– Guarden una muestra -ordenó Quincy, dirigiendo una vez más la mirada hacia el camino. Lo oyó de nuevo. Ya no estaban demasiado lejos. Podía oír pasos descendiendo por el sendero.
– Rainie… -murmuró, con voz tensa.
Ella se apresuró a guardar un poco de polvo en un frasco de cristal, lo tapó y lo guardó en el bolsillo trasero de su pantalón. Kathy ya tenía parte del arroz y Mac había escondido la mitad del fluido.
Ya se había puesto en pie cuando Quincy se dirigió a Levine.
– Si le preguntan, empezaron a trabajar en la escena bajo mis órdenes. Esto es lo que han encontrado y lo han catalogado según los procedimientos. Y en cuanto a mí, lo último que saben es que me vieron alejarme de la escena. Confíe en mí; no dirá ninguna mentira.
Los pasos se acercaban. Quincy le tendió la mano a la botánica.
– Gracias -le dijo.
– Buena suerte.
Quincy empezó a descender por la ladera y Rainie y Mac se apresuraron a seguirle. Levine les observó mientras la oscuridad les engullía. Enseguida se quedó completamente a solas.
– Por última vez, ¿cómo supieron que tenían que venir al parque? ¿Qué fue lo que les condujo a usted y al agente especial McCormack a Big Meadows y al cadáver de otra joven?
– Tendrá que preguntar al agente especial McCormack sobre sus razonamientos. A mí, personalmente, me apetecía venir de excursión.
– ¿De modo que descubrió el cadáver por arte de magia? ¿Su segundo cadáver en veinticuatro horas?
– Supongo que tengo un don.
– ¿Va a pedir otra baja por depresión? ¿Va a necesitar más tiempo para lamentarse, señorita Quincy, mientras encuentra los cadáveres que faltan?
Kimberly apretó los labios El «agente mezquino» -que se había presentado con su verdadero nombre, aunque hacía rato que había olvidado cual era- ya llevaba dos horas con esto. Él se había dedicado a atacar y ella a regatear Ninguno de ellos se lo estaba pasando demasiado bien y, de hecho, teniendo en cuenta lo avanzado de la hora y la falta de sueño, ambos estaban algo más que un poco hartos.
– Quiero agua -dijo Kimberly.
– En un minuto.
– He estado caminando cinco horas a casi cuarenta grados Deme agua o, cuando sea víctima de la deshidratación, le demandaré, acabaré con su carrera y le impediré conseguir la generosa pensión gubernamental con la que pretende costearse su jubilación ¿Está claro'?
– Su actitud no es demasiado buena para una persona que aspira a convertirse en agente -replicó Mezquino.
– Ya Tampoco les gustaba demasiado en la Academia Quiero mi agua.
Mezquino mantuvo el ceño fruncido Era evidente que intentaba decidir si debía ceder o no, cuando la puerta se abrió y entró en la sala el padre de Kimberly Resultaba extraño que, por primera vez en años, ella se alegrara realmente de verle., a pesar de que se habían separado hacía tan solo unas horas.
– El equipo médico te atenderá ahora -anunció Quincy.
Kimberly parpadeó vanas veces seguidas y entonces lo entendió.
– Oh, gracias a Dios Me duele todo.
– Espere un minuto -empezó Mezquino.
– Mi hija ha tenido un día muy duro No solo ha ofrecido su ayuda para encontrar a una mujer perdida sino que, como podrá ver si le mira los brazos y las piernas, lo ha hecho a expensas de un gran coste personal.
Kimberly sonrió a Mezquino Era cierto Tenía un aspecto terrible.
– Me metí de cabeza en una zona de ortigas -explicó alegre-. Y entre hiedra venenosa Y me estrellé contra una docena de árboles Por no hablar de lo que les hice a mis tobillos Oh sí, necesito atención médica.
– Tengo más preguntas -espetó Mezquino, con voz tensa.
– En cuanto haya sido atendida, estoy seguro de que mi hija estará encantada de cooperar.
