Выбрать главу

– Entonces dile que puedo reunirme con ella en el aeropuerto de Richmond -dijo por fin-. Cuanto antes, mejor. El día es joven y todavía pueden ocurrir muchas cosas.

– Estaremos en contacto. Y Mac…, buena suerte con la pesca.

Mac cerró el teléfono y apoyó la frente en su fría carcasa plateada. Menudo lío. Debería regresar a la cama. Y sí no, meterse en la ducha. Cuando se levantara por segunda vez, era posible que este día tuviera más sentido.

Pero la neblina ya se estaba despejando. Estaba pensando en agua y arroz y todas aquellas pistas que forzosamente conducían a lugares reales y terribles. Habían sido afortunados al poder dormir unas horas, pues solo Dios sabía cuándo podrían volver a hacerlo.

Se levantó y avanzó hacia la cama. Kimberly tenía los brazos cruzados sobre la cintura y el cuerpo tenso, como si se estuviera protegiendo incluso dormida. Mac se sentó al borde del colchón, le acarició la curva de la mandíbula con el pulgar y echó hacia atrás su corto cabello rubio. Ella no se movió.

Dormida parecía más vulnerable; sus finos rasgos eran delicados e incluso algo frágiles. Mac no permitió que aquella imagen le engañara. Sabía que podía pasar años enteros esforzándose en memorizar la curva de su sonrisa y que, un buen día, ella cruzaría la puerta sin mirar atrás… Posiblemente, pensando que le estaba haciendo un favor.

En su mundo, a los tipos como él no les gustaban las chicas como ella. Era extraño, pues sentía que hacía tiempo que había abandonado su mundo.

Deslizó los dedos por su brazo y Kimberly abrió los ojos.

– Lo siento, preciosa -susurró.

– ¿Ha muerto alguien más?

– No si nos ponemos en marcha.

Kimberly se incorporó y, sin decir nada más, se dirigió al cuarto de baño. Mac se tumbó sobre la cama y apoyó la mano en la calidez que había dejado el calor de su cuerpo. Ahora podía oír el sonido del agua caliente, el crujido de las viejas y oxidadas tuberías. Volvió a pensar en el día anterior y en la imagen de Kimberly rodeada por docenas de serpientes de cascabel.

– Voy a cuidar mejor de ti -prometió, en el silencio de la habitación.

Entonces se preguntó qué les depararía el día y si sería capaz de mantener su promesa.

Capítulo 33

Richmond, Virginia

08:08

Temperatura: 31 grados

– En mi opinión, se trata de agua.

Kimberly suspiró aliviada y Mac se apoyó en la pared de la diminuta oficina. Ninguno de los dos había sido consciente del nerviosismo con el que habían estado esperando aquella noticia hasta que Brian Knowles, el hidrólogo del Instituto de Cartografía, se la había dado.

– ¿Podría ser agua bendita? -preguntó Kimberly.

Knowles la miró desconcertado.

– La verdad es que no disponemos de ninguna prueba para eso. No soy el Papa, sino un simple empleado del gobierno.

– ¿Pero puedes ayudarles? -le apremió Ray Lee Chee, que había llevado personalmente a Mac y a Kimberly al despacho de Knowles hacía diez minutos y ahora estaba sentado en el borde de un archivador gris de color bronce, oscilando los pies rítmicamente.

– Nos gustaría analizar la muestra -explicó Mac-. Necesitamos identificar su fuente, saber si procede de un estanque, un riachuelo o un pozo de abastecimiento concreto. ¿Podría hacerlo?

Knowles bostezó, movió uno de sus adormecidos hombros y pareció reflexionar su respuesta. Era un tipo atractivo de unos treinta y cinco años, con una espesa mata de cabello marrón y los téjanos más viejos del mundo. Al igual que Ray Lee Chee, parecía estar en forma. Sin embargo, a diferencia del geógrafo, las mañanas no eran lo suyo. Brian Knowles parecía tan cansado como se sentía Kimberly.

