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¿Y para ella?

Sería un beso desesperado. Lo sabía con certeza. Sería un beso que transmitiría necesidad, esperanza y cólera. Sería un intento vano por dejar atrás su cuerpo y liberarse de la implacable ansiedad que ensombrecía cada paso que daba. Sería olvidar por un momento que había una joven perdida en este lugar y que, aunque lo estaba intentando con todas sus fuerzas, era posible que no fuera lo bastante buena. No había podido salvar a su hermana. No había podido salvar a su madre. ¿Por qué pensaba que esta vez sería distinto?

Porque lo necesitaba con todas sus fuerzas. Porque lo deseaba con toda su alma. Mac podía tomarse la vida como un juego, pero ella se la tomaba muy en serio.

Kimberly retrocedió, sacó de nuevo la botella de agua y bebió un largo trago.

– En momentos como este -dijo, después de beber-, deberías ser capaz de exigirte un poco más.

Su tono era beligerante, pero Mac se limitó a arquear las cejas.

– ¿Crees que soy un blando?

Ella se encogió de hombros.

– Creo que nos estamos quedando sin luz. Creo que deberíamos movernos más y hablar menos.

– Kimberly, ¿qué hora es?

– Las ocho pasadas.

– ¿Y dónde estamos?

– En algún lugar de nuestra cuadrícula de cinco kilómetros, supongo.

– Llevamos descendiendo unas tres horas. Y vamos a descender un poco más porque, al igual que tú, deseo ver qué hay detrás de ese recodo. ¿Te importaría decirme cómo vamos a conseguir completar nuestro descenso de tres horas y regresar mágicamente al campamento base en la hora de día que nos queda?

– No lo sé.

– Es imposible -explicó Mac, con voz monótona-. Cuando anochezca seguiremos caminando por este bosque. Es así de simple. La buena noticia es que, según mi mapa, nos encontramos cerca de un sendero que se dirige hacia el oeste. En cuanto veamos qué hay tras ese recodo, dejaremos un marcador y encontraremos el sendero antes del anochecer. Caminar por ahí será más sencillo y podremos usar la linterna para iluminar nuestro camino. De este modo, solo será un trayecto duro y peligroso, no un acto completamente temerario. No creas que no sé forzar los límites, preciosa. Lo único que ocurre es que he tenido más años que tú para perfeccionar la técnica.

Kimberly le miró y, de repente, asintió. Mac estaba poniendo las vidas de ambos en peligro y, de un modo perverso, esto hacía que le resultara aún más atractivo.

– De acuerdo, oh viejo sabio -bromeó, cargando la mochila a la espalda y volviéndose hacia el lecho del río.

Mac le dio un suave golpecito en la espalda y Kimberly esbozó una sonrisa que le hizo sentir mejor.

Cuando llegaron al siguiente recodo, la suerte les sonrió por primera vez en el día.

Kimberly fue la primera en verlo.

– ¿Qué es esto? -preguntó, nerviosa.

– Sigue siendo nuestra sección. No debería haber superposiciones…

Kimberly señaló el árbol y la rama rota. Después descubrió el helecho aplastado y los hierbajos pisados. Empezó a caminar más deprisa, siguiendo aquellas inconfundibles señales de avance humano que trazaban un escarpado sendero que discurría en zigzag entre los árboles. Las marcas eran inconfundibles. Eran las que dejaría una persona corriendo desesperada o, quizá, un hombre cargando a su espalda un cuerpo drogado.

– Mac -dijo, con emoción apenas contenida. Él echó un vistazo al sol.

– Kimberly -le dijo, con voz sombría-. ¡Corre!

La mujer echó a correr sendero abajo, seguida por Mac.

Capítulo 27

Virginia

20:43

Temperatura: 34 grados

Tina odiaba aquel barro. Rezumaba, restallaba y hedía. Ondulaba y se retorcía con cosas que no podía ver y prefería no conocer. Ondulaba lentamente, como una bestia viva, esperando a que ella sucumbiera.

