Dio varias vueltas al sujetador alrededor del asa de la garrafa y, a continuación, la ató a su bolso. El peso dificultaba sus movimientos y el agua parecía estar a punto de derramarse, pues había perdido el tapón, pero tendría que valer. Ya tenía sus provisiones consigo. ¿Ahora qué?
Se puso en pie sobre la roca y volvió a dejarse caer sobre la pared. Sus manos arañaron la superficie, deteniendo su caída. Entonces buscó las enredaderas y encontró seis. Enrolló tres en cada mano, doloridas por el efecto del sol, pero había llegado el momento de sonreír y soportar el dolor.
Tina se deshizo de sus poco prácticos zapatos y respiró hondo por última vez. El sol caía con fuerza sobre su cabeza. El sudor se deslizaba por sus mejillas. Los insectos zumbaban, zumbaban, zumbaban…
Tina tiró de las plantas con ambas manos, a la vez que impulsaba su pie derecho hacia la pared. Arañó con los dedos la resbaladiza superficie en busca de un lugar donde sujetarse, encontró un punto más seco y los hundió en el. Tras contar hasta tres, se impulsó hacia arriba con los brazos y, al instante sintió que las enredaderas cedían. Mientras caía de espaldas, intentó buscar con las piernas su rocoso anaquel. La garrafa de agua oscilaba de un lado a otro, desequilibrándola aún más. No iba a conseguirlo. Iba a caerse en aquel apestoso cieno.
Tina movió desesperada las manos, liberándolas de las enredaderas. Se estrelló de costado contra la roca, giró en un remolino, rodó y se sintió agradecida al advertir que caía de bruces sobre la estable superficie. ¡El agua! ¡El agua! ¡El agua! Sus manos buscaron frenéticas la garrafa, que por arte de magia seguía derecha y contenía su preciada carga.
Volvía a estar en su roca, tenía un poco de agua, estaba a salvo.
Las enredaderas cayeron en el cieno de debajo. Y mientras lo hacían, se fijó en sus extremos. Habían sido cortados a media altura. Entonces aparecía revoloteando una hoja de papel blanco que parecía haber sido arrancada de su lugar de descanso por la turbulencia de arriba.
Tina extendió una cansada mano y sintió que el papel se posaba en su palma.
Lo acercó a los ojos.
Ponía: «El calor mata».
– ¡Hijo de puta! -Tina intentó gritar, pero tenía la garganta demasiada seca y las palabras escaparon por su boca como un simple susurro. Sé humedeció los labios, pero no sirvió de nada. Sintiéndose derrotada, dejó caer la cabeza mientras sus últimas energías abandonaban su cuerpo.
Necesitaba más comida. Necesitaba más agua. Necesitaba descansar de este calor desesperante si deseaba sobrevivir. Y ahora los bichos habían regresado y las moscas amarillas pretendían darse un festín con su sangre…
– No voy a morir aquí -murmuró con decisión, intentando hacer acopio de fuerza de voluntad-. Maldita sea, no voy a hacerlo.
Pero si no podía escalar hasta la boca del foso…
Muy lentamente, los ojos de Tina se posaron en el espeso y resbaladizo barro.
Capítulo 25
Parque Nacional Shenandoah, Virginia
16:25
Temperatura: 37 grados
– Hemos dividido la zona de búsqueda en diez secciones diferentes. Cada equipo, integrado por dos miembros, deberá analizar su sección en el mapa y recorrerla trazando la cuadrícula estándar. La buena noticia es que la excursionista solo lleva veinticuatro horas desaparecida, de modo que no puede haber recorrido más de cincuenta kilómetros y eso nos confiere un área de búsqueda bastante limitada. La mala noticia es que dicho radio de cincuenta kilómetros incluye algunas de las zonas más difíciles y escarpadas del parque. Quiero que todos ustedes recuerden lo siguiente:
»En primer lugar, que un excursionista desorientado se dirige siempre hacia abajo. Está cansado y exhausto, así que en cuanto pierde el sentido de la dirección se encamina montaña abajo, aunque la ayuda se encuentre a tan solo seis metros de distancia montaña arriba. En segundo lugar, que los excursionistas suelen seguir el sonido de las corrientes de agua. Todo el mundo sabe lo importante que es el agua, sobre todo alguien que está desorientado. Si en su sección de la cuadrícula hay agua, comprueben meticulosamente los alrededores de la corriente y síganla hasta donde sea posible. En tercer lugar, salvo por los senderos de excursionismo, el terreno es difícil, el follaje denso y el suelo traicionero. Presten atención a las rocas movidas, las ramas rotas y los matojos pisados. Si esa mujer estuviera siguiendo algún sendero, a estas alturas ya la habría visto alguien. Por lo tanto, lo más probable es que se encuentre en las zonas no marcadas.
