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– Siete kilómetros, ¿eh? -Knowles le dedicó una mirada dubitativa-. Aunque tuviera suerte y lograra identificar un grupo de minerales… Bueno. -Guardó silencio-. Existen ciertas diferencias fisiográficas clave entre los condados mineros. Hay montones de piedra arenisca y esquisto en algunas áreas, y carsts en otros. Por lo tanto, es posible que los resultados minerales sean de ayuda. No siete kilómetros, por supuesto, pero es posible que pueda centrar la búsqueda en un condado o dos.

– ¿Cuánto tardará? -le apremió Mac.

– Primero tendré que hablar con ese tipo y averiguar cómo utilizar el equipo… Concédanme un par de días.

– Le damos dos horas.

– ¿Qué?

– Escúcheme. Hay dos mujeres desaparecidas. Ya han transcurrido casi cuarenta y ocho horas desde que fueron vistas por última vez y una de ellas se encuentra en algún lugar, cerca de esta agua. O la encontramos pronto o dejará de importar.

Knowles tenía la boca abierta de par en par. Parecía turbado por la noticia, pero entonces miró la diminuta muestra con renovado disgusto.

– De acuerdo -dijo entonces-. Concédanme dos horas.

– Una última pregunta. -Mac centró su atención en Ray Lee Chee. -Tenemos otra muestra que deseamos analizar…, pero el único problema es: que no sabemos qué es.

Les mostró el frasco de cristal que contenía el residuo que habían: encontrado en el cabello de la segunda víctima. Ray fue el primero en examinarlo y después se lo pasó a Knowles. Ninguno de los dos sabía qué era pero decidieron que un palinólogo, un experto en polen, podría ayudarles. Y también les dijeron que estaban de suerte, puesto que uno de los mejores del estado, Lloyd Armitage, estaría ahí al mediodía para una reunión de equipo.

– ¿Algo más? -preguntó Ray.

– Arroz -dijo Kimberly-. Crudo, de grano largo. ¿Significa algo para ustedes?

Esta pregunta provocó un intercambio de miradas divertidas. Knowles confesó que prefería la pasta y Ray Lee Chee dijo que nunca le había gustado cocinar. De todos modos, preguntarían.

La reunión concluyó ahí. Knowles analizaría el agua en busca de muestras minerales, Ray preguntaría sobre el arroz, y Mac y Kimberly volverían a ponerse en marcha.

– Lo de la hoja fue más fácil -dijo ella, mientras avanzaban por el pasillo.

– Supongo que esa es su intención. -Mac empujó las puertas exteriores y fueron recibidos por el muro de calor.

– ¿Es la hora? -le preguntó Kimberly, al ver que miraba su reloj.

– Sí.

Montaron en el coche y se dirigieron hacia el aeropuerto.

Capítulo 34

Richmond, Virginia

10:34

Temperatura: 34 grados

A simple vista, Nora Ray Watts resultó ser muy distinta a lo que Kimberly había imaginado. Pensaba que sería una joven profundamente traumatizada que caminaba con la cabeza agachada y los hombros encorvados. Una joven que vestiría ropa normal y corriente en un intento desesperado por pasar desapercibida. Una joven cuya mirada furtiva se precipitaría por el atestado aeropuerto buscando la fuente de alguna amenaza no identificada.

Había imaginado que tendrían que tratarla con guantes de seda. Le invitarían a una Coca-Cola, escucharían lo que afirmaba saber sobre el Ecoasesino y después la enviarían de vuelta a la relativa seguridad de Atlanta. Así era como se hacían estas cosas y, francamente, no podían dedicarle más tiempo.

Sin embargo, Nora Ray Watts tenía otro plan en mente. Avanzó a grandes zancadas por el centro de la terminal, con una vieja bolsa de flores colgada del hombro. Llevaba la cabeza bien alta y los hombros rectos. Vestía téjanos ceñidos, una etérea camisa azul sobre un top sin mangas de color blanco y recias botas de excursionismo. Su larga melena morena estaba recogida en una coleta y no llevaba nada de maquillaje en la cara. La joven avanzó directamente hacia ellos, y el resto de pasajeros se apresuró a dejarle paso.