No tenía elección. Estaba demasiado cansada y deshidratada. La piel le ardía por el exceso de sol y picaduras de insectos. Sentía que su cuerpo ardía, pero había empezado a temblar y, de forma incongruente, tenía la carne de gallina.

Se estaba muriendo; era así de simple. Las personas estaban formadas por aproximadamente un setenta por ciento de agua y eso la convertía en un estanque que literalmente se estaba secando.

Hecha un ovillo contra la cálida superficie de la roca, pensó en su madre. Quizá debería haberle hablado de su embarazo. Se habría preocupado, por supuesto, pero solo porque sabía por experiencia lo dura que podía ser la vida de una joven madre soltera. Sin embargo, en cuanto la conmoción hubiera quedado atrás, estaba segura de que la habría ayudado y ofrecido todo su apoyo.

Habría traído una pequeña vida a la tierra. Habría visto su carita arrugadita y gimoteante. Podía imaginarse a sí misma, cansada y orgullosa, llorando con su madre en la sala de partos. Podía imaginarlas eligiendo ropita para el bebé y protestando durante las tomas de la noche. Quizá habría tenido una niña, una niñita fuerte que continuara con la tradición familiar. Las tres Krahn, listas para dirigir el mundo. Oh, que se preparara el estado de Minnesota.

Se habría esforzado tanto en ser una buena madre. Quizá no lo conseguiría, pero lo intentaría con todas sus fuerzas.

Tina por fin alzó la cabeza y contempló el cielo. A través de las hendiduras de sus ojos inflados podía ver la bostezante lona azul de su prisión. El horizonte parecía más oscuro. El sol por fin se estaba poniendo, borrando su candente resplandor blanco, pero no había refrescado. La humedad seguía siendo una manta pegajosa, tan opresiva como la nube de mosquitos y moscas amarillas que se enjambraban alrededor de su rostro.

Agachó la cabeza y se miró la mano, acercándola a escasos centímetros de sus ojos. Tenía heridas abiertas por haberse rascado los cientos de picaduras de mosquito. De pronto vio que una mosca amarilla se posaba en su piel, largaba en sus heridas abiertas y depositaba un montón de huevos blancos diminutos y brillantes.

Sintió ganas de vomitar. No, no podía hacerlo. Sería un uso ineficiente de la poca agua que le quedaba. Pero de todos modos iba a vomitar. Ni siquiera había muerto y ya estaba siendo utilizada como carnaza para las larvas. ¿Cuánto tiempo podría continuar así? Su pobre bebé. Su pobre madre.

Y entonces, aquella voz práctica y calmada de Minnesota empezó a pablar de nuevo en el fondo de su cabeza: «¿Sabes qué, chávala? Ha llegado el momento de ser fuerte. O haces algo ahora o descansarás para siempre en paz».

Los ojos de Tina se deslizaron hacia el rezumante cieno negro.

Simplemente hazlo, Tina. Sé fuerte. Enséñale a esa rata de qué estás hecha. No puedes rendirte sin haber luchado antes.

Se sentó. El mundo empezó a girar a su alrededor y la bilis ascendió con rapidez hasta su garganta. Tosió para reprimir las náuseas y, tras avanzar con cautela hasta el borde del peñasco, contempló el légamo. Parecía pudín. Olía como…

¡No vomites!

– De acuerdo -susurró Tina-. Lo haré. ¡Esté preparada o no, allá voy!

Hundió el pie derecho en el cieno y, enseguida, algo rozó su tobillo y se alejó a toda velocidad. Tina se mordió el labio inferior para reprimir un grito y se obligó a hundir más el pie en el barro. Era como deslizar el cuerpo por entrañas podridas. Caliente, resbaladizo, denso…

¡No vomites!

Introdujo el pie izquierdo en el légamo, vio con claridad la silueta de una serpiente negra que se alejaba a toda velocidad y esta vez dejó escapar un largo y ronco grito de impotencia. Estaba asustada, odiaba este lugar y no sabía por qué aquel hombre le había hecho esto. Ella nunca le había hecho daño a nadie. No merecía ser arrojada a un foso donde se estaba cociendo viva, mientras las moscas depositaban huevos diminutos en las profundas heridas de su piel.