– Bueno -dijo entonces-. Se puede analizar el agua para identificar diferentes elementos, como el pH, el oxígeno disuelto, la temperatura, la turbiedad, la salinidad, el nitrógeno, el amoníaco, el arsénico, las bacterias y demás. También se puede analizar la dureza del agua y los diferentes constituyentes inorgánicos tales como hierro, manganeso y sulfatos. Además, existen diversos análisis que identifican los contaminantes del agua. Por lo tanto, sí que se puede analizar.

– Bien, bien -dijo Mac.

– Pero existe un problema -Knowles abrió las manos en un gesto de impotencia-. No estamos junto a la fuente y no se puede hacer demasiado con seis gotas de agua.

Mac arqueó una ceja, sorprendido, y miró a Kimberly, que se encogió de hombros.

– Al menos le hemos traído agua -dijo la mujer-. A Ray solo le dimos la fotografía de una hoja.

– Es cierto. Y lo hice bien -se jactó Ray-. Así que no eches a perder ahora nuestro registro de logros, Knowles. Si perseveramos, es muy posible que consigamos nuestro propio programa de televisión. Ya sabes, «Ley y Orden: Instituto de Geología Americano». Piensa en las chicas, Brian. Piensa en las chicas.

Pero Knowles no parecía demasiado convencido. Se recostó en su asiento y se llevó las manos a la nuca.

– Escuchen, solo intento ser práctico. Para conseguir resultados precisos de cualquier tipo de análisis de agua es necesario encontrarse junto a la fuente y examinar la muestra in situ. En cuanto se embotella el agua, ocurren diversas cosas. En primer lugar, su temperatura varía. En segundo lugar, queda separada de su fuente de oxígeno y, por lo tanto, los análisis de oxígeno dejan de ser válidos. En tercer lugar, al estar en un recipiente cerrado, el pH aumenta. En cuarto lugar, es posible que ese mismo recipiente haya contaminado la prueba. Y en quinto lugar… Bueno, no se me ocurre el quinto en estos momentos, pero me limitaré a decir que tampoco sería bueno. Los resultados de los análisis que pueda efectuar serán tan relevantes como un sexto dedo: te da algo que mirar, pero no sirve para nada.

– Pero no conocemos la fuente -le recordó Mac-. De esto se trata. Esta muestra es lo único que nos han dado para localizarla. Estoy seguro de que habrá algo que pueda hacer.

Mac le miró con ojos suplicantes hasta que Knowles dejó escapar un suspiro.

– Pero los resultados no serán precisos -les advirtió. -Asumimos que serán aproximaciones.

– Ni siquiera sé si deben llamarlo así. -A pesar de sus palabras, Knowles ya tenía entre sus dedos el tubo de cristal que contenía la preciada muestra-. ¿Están seguros de que no hay más? Me las apañaría mucho mejor con unos cuarenta mililitros.

– Lo máximo que podemos conseguir son seis gotas más.

Knowles parpadeó.

– Maldita sea. El tipo que les dio esto debe de ser bastante tacaño.

– Le gustan los retos.

– Hablo en serio… pero supongo que no van a contarme nada más sobre el caso.

– No.

– Lo imaginaba, pero nunca está de más preguntar… -Knowles suspiró de nuevo, se enderezó sobre su silla y contempló la muestra con atención-. Bueno, creo que podré realizar un análisis de salinidad, pues solo se necesita el agua suficiente para cubrir la base de la sonda. También podré hacer el de pH, para el que se utiliza un medidor. Sin embargo, el análisis de pH puede depositar una pequeña cantidad de cloruro de potasio en la muestra, aumentando así su conductividad eléctrica y arruinando el análisis de salinidad… Por lo tanto, primero haré el de salinidad y después analizaré el pH. En cuanto a los minerales, no sé si habrá algún instrumento de medición calibrado para una muestra tan pequeña. Respecto a los análisis bacterianos, es necesario pasar el agua por un tamiz… y no estoy seguro de que eso sirva de mucho en este caso. Y lo mismo ocurre con los análisis de materias vegetales. -Alzó la mirada-. Por lo tanto, salinidad y pH, aunque les recuerdo una vez más que el tamaño de la muestra es demasiado limitado, la metodología deficiente y, por lo tanto, los resultados serán demasiado relativos para poder extraer de ellos alguna conclusión precisa. Por todo lo demás, estoy dispuesto a jugar. Nunca antes había trabajado en un caso de asesinato.