No digas tonterías! ¿Acaso crees que Kimberly carece de resistencia? Dios mío, siguió adelante incluso después de que un loco matara a Bethie. Se mantuvo alerta y supo reaccionar cuando ese mismo loco fue a por ella. Yo estaba a su lado, ¿recuerdas? A Kimberly le sobra resistencia. No necesita que un puñado de estúpidos trajeados intente demostrar lo contrario.