– ¡Ahora no está cooperando!
– Kimberly -dijo su padre, reprendiéndola.
Ella se encogió de hombros.
– Estoy cansada, tengo calor y me duele todo el cuerpo ¿Cómo se supone que puedo pensar con claridad cuando me han sido negadas el agua y la atención médica adecuada?
– Tienes razón. -Quincy, que ya estaba cruzando la sala, la ayudó a levantarse de su silla metálica plegable-. De verdad, agente, sé que mi hija es una mujer muy fuerte, pero incluso usted debería saber que no se debe interrogar a nadie sin proporcionarle antes el tratamiento adecuado. Me la llevo con los médicos. Después podrá hacerle todas las preguntas que quiera.
– No sé…
Quincy ya había pasado el brazo derecho alrededor de la cintura de Kimberly y su mano izquierda sostenía el brazo que ella le había pasado por los hombros, como si necesitara apoyo con desesperación-. Vaya al puesto médico en media hora. Estoy seguro de que, para entonces, Kimberly estará lista y dispuesta a cooperar.
Quincy y Kimberly abandonaron la sala, él cargando en parte su peso y ella fingiendo una impresionante cojera.
Por si Mezquino les seguía, Quincy la llevó directamente al puesto de primeros auxilios. Mientras estuvo allí, Kimberly bebió agua, comió cuatro gajos de naranja y fue atendida por un médico… durante aproximadamente treinta segundos. Este le dio un bálsamo para las piernas y los brazos y, entonces, Quincy y su hija abandonaron el puesto médico y se internaron en una remota sección del aparcamiento.
Rainie les estaba esperando. Y también Mac. Cada uno en un vehículo.
– Sube al coche -le dijo Quincy-. Hablaremos durante el camino.
Capítulo 31
Parque Nacional Shenandoah, Virginia
03:16
Temperatura: 31 grados
Mac siguió las luces traseras del coche de Quincy, que les alejaron del frenético caos de Big Meadows y les internaron en la oscuridad de una carretera serpenteante iluminada tan solo por la luna y las estrellas.
Kimberly guardó silencio largo rato, al igual que Mac. Volvía a estar cansada, pero ahora de un modo distinto. Era el tipo de fatiga física que sentías tras un día largo y extenuante y pocas horas de sueño. El tipo de cansancio que más le gustaba. Le resultaba familiar. Y casi reconfortante. Siempre había forzado su cuerpo y siempre se había recuperado con rapidez. En cambio, sus destrozadas emociones…
Mac se inclinó y le cogió la mano. Momentos después, ella le estrujó los dedos entre los suyos.
– Me vendría bien un poco de café -dijo él-. Unos cinco litros.
– A mí me vendrían bien unas vacaciones. Unas cinco décadas.
– ¿Y qué tal una ducha fría?
– ¿Y qué me dices de aire acondicionado?
– Y ropa limpia.
– Y una cama blandita.
– Y una bandeja gigante de galletas de mantequilla mojadas en leche.
– Y una jarra de agua helada con rodajas de limón.
Ella suspiró. Él la imitó.
– No vamos a acostarnos en breve, ¿verdad? -preguntó en voz baja.
– Creo que no.
– ¿Qué ha ocurrido?
– No estoy seguro. Apareció tu padre y nos dijo que había llegado el equipo del FBI encargado del caso y que ya no estábamos invitados a la fiesta. Malditos sean los federales.
– ¿Han sacado a Rainie y a papá del caso? -preguntó Kimberly, incrédula.
– Todavía no. Probablemente ha ayudado el hecho de que ambos apagaran los teléfonos móviles y efectuaran una rápida retirada. De todos modos, parece que los federales están intentando volver a inventar la rueda y tu padre sabe que no hay tiempo para eso. Hemos estado trabajando con Kathy Levine para identificar qué objetos del cuerpo de la víctima podrían ser pistas y nos hemos llevado la mitad. Creo que esto nos convierte, oficialmente, en desertores. ¿De verdad deseas ser agente del FBI, Kimberly? Porque después de esto…