Kimberly tuvo dos impresiones a la vez: que era una joven que había crecido demasiado rápido y que era una mujer distante que ahora existía como una isla en el océano de la humanidad. Entonces se preguntó, sintiendo cierto pánico, si eso mismo era lo que veía la gente cuando la miraba a la cara.

Nora Ray se detuvo ante ellos y Kimberly apartó la mirada.

– Agente especial McCormack -dijo con voz grave, tendiéndole la mano a Mac.

En cuanto Mac efectuó las presentaciones pertinentes, Nora Ray también le tendió la mano a Kimberly. El apretón fue fuerte pero rápido, el de alguien a quien no le gustaba el contacto físico.

– ¿Qué tal el vuelo? -preguntó Mac.

– Bien.

– ¿Qué tal están tus padres?

– Bien.

– Me alegro. ¿Y qué tipo de historia les has contado para venir hoy aquí?

Nora Ray alzó la barbilla.

– Les he dicho que iba a pasar unos días con una compañera de universidad de Atlanta. Mi padre se alegró al saber que iba a ver a una amiga, pero mi madre estaba demasiado ocupada viendo Enredos de familia.

– Mentir no es bueno para el alma, jovencita.

– No. Pero el miedo tampoco. ¿Vamos?

Se dirigió a la cafetería mientras Mac arqueaba una ceja.

– No es la típica víctima -murmuró Kimberly, mientras echaban a andar tras la joven. Mac se limitó a encogerse de hombros.

– Tiene una buena familia. O al menos la tenía antes de que ocurriera aquella desgracia.

Una vez en la cafetería, Mac y Kimberly se sirvieron grandes tazas de café amargo. Nora Ray pidió gaseosa y una magdalena de plátano, que se comió con los dedos mientras se sentaban ante una mesita de plástico.

Mac prefirió no preguntarle nada de inmediato. Kimberly, que también se tomó su tiempo, se dedicó a beber sorbos de aquel brebaje de sabor infecto y a recorrer con la mirada el aeropuerto de Richmond como si no hubiera nada que le preocupara. Como si no tuviera nada mejor que hacer que sentarse en aquella gloria provista de aire acondicionado. Como si lo más urgente del día fuera beberse aquella taza de café. Deseaba que su corazón no latiera con tanta fuerza en su pecho. Deseaba que ninguno de los tres fuera tan insoportablemente consciente de la naturaleza huidiza del tiempo:

– Deseo ayudarles -dijo de pronto Nora Ray. Había terminado de destruir su magdalena y ahora les miraba con una expresión nerviosa, temblorosa. Ya no era la mujer distante, sino la joven que había crecido demasiado deprisa.

– Mi jefe me dijo que sabías algo sobre la situación actual -dijo Mac, adoptando un tono neutral.

– Ha vuelto a hacerlo. Ha vuelto a secuestrar. Y dos de esas chicas han muerto, ¿verdad?

– ¿Cómo sabes eso, cariño?

– Porque lo sé.

– ¿Te ha llamado?

– No.

– ¿Te envía cartas?

– No. -Enderezó la espalda y dijo, con voz firme-: Yo he preguntado primero, así que responda a mi pregunta. ¿Han muerto dos chicas más? ¿Lo ha vuelto a hacer?

Mac guardó silencio. Mientras tanto, los dedos de Nora Ray reunieron las migajas de su magdalena y las separaron una vez más, formando pequeñas bolitas pastosas. La chica era buena, pues logró permanecer callada más rato que él.

– Sí -respondió, con sequedad-. Sí, ha vuelto a matar.

El fuego la abandonó al instante. Los hombros de Nora Ray se vinieron abajo y sus manos cayeron pesadamente sobre la mesa.

– Lo sabía -susurró-. No quería saberlo, deseaba creer que solo era un sueño. Pero en mi corazón…, en mi corazón, siempre lo supe. Pobres chicas. Nunca tuvieron ninguna posibilidad.