Kathy Levine se interrumpió y contempló con seriedad a los veinte voluntarios expertos en búsqueda y rescate que se habían congregado en el albergue Big Meadows.
– Ahí fuera hace calor. Sí, seguro que están pensando: «Oh, no nos habíamos dado cuenta», pero les hablo muy en serio. Cuando se alcanzan estas temperaturas, la deshidratación es una amenaza constante. Por lo general, unos dos litros de agua diarios bastan para evitarla, pero, por desgracia, en estas condiciones sus cuerpos pierden aproximadamente un litro por hora a través de los pulmones y los poros, de modo que dos litros serán insuficientes. Cada uno de ustedes debería llevar encima ocho litros de agua, pero como el peso sería prohibitivo, les vamos a exigir que lleven o bien pastillas de cloro o bien un sistema de purificación de agua. Podrán rellenar sus recipientes en los diferentes riachuelos que encuentren por el camino. No beban el agua de esas corrientes sin haberla tratado antes porque, por muy limpia y clara que parezca, en su mayor parte está contaminada por la Giardia lamblia, un parásito que les garantizo que les proporcionará siete terribles días de intensa diarrea. Beban con frecuencia, pero háganlo bien.
»Asumo que todos ustedes estarán bien hidratados, así que espero que no resbalen colina abajo ni tropiecen con un oso dormido. Quiero que tengan bien presentes estas últimas instrucciones. En primer lugar, cuidado con las serpientes de cascabel. En el parque abundan. De vez en cuando llegarán a un hermoso prado repleto de rocas desplazadas por un viejo derrumbe. Esos prados son lugares ideales para sentarse a descansar, pero les recomiendo que no lo hagan, pues las serpientes piensan lo mismo y han convertido la mayoría de esas rocas en su hogar. No vamos a discutir con ellas. En segundo lugar, cuidado con las avispas. Les gusta construir sus avisperos en las brechas del suelo o en los troncos podridos. Si las dejan en paz, ellas les dejarán en paz. Sin embargo, si tropiezan con un avispero, les recomiendo que no regresen a todo correr junto a su compañero, pues solo conseguirán arrastrarle hacia la confusión y es necesario que uno de ustedes esté en condiciones de buscar ayuda. Y en último lugar, cuidado con las ortigas. Si nunca han visto una, les diré que son unas plantas de grandes hojas verdes que nos llegan aproximadamente a los muslos. Hervidas hacen un buen caldo para la cena, pero si las tocan conocerán la versión natural de la fibra de vidrio. Los pinchos se introducen inmediatamente en la piel y emiten un veneno que permanece durante mucho tiempo. Transcurren entre treinta y sesenta minutos antes de que la inflamación remita y, para entonces, les aseguro que ya habrán renunciado a todo aquello que siempre habían deseado.
»Este parque es hermoso. Lo he recorrido casi en su totalidad durante los últimos cinco años y no se me ocurre ningún otro lugar más maravilloso en la tierra. Sin embargo, recuerden que la naturaleza exige respeto. Es necesario que nos mantengamos concentrados. Es necesario que nos movamos deprisa. Pero, en estas condiciones, también es necesario que utilicemos en todo momento la cabeza. Nuestro objetivo es encontrar a una persona, no perder a otra. ¿Alguna pregunta? -Levine hizo una pausa. Nadie tenía nada que preguntar-. Bien. En ese caso, pongámonos en marcha. Solo nos quedan cuatro horas y media